Capítulo 6
Ivy
El apartamento está en silencio cuando vuelvo del trabajo, algo que no esperaba.
Creía que Lake estaría aquí. Las luces están apagadas y lo único que ilumina es una pequeña pantalla sobre la mesa del salón.
Del teléfono salen los chillidos agudos de unos dibujos animados.
Enciendo la luz y encuentro a Lake y Paige dormidos, acurrucados en el sofá.
Son la estampa de la ternura y tengo que contenerme para no sacarles una foto. Carraspeo y Paige entrecierra los ojos y se incorpora despacio. Se desenreda con cuidado del abrazo de Lake sin despertarlo.
—Siento llegar tarde —le susurro a Paige.
—No pasa nada. Lake nunca da problemas —se levanta del sofá y recoge el bolso de la otra silla. Hago una mueca.
—Espero que no te haya impedido hacer tus tareas.
Coge el teléfono y lo apaga.
—Se calmó en cuanto le dejé esto. Después de terminar los deberes y cenar, claro. Pensé que me vendría mejor estudiar aquí que en mi casa. Mis hermanas son agotadoras. Espero que no te importe.
—Esta es tu casa, igual que la mía. ¿Qué tal se portó el fin de semana?
Sé que dije que solo se quedaría unos días, pero el trabajo me absorbió y hubo un retraso —no puedo evitar preguntarme si Paige se habrá enterado de las noticias que corren.
No es muy de redes sociales, a pesar de su edad, pero aun así podría haber oído algo. Si es así, no lo demuestra.
—Muy bien, Ivy. Jugamos mucho. Lo pasó genial aquí y le dio pena irse. Le dije que las gemelas estarían encantadas de venir a verlo —me asegura.
—Gracias otra vez —digo mientras se dirige a la puerta.
Me propongo pagarle a Paige más de lo habitual.
Lo necesita, al fin y al cabo: tiene que cuidar de una madre enferma y de dos hermanas en primaria, además de ir a la universidad.
Tiene demasiadas cosas encima. Es la niñera de Lake desde que era pequeño, y es justo que le cuente la verdad.
—Paige, antes de que te vayas —murmuro cuando está a punto de abrir la puerta—, ¿podemos pasar a la cocina un momento? Tengo que contarte algo.
Le cuento lo de mi matrimonio y mis orígenes familiares.
Igual que a Sonya, nunca le había dicho a Paige quién era mi padre.
Cuando se lo conté a Sonya, después de que saltara la noticia de lo mío con Damien, se quedó visiblemente sorprendida.
Paige, en cambio, no. Se encoge de hombros como si ya lo sospechara.
—Tienes pinta de niña rica —explica Paige.
Frunzo el ceño.
—¿Qué pinta es esa?
—Es algo que se nota. No sé explicarlo. Pero nunca até cabos con los grandes almacenes Hawthorne. Pensé que habías sido rica y que ahora eras pobre porque lo habías perdido todo, o algo así. Entonces, ¿Damien Sinclair y tú estabais saliendo en secreto?
Debe de haber leído las noticias, porque no le dije con quién me casé el fin de semana. Parece que lo sabe todo el mundo. Asiento.
Sonya y el resto del equipo de Antoinette's se sorprendieron al enterarse de mis orígenes.
Mis hermanos también se enteraron cuando Carey publicó un artículo del Wall Street Gazette en el chat familiar.
Nolan me llamó enseguida para preguntarme si me había casado con él por Lake.
Les dije que no a él y a todos los demás, aunque técnicamente sí.
Y cuando preguntó en el chat si Damien sabía lo de Lake, también dije que no.
Niega con la cabeza.
—Eso nunca lo habría adivinado, porque no te comportabas como alguien que estuviera saliendo con nadie. Habría jurado que estabas soltera —sonríe, y de pronto se le ilumina la cara—. Espera, ¿por eso tenías tantas noches en las que tenías que «trabajar»? —hace el gesto de las comillas al decirlo.
Asiento, aunque en realidad estaba trabajando en el club de Damien para buscar la forma de hablar con él.
—No hay quien te oculte nada, ¿eh? —sonrío.
—¿Mamá? —Lake entra medio dormido, luchando por mantener los ojos abiertos.
Lleva puesto el pijama, otra prueba de que Paige es buena niñera, y parece que todavía está cansado.
Pero eso no le impide correr hacia mí y darme un abrazo enorme.
Siete años y aún parece que tenga dos. Lo abrazo y vuelvo a darle las gracias a Paige mientras se marcha.
—Dale las gracias a Paige y despídete —lo animo.
—Adiós y gracias, Paige —dice Lake, despidiéndose con la mano mientras contiene un bostezo.
Le lanza un beso y cierra la puerta del apartamento. Su piso está en la manzana de al lado, así que no me preocupa su seguridad. Ahora mismo, mi única preocupación es Lake.
—¿Me has echado de menos? —le pregunto.
Niega con la cabeza.
—Eso es mentira, ¡mentiroso! —hago un sonido de fuego y agito las manos hacia sus pantalones como si ardieran. Se ríe y lo levanto en brazos—. A ver, otra vez. ¿Me has echado de menos?
Primero niega con la cabeza, pero luego asiente.
—Te he echado de menos todo el fin de semana. Tendrías que haber venido a casa de Paige. Su madre hace las galletas más ricas del mundo.
—Uy. No le digas eso a Sonya —se retuerce para soltarse de mis brazos, corre a su habitación y vuelve con una bolsa de plástico con cierre llena de galletas con pepitas de chocolate.
Me da la bolsa.
—Te he guardado unas cuantas.
Me siento llena aunque solo he comido una vez esta tarde. Debe de ser la ansiedad. Cojo una galleta de la bolsa. Joder, tiene razón.
—Hostia. Qué buena está esta galleta.
Lake me riñe.
—Otra moneda para el bote de las palabrotas —dice.
—Que se ande con ojo Sonya. La madre de Paige sabe hacer galletas. ¿Todas estas son para mí? —pregunto.
Lake duda. Se nota que las quiere para él y seguramente pensaba que yo me comería una y le devolvería el resto. Baja la mirada, retuerce los dedos de los pies y dice:
—Sí.
Pongo voz de bruja vieja:
—Qué joven de corazón tan puro. Por ello, te concederé tres deseos. Pídelos y puede que se hagan realidad.
Se retuerce emocionado. —Deseo un... —se cuenta con los dedos mientras yo anticipo las mismas tres cosas que ha estado pidiendo últimamente—.
Una PlayStation, una bicicleta... —espero sabiendo que el tercero será un viaje a Disneyland, pero el tercer deseo me pilla totalmente desprevenida—. Y un papá.
Toda la sangre abandona mi rostro. —¿Un papá? —lo digo con mi voz normal. Se me hace un nudo en la garganta por la oleada de emociones. Sabía que la «conversación sobre el padre» llegaría tarde o temprano, pero no pensé que sería tan pronto. Y no así.
Asiente. —¿Crees que Papá Noel te trae un papá si se lo pides como deseo de Navidad? Mona dice que Papá Noel no puede conceder deseos así. Un papá es algo que simplemente tienes. O no tienes.
—¿Mona del colegio?
Lake asiente. Siempre me dan ganas de darle un puñetazo a la pared cada vez que oigo el nombre de esa niña. Mona puede ser demasiado mandona, y últimamente le ha estado diciendo a Lake todo tipo de cosas sobre lo que la gente debería o no debería tener.
Todos los niños deberían tener una PlayStation. Todos los niños deberían ir a Disneyland una vez cada verano. Todos los niños montan en bicicleta. Lo típico de cualquier niño. Lo irónico es que ahora puedo permitirme darle a Lake todo lo que ha pedido una y otra vez, excepto este último deseo.
—Lake... —me agacho—. Algunos niños no tienen papá. Algunos tienen dos. Algunos no tienen ninguno, como tú. Y como Taylor Smith-Martin.
—Sí, pero Taylor Smith-Martin tiene dos mamás en lugar de una mamá y un papá. Yo solo tengo una.
—Paige y sus hermanas no tienen uno —señalo.
Cruza los brazos sobre el pecho. —El de ellas se fue al cielo. —Frunce el ceño—. Espera. ¿El mío se fue al cielo?
Niego con la cabeza. —Tu papá no se fue al cielo.
Sus ojos se abren de par en par. —¿Eso significa que tengo un papá? —Odio lo listo que es mi hijo a veces. Es divertido cuando hace los deberes, no en momentos como este. Asiento a regañadientes. Su rostro se ilumina de esperanza—. ¿Hay alguna posibilidad de que pueda venir a vivir con nosotros?
¿Cómo le digo a mi hijo que su padre no quiere saber nada de él? ¿Debería decirle que su padre lo rechazó incluso antes de que naciera? No quiero decir que sí ni nada que se le parezca y darle falsas esperanzas. Tampoco quiero destrozarle la ilusión.
—Tu padre es un hombre difícil de localizar. —Su rostro se ensombrece, y enseguida quiero borrarle esa decepción—. Pero puedo intentar que lo veas. No creo que pueda vivir con nosotros, pero puedes hablar con él.
Se ilumina de nuevo, y no sé qué hacer.
Damien no quiere a Lake. No lo quería entonces, y probablemente tampoco lo quiere ahora. Es mejor así, en realidad. Dios sabe qué pasaría si Damien quisiera a su hijo. Se lo llevaría y se aseguraría de apartarme de la vida de Lake. Si usa su poder para quitármelo, no sabría qué hacer conmigo misma.
Y no es que no le haya dado la oportunidad de conocer a su hijo. Le di muchas. Las rechazó todas. Hablando del rey de Roma, mi teléfono suena. De una manera retorcida, el deseo de Lake se ha hecho realidad.
—Mami tiene que atender esto. Tú, jovencito, tienes que irte a la cama. —Asiente alegremente y corre a su habitación mientras yo lo sigo y entro en la mía. Descuelgo y respondo—: ¿Sí?
—Pensé que no ibas a contestar nunca.
Pongo los ojos en blanco. —Aquí estoy.
—Joder, si algo te ha molestado, desde luego no he sido yo. Solo llamo para decirte que iré a tu reunión familiar —dice Damien con sorna.
Si tan solo entendiera el impacto directo que su comportamiento tiene en mi estado de ánimo.
Es por culpa de sus tejemanejes que estoy metida en esta horrible situación.
Que tuve que ir a suplicarle un contrato matrimonial.
Pero estoy tan absorta en mi enfado y en las palabras de Lake que las suyas no me llegan de inmediato.
—¿Entonces vendrás?
—¿He llamado en mal momento? ¿Lake está cerca? Lo entiendo. Yo tampoco querría que mi novio me oyera hablando con mi marido.
Ignoro su pulla. Con todos sus defectos, al menos está aceptando venir a la reunión. —Gracias, Damien. Es el aniversario de la muerte de mi padre, y mi madre quiere hacer algo para recordarlo.