Capítulo 8
Damien
Tiene un hijo. Lake es su hijo. Muchas cosas cobran sentido.
Las llamadas telefónicas. La preocupación constante cuando estábamos en Las Vegas.
Que ocultara cosas. ¿Estaba ocultando cosas o a su hijo?
Su determinación incesante y la necesidad de conseguir su herencia también tienen sentido si tiene un hijo.
Vaya si Hiedra Venenosa tenía espinas escondidas bajo su flor.
Ivy me tomó de la mano nada más revelarse la verdad y me arrastró a la habitación donde estamos ahora.
Una biblioteca, supongo, a juzgar por los escasos libros con elaboradas encuadernaciones en las estanterías asimétricas grises que contrastan a la perfección con la habitación blanca.
La biblioteca de alguien que no lee. Miro alrededor mientras retrocedo y la pantorrilla me golpea contra un sofá negro justo cuando Ivy cierra la puerta de roble negro.
Se gira para mirarme. Su belleza me deja aturdido por un instante, como si fuera la primera vez que la veo. Lleva un vestido floral blanco y azul hasta la rodilla que le abraza las curvas a la perfección. El pecho se me oprime como siempre que estamos solos en una habitación.
La sangre me baja a la entrepierna mientras pensamientos eróticos se arremolinan en el fondo de mi mente. Los empujo más atrás, más profundo en los recovecos de mi cabeza, y me concentro en por qué me ha traído aquí.
Me mira con ojos cansados. Le tiemblan ligeramente las manos mientras se alisa el vestido. Está tan nerviosa que si no empiezo yo la conversación, nos pasaremos aquí todo el día.
—Así que Lake es tu hijo, no tu novio.
Asiente.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Ivy aparta la mirada.
—No pensé que fuera necesario.
Es demasiado irresistible. Ha soltado mentiras obvias y oculta más de lo que dice, y aun así quiero creerle. Aparto la mirada y paseo por la habitación mientras echo un vistazo, intentando procesar lo que dice sin distraerme. Un libro, Grandes esperanzas, me llama la atención.
Jugueteo con él mientras digo:
—Un hijo parece información bastante importante para contársela a tu marido, ¿no crees?
—Por un par de meses. Solo eres mi marido por poco tiempo. Y además, ¿te habría importado? Tampoco es que nuestra relación sea real ni permanente —espeta.
Juego con el libro encuadernado en cuero, preguntándome si saber que tiene un hijo cambia las cosas.
Tiene razón, no las cambia. Es una herramienta para alcanzar mi objetivo.
La destrucción de la empresa de su familia.
El lastre que cargue no me importa. Y tampoco es que nunca haya estado con una mujer que tenga hijos.
—Entonces, ¿cuántos años tiene Lake? —me atrevo a preguntar.
Duda y luego dice:
—Cumplió siete en abril.
—¿Siete? ¿Tuviste un hijo en la universidad?
Se encoge de hombros.
—No fui la primera ni seré la última.
—¿Y el padre sigue presente? Dudo que te hubieras casado conmigo si ya estuvieras casada.
—El padre no está presente.
Tiene el rostro tan crispado de rabia que cualquiera pensaría que tengo algo que ver con que el padre de Lake la abandonara. Conociendo a los Hawthorne, seguro que echaron al pobre tipo a patadas.
—¿El padre no era lo bastante bueno para la hijita perfecta de Nolan Senior?
Se enfurece pero no dice nada más. Debió de ser por la misma época en que los Hawthorne me pusieron de patitas en la calle por atreverme a tocar a su preciosa hija con mis sucias manos de clase media.
Recuerdo la furia implacable de los dos Nolan cuando nos pillaron a Ivy y a mí en la cama, el padre más furioso que el hijo.
Ambos estaban empeñados en hacérmelo pagar.
Lo que hice estuvo mal, eso lo sé. Pero debería haber previsto cómo reaccionarían o jamás habría ido a esa fiesta.
Nolan Senior había exigido una explicación, y justo cuando estaba a punto de inventarme una, Nolan Junior se me adelantó con su propia versión, mucho más siniestra.
—La agrediste.
Estaba demasiado atónito para protestar.
Cuando Ivy asintió, sentí asco. Entonces ocurrió lo más degradante que me ha pasado en la vida.
Mi jefe, Nolan Hawthorne Senior, me pateó.
Literalmente me echó de la cama de una patada.
Me apresuré a buscar mi ropa, desnudo como vine al mundo.
A buscar algo de dignidad mientras me perseguían.
Siento un tirón en el pecho. El dolor sigue vivo después de tantos años.
Si no me fallan las cuentas, el padre de Lake debió de aparecer antes o después del fatídico encuentro entre Ivy y yo. Me guardé para ti. Casi me dan ganas de reírme de lo fácil que me tragué esa mentira.
¿Lo trataron igual que a mí? Si no era de buena familia, probablemente.
O quizá sea uno de ellos. Un niñato de papá irresponsable que no es capaz de mantener un trabajo y se dedica a vagar por el mundo como su hermano Raine.
Pensar en alguien haciendo el amor con Ivy, penetrándola, dándole placer, me enfurece sin razón. Besándola. Tocando lo que es mío.
¿Mío? ¿De dónde demonios ha salido ese pensamiento?
—¿Eso es todo?
De repente, la biblioteca me parece demasiado pequeña. Estamos demasiado apartados del resto de la fiesta.
La ira de Ivy hacia mí no ha disminuido. Sigue con los brazos cruzados y parece que preferiría matarse antes que pasar más tiempo conmigo. Tengo la sensación de haber suspendido un examen que ni sabía que estaba haciendo.
—Sí. Y si no te importa, me gustaría volver a la fiesta.
No entiendo su estado de ánimo. Acorto la distancia entre nosotros, atraído hacia ella como por un imán.
—Fuiste tú quien me trajo aquí.
Retrocede.
—¿He hecho algo mal?
Me mira un momento. Parece que va a añadir algo, pero luego niega con la cabeza y dice:
—No.
Ivy abre la puerta y salimos los dos de la biblioteca.
Cuando volvemos a la sala de estar, el resto de sus hermanos ya ha llegado.
Saludamos primero a Tyler y Sebastian. O, como los llaman todos, Ty y Seb.
Ty es un poco más serio que Seb, y son los más cercanos en edad de todos los hermanos.
Siempre lo hicieron todo juntos de pequeños, y de mayores abrieron juntos un estudio de arquitectura. Bastante exitoso, por cierto.
Los dos han sorprendido al mundo no solo por idear edificios interesantes, sino también por construirlos a bajo coste, convirtiendo su empresa en una de las más solicitadas del sector inmobiliario.
Y luego está Nolan. Ocho años de enemistad y es la primera vez que nos vemos en persona.
La última vez que hablamos fue de Ivy. En lugar de pedirme mi versión de los hechos, me interrogó.
Fui a su oficina el lunes después del incidente para explicarme, y me entregó una carta.
—Firma esto y quizá recibas una indemnización decente —me dijo.
Era una carta de dimisión. Me despidió y lo hizo parecer como si me estuviera haciendo un favor.
Aunque podía explicarme, cuando dijo —Te acogí y me traicionaste—, fue la gota que colmó el vaso. Pensé que éramos amigos, pero él nunca me vio así. Para él yo era un sirviente. Un chico pobre que necesitaba la generosidad de los Hawthorne y que debería haberse conformado con lo que le daban.
Nunca seremos iguales a ellos. ¿No es eso lo que me dijo mi madre? Pensé que estaba equivocada, y en cierto modo lo estaba. Lo que debería haber dicho es que nunca seremos iguales a ellos a sus ojos. Pero soy jodidamente igual a estos cabrones, y tengo a su preciosa niña del brazo para demostrarlo.
—Damien.
El saludo de Nolan suena más a constatación de mi presencia.
A diferencia de sus hermanos, vino solo y, por lo que he leído en la prensa, ahora está soltero.
Sigue siendo el mismo hijo de puta guapo y frío que creí conocer.
Es capaz de no mostrar emoción alguna con total facilidad y cuando le conviene, lo cual resulta bastante admirable.
Si no estuviera al frente de un imperio de moda multimillonario, habría sido un jugador de póquer fantástico.
—Nolan.
Paso el brazo de Ivy por el mío, un gesto que no pasa desapercibido para Nolan. Me pregunto si ya lo habrá descubierto. La verdadera razón por la que me casé con su hermana.
¿O es como dijo Ivy? ¿No saben nada de la cláusula del fideicomiso? Si lo supieran, me habrían echado de aquí de inmediato y habrían activado una estrategia de píldora envenenada. Saber que no tienen ni idea es suficiente para ayudarme a soportar esta farsa.
La sala se había quedado en silencio cuando Ivy y yo volvimos a unirnos al grupo. Una tos rompe el silencio.
—Hola.
Ty extiende la mano.
—Tú debes de ser nuestro archienemigo. Soy Ty.
Le estrecho la mano con una sonrisa educada.
—Te recuerdo. Querías ser DJ cuando eras niño.
—Por favor, no me recuerdes mis vergonzosos días de antaño. Lo que quiero saber es por qué estás con nuestra hermana.
—Yo también tengo curiosidad —dice el otro hermano—. Seb, por cierto —añade, ofreciéndome la mano.
—No me robó —insiste Ivy—. Solo quería casarme sin tanto alboroto.
Seb frunce el ceño.
—Me jugaría el cuello a que querías una boda por todo lo alto. ¿No eras tú la que siempre hablaba de una boda de tres días en plan vacaciones?
Ella resopla.
—Cuando tenía dieciséis años.
—¿Así que optaste por lo más drástico y opuesto? —interviene Nolan.
Parece que Ivy preferiría cambiar de tema a seguir respondiendo preguntas.
—La gente cambia. Nadie tiene dieciséis años para siempre.
—Pero...
Ty intenta intervenir, pero Seb le da un codazo para que se calle.
La habitación vuelve a ese incómodo silencio que provocamos al entrar. Por sus caras está claro que no se creen nuestra historia. Pero no puedo quitarme la sensación de que hay algo que se me escapa en sus miradas penetrantes. Algún secreto que ellos conocen y yo no.
Jacqueline nos rescata de la incomodidad y aplaude, anunciando:
—Vayamos todos al comedor a almorzar.
Dos camareros con uniforme de catering abren las puertas correderas de madera que separan el salón del comedor, dejando a la vista un suntuoso brunch perfectamente dispuesto sobre la mesa.
Los Hawthorne se congregan alrededor de la mesa.
Cuando Ivy hace ademán de moverse, intervengo rápidamente y la detengo.
Le susurro:
—Tu familia no tiene ni idea de lo que se les viene encima. Disfrutaré derribándolos.