Capítulo 7
Ivy
Llegamos temprano, justo como quería. Damien y yo somos los primeros en llegar.
Mamá ha hecho algunos cambios en la casa desde la última vez que estuve aquí.
La decoración antigua inspirada en el cambio de siglo ha desaparecido, sustituida por el minimalismo moderno que ahora hace furor.
En lugar de marrones, rojos y madera, ahora todo es blanco, gris y cristal.
Mamá es la primera en recibirnos y me abraza radiante de alegría. La remodelación debe de haber costado una fortuna. No me extraña que ande buscando dinero.
—Oh, cariño, qué alegría verte.
Me abre los brazos para abrazarme y acepto a regañadientes. El acento transatlántico que le gusta adoptar cuando hace de anfitriona está hoy en plena forma, y casi me hace poner los ojos en blanco.
—¿De verdad? —pregunto mientras me aparto de su abrazo.
Cada vez que llama, nunca pregunta cómo estoy ni qué hago. Lo que le preocupa suele ser el dinero que no tengo... bueno, que no tenía hasta ahora.
—Pues claro que sí. Ivy, ¿por qué dices esas cosas?
Se vuelve hacia Damien con una sonrisa forzada.
—Y este debe de ser el encantador esposo.
—Damien Sinclair —dice él, y le tiende la mano.
Ella lo abraza en vez de estrechársela.
—Oh, ya lo sé.
Le da un golpecito juguetón en el pecho.
—¿Cómo está tu madre? ¿Sigue... cómo era... haciendo vino?
—Zumo de manzana. Tiene una granja de manzanos en el norte del estado.
Mamá frunce el ceño.
—¿Estás seguro? Habría jurado que era un viñedo.
Me muero de vergüenza ajena.
—Seguro que él sabe qué tipo de granja tiene su madre.
Mamá suelta una risita tonta y vuelve a darle un golpecito juguetón a Damien.
—Me caía bien tu madre. La única secretaria de Nolan Senior que no aspiraba a rompehogares.
Bajo la mirada, deseando que la tierra se abra y me trague. Me obligo a sonreír.
—¿Mamá? ¿Puedo hablar contigo un momento? —digo entre dientes.
—¿Antes de que tenga siquiera la oportunidad de conocer a tu esposo?
Recalca la palabra «esposo» cada vez que la pronuncia para dejar claro lo extraño de la situación.
—Por favor.
—Está bien. Vamos al estudio. Y Damien, espero que no te importe quedarte solo unos minutos. Sírvete vino mientras hablo con mi hija —dice con una sonrisa radiante.
Damien asiente y lo dejamos en el salón.
—Así que tú y Damien habéis hecho las paces —señala en cuanto cierra la puerta del estudio.
Entonces supongo que no sabe nada de la venta de acciones que le hice a Damien. Reprimo un suspiro de alivio.
—Quería hablar contigo antes de que empiece la fiesta —digo con cautela.
—Ivy, no es una fiesta, es un memorial.
Me cuesta no poner los ojos en blanco, pero me contengo. Mi padre la trató fatal, le fue infiel, ¿y ahora se hace la viuda desconsolada? Su teatro es evidente para cualquiera con dos dedos de frente.
—Quiero hablar de Lake.
—Oh, ¿mi nieto? ¿Cómo está?
Podrías visitarlo si tanto te importa.
—Bien. Se trata del padre de Lake.
Se acerca con parsimonia a la estantería y desliza los dedos por los lomos de los libros mientras dice:
—Lake se parece muchísimo a su padre. El parecido es asombroso.
Aprieto la mandíbula.
—Mamá.
—¿Qué?
Se da la vuelta. La sonrisita que luce la hace parecer juguetona y curiosa a la vez.
—Me alegra que por fin asuma su responsabilidad después de tanto tiempo.
—De eso quería hablarte. Damien no sabe lo de Lake.
O al menos, prefiere ignorarlo deliberadamente.
Arquea una ceja.
—¿Ah, sí?
—Y me gustaría que siguiera así, al menos de momento. Ya se lo he dicho al resto de la familia, y quería que lo supieras antes de que empiece la fiesta.
—Cariño, pensaba que por eso te habías casado con él. ¿Qué está pasando? —dice esto último con retintín mientras se apoya en el escritorio.
—Simplemente no menciones a Lake, ¿vale?
Me mira con una ceja enarcada.
—¿Siquiera sabe que Lake existe?
—Más o menos.
Damien hizo todo lo posible por evitar volver a hablar conmigo.
Intenté decirle que estaba embarazada un montón de veces, pero se negó a escucharme.
Bloqueó mi número. Me echó de su oficina.
De todo. ¿Y cuando lo intenté otra vez después de que naciera Lake?
Lo mismo. Ignoró todos mis mensajes y me devolvió la carta que le envié sin abrir.
«El Sr. Sinclair preferiría que dejara de molestarlo o tendrá que tomar medidas extremas», me había dicho su asistente. Esa fue la última vez que lo intenté.
—¿Cómo ha podido ver a ese niño y no verse reflejado en él?
Porque no lo ha visto.
—¿Puedes simplemente no mencionarlo, por favor?
—¿Y dices que estás enamorada de este hombre al que le ocultas semejante secreto?
—Quiero decírselo cuando esté preparada.
Mi madre me mira de arriba abajo. Su escrutinio es descaradamente crítico. Casi puedo oír lo que piensa. Sea cual sea el juego al que estés jugando, acabarás perdiendo. Fuerza una sonrisa.
—Lo que tú digas. Me alegro de que estés aquí.
—Pensé que el objetivo de este memorial improvisado era conocerme a mí y a Damien.
Suelta una risita. —No todo gira en torno a ti, querida Ivy. Simplemente coincidió con lo que esté pasando en tu vida. Solo desearía que me lo hubieras contado, nada más. Anduve como loca buscándote un marido para que pudieras salir de tu... situación, y aquí estás tú, fugándote a Las Vegas.
Me esfuerzo por mantener la expresión y el tono neutrales. —Queríamos mantenerlo en secreto.
—¿De tu propia madre? —Niega con la cabeza, su señal habitual de que el tema está zanjado—. En fin, supongo que eso significa que controlas tus acciones, ¿no?
Si tan solo lo supiera. —Sí. —Mi voz suena demasiado baja, y rezo para que no delate mi engaño, pero ella no parece darse cuenta.
Junta las manos. —¡Estupendo! Debes saber, cariño, que nunca tuve intención de firmar ese horrible documento que te puso en semejante aprieto. Tu padre hizo todo eso. Era muy persuasivo, y pensé que estaba haciendo lo mejor para ti.
A estas alturas, en una relación madre-hija sana, esta conversación terminaría con un abrazo.
En mi caso, mi madre opta por añadir: —Has engordado un poco de cintura. Si sigues comiendo esos cruasanes que haces, solo con tus michelines ya tendrá motivos para divorciarse.
—¡Mamá! —Con poco más de cincuenta y cinco kilos, es ridículo considerarme gorda o en peligro de engordar, pero para mi madre, que está en los huesos, cualquier cosa por encima de una talla treinta y cuatro es sobrepeso.
¿Talla cuarenta y dos? Para ella eso es directamente obesidad.
Sin darme cuenta, me llevo las manos al estómago, palpando la tripita que nunca desapareció del todo después del nacimiento de Lake.
—Pues resulta que estoy a dieta para engordar —digo para fastidiarla—. Espero añadir dos kilos más a esta barriga antes de que acabe el día.
◆◆◆
Carey y su esposa ya han llegado cuando mamá y yo salimos del estudio. El corazón me martillea en el pecho mientras los observo a él y a Damien hablar. Mientras me acerco, repito el mismo mantra en mi cabeza. No digas nada sobre Lake. No digas nada sobre Lake.
—Vaya, cuánto tiempo sin verte —comenta Carey, acercándose para abrazarme. Siempre ha sido de los que abrazan a quienes quiere.
Lo abrazo y me dejo envolver por su calidez. Es una sensación muy diferente de la que me transmitió mi madre, y la recibo sin reparos.
—¿Qué has hecho, hermana? —me susurra al oído. Su tono es amistoso, pero su rostro muestra un leve ceño de preocupación. Parece algo mayor que antes. Las arrugas de expresión se le marcan más en la frente, y da la impresión de que no ha comido mucho últimamente.
—Espero que mis travesuras no hayan perjudicado tu campaña.
Sonríe, y su apuesto rostro juvenil se vuelve aún más entrañable. —¿Qué campaña? No pienso presentarme a Fiscal de Distrito en las próximas elecciones.
—Sí, claro. —Aunque no lo ha anunciado oficialmente, todo el mundo sabe que Carey Hawthorne va a presentarse a Fiscal de Distrito del condado de Manhattan.
Es el secreto peor guardado de la ciudad, y hasta el último vecino quiere que se presente.
Acaba de ganar un caso mediático de una celebridad, y su atractivo y encanto en la sala del tribunal le han valido un apodo en las redes sociales: LILF (Abogado al que me follaría).
Cada vez que da una rueda de prensa, #LILF se convierte en tendencia. Me pregunto qué pensará Thalia de todo esto ahora que su marido es uno de los hombres más deseados del país.
—¿Y cómo está tu esposa? —pregunto mientras mi mirada se desvía hacia Thalia, que está hablando con Damien. Al instante quiero unirme a ellos.
Mi miedo se desvanece momentáneamente mientras me pregunto si Carey le habrá transmitido mi mensaje sobre Lake, pero su repentino cambio de humor y la forma en que dice: —Bien —como si le costara pronunciar la palabra me hacen preguntarme si siquiera se hablan.
—¿Qué está pasando entre vosotros dos?
Carey niega ligeramente con la cabeza. —El matrimonio es... mi matrimonio va bien. —De repente cambia de actitud, y vuelve su encanto juvenil y pícaro—. Veo que tu sueño de niña se ha hecho realidad. ¿De verdad estabais juntos?
—Sí. ¿Por qué es tan difícil de creer?
—No lo sé. Quizá porque Damien Sinclair es el enemigo número uno de la familia. Recuerdo que Nolan quería arrancarle la cabeza después de pillaros a los dos en el jardín besándoos.
¿Besándonos? Curioso que redujera aquel fatídico encuentro a un simple beso. Todavía me sonrojo al pensar en que nos pillaran a primera hora de la mañana Nolan y papá. Los dos estaban furiosos, y los dos parecían dispuestos a arrancarle la cabeza a Damien. —Es la némesis de Nolan, no la mía.
—Por no hablar de la historia entre vosotros dos. ¿Damien lo sabe?
Niego ligeramente con la cabeza justo cuando Damien y Thalia se acercan a nosotros. —¿Damien sabe qué? —pregunta él.
El corazón me martillea en el pecho. ¿Habrá oído nuestra conversación? Tampoco es que hayamos dicho nada que pudiera revelar mi secreto. Mientras busco una explicación plausible, Carey interviene para salvarme.
—Le estaba preguntando si sabes si Nolan va a venir o no.
—¿Me tiene miedo? —Damien sonríe.
—Aquí el zorro en el gallinero eres tú —dice Carey con sorna—. ¿No eres tú el que está intentando desesperadamente quitarnos la empresa?
—Solo estoy haciendo negocios, Carey. —Damien se coloca a mi lado y me atrae hacia él—. Las emociones no tienen nada que ver.
Carey, con su encanto característico, replica: —Eso es la mayor mentira que he oído en mi vida. Pero no es de eso de lo que quiero hablar. Quiero saber exactamente por qué te fugaste con mi hermana. ¿Una boda relámpago sin familiares presentes?
Damien me mira de reojo. —Pregúntale a ella.
Busco algo que no les haga saltar las alarmas. Thalia me observa con curiosidad expectante. Mi madre se ha unido a nosotros y tiene una copa de mimosa en la mano mientras me dedica una sonrisa de suficiencia. Carey está un poco escéptico, pero curioso, igual que su esposa.
—Nos conocimos en... —Damien y yo nos movemos en círculos muy diferentes. No es fácil que coincidamos.
—Una fiesta —completa Damien por mí, mientras me toma del brazo.
Reprimo el impulso de apartarme. No por asco a su contacto, no, sino por el vuelco incómodo que siento en el estómago—.
Un amigo mío organizó una fiesta de cumpleaños.
¿Te acuerdas de Hunter? —le dice a Carey—.
Nos pusimos a hablar, recordamos lo mucho que nos gustábamos hace unos años y una cosa llevó a la otra.
—Aun así, no explica por qué tuvieron que casarse tan rápido.
—No sé qué decir. En un momento estábamos en una habitación de hotel declarándonos nuestro amor, y al siguiente estábamos en una capilla casándonos.
Tenía sentido. Y después de la neblina del alcohol y otras cosas.
.. —Deja la insinuación del sexo suspendida en el aire mientras me mira con ternura—. Todavía tiene sentido.
Carey frunce el ceño y me mira fijamente. Percibo las palabras que no dice en esa mirada. Si él no sabe que tienes un hijo, entonces ¿cómo estás casada con él? Luego se le caen los hombros y va a la mesa del fondo a buscar unas copas para él y su esposa.
—Así que fue un romance relámpago. Qué romántico —suspira Thalia. Al menos ella se lo cree.
Mi madre sigue escéptica, pero aun así disfruta de lo que está pasando entre Damien y yo. Al menos Nolan no ha llegado, y rezo para que no aparezca y se quede retenido por el trabajo.
—¿Dónde están los demás? —le pregunto a mamá, intentando cambiar de tema.
—Levi, Seb y Ty dijeron que llegarían juntos. Y Raine, bueno, ya sabes cómo es. Preferiría morirse en Europa antes que acordarse de su padre. —Pone los ojos en blanco.
El comentario mordaz hace reír a Carey. —Por favor —dice con voz llena de desdén—. ¿Por qué iba Raine a dejarlo todo para presenciar una farsa? Sin ánimo de ofender tus recientes nupcias, Ivy, pero todos sabemos que tu madre planeó este «brunch de aniversario» para reunirnos a todos y mangonearnos.
—¡Carey! —Mamá pone cara de sorpresa, pero no convence a nadie.
—¿Estás diciendo que este brunch no tiene nada que ver con querer saber del matrimonio de tu hija?
¿La misma hija que te importaba un bledo hasta que se casó con un multimillonario?
Y otra cosa, ¿qué pasó con el Monet de papá?
—Carey señala una pared del salón donde antes había un enorme Monet como pieza central.
Ahora lo ha sustituido un tríptico contemporáneo de un artista desconocido.
Mi madre jadea y resopla. Me mira buscando que la defienda, pero sé que no debo cruzarme en el camino de Carey cuando está lanzado. Mi hermano puede convertirse en un monstruo despiadado si te ve como enemigo. Y odia a su madrastra más que a nadie.
—Está en el trastero —dice, fingiendo toda la indignación que puede.
—¿Ah, sí? ¿No se parece en nada al Monet que Christie's subastó y vendió hace unas semanas?
—Cariño, Monet pintó muchos cuadros —intenta escabullirse.
El ambiente se vuelve gélido. Thalia está visiblemente nerviosa. Damien observa con interés, y Carey... Bueno, parece que podría fulminar a mi madre con la mirada. —Jacqueline, yo soy el comprador misterioso que recuperó esa pintura que t...
Carey no termina la frase porque Thalia lo interrumpe: —Ivy, entonces, ¿cómo está Lake?
No. No. No. Siento que la mano de Damien se tensa en mi cintura. Intento suplicarle a Thalia con la mirada que no diga nada más, pero ella parece interpretarlo como ánimo—. Seguro que le encanta la idea de tener un nuevo papá.
El agarre de Damien en mi cintura se vuelve de acero antes de apartarme de él como si fuera un trozo de carbón ardiente. Tiene una expresión indescifrable cuando dice: —¿Lake es tu hijo?