Capítulo 5
Damien
Me llama mientras estoy en una reunión. La ignoro y dejo que salte el buzón de voz. Vuelve a llamar una y otra vez. Hago lo mismo. Eso la frena. Durante unos veinte minutos. Vuelve a llamar y esta vez estoy saliendo de la reunión, así que contesto mientras me dirijo a mi oficina.
—¿Sabes aceptar un no por respuesta? —le gruño.
—Nuestra boda. Ha salido a la luz. Está por todas partes —suena agitada y sin aliento, como si estuviera a punto de sufrir un ataque de pánico.
—Cálmate y espera unos segundos —aprieto el paso hasta casi echar a correr, para sorpresa de mis empleados. Le digo a mi asistente que no me pase llamadas mientras entro en la oficina y cierro la puerta de cristal tras de mí—. ¿A qué te refieres con que ha salido a la luz?
—Por todas partes. Bueno, técnicamente hablando, no por todas partes, pero algunos blogs de cotilleos de Nueva York están hablando de ello —dice Ivy resoplando.
—Oh —no sé por qué, pero siento alivio de que no estemos rompiendo. En cuanto a la noticia, era inevitable que saliera tarde o temprano.
—¿Es obra tuya? ¿Filtraste esto? —me exige.
Suelto una carcajada.
—¿Por qué iba a hacer eso?
—Para fastidiarme. Venganza. Las dos cosas.
—Casarme contigo ya es mi venganza, y créeme, habría preferido que esta noticia saliera más tarde. Todavía no tengo todo atado.
Mientras hablo con ella, abro el portátil y me busco en Google.
Tiene razón. Tres blogs han escrito sobre la noticia.
Todos los artículos incluyen un vídeo. Ivy y yo besándonos contra la puerta de la suite antes de entrar.
La cámara se acerca y se detiene en la puerta principal, donde se lee: «Suite Monroe».
Debajo, un pie de foto añadido dice: «La suite de luna de miel del Grand Palazzo».
Ivy y yo nos besamos apasionadamente vestidos de boda, y desde el ángulo de la cámara, parece que no nos saciamos el uno del otro. Como un matrimonio.
—No está tan mal —intento razonar.
—¿Lo has visto? ¿Cómo puedes decir que no está tan mal? ¿Y si Nolan se entera?
—Nolan no lee blogs de cotilleos —hace tiempo que Nolan y yo dejamos de ser amigos, pero cuando lo éramos, no se pasaba el día leyendo sobre famosos, y dudo que haya cambiado.
—No tiene que hacerlo. Basta con que su asistente lo felicite. Mierda. Mi madre está llamando —sisea Ivy.
—¿Lo sabe? —Nolan no es de los que leen cotilleos, pero Jacqueline Hawthorne sin duda sí.
—Cuando hablé con ella, no lo sabía.
Recuerdo el nombre que apareció en la pantalla cuando recibió una llamada mientras cenábamos en la recepción. Había rechazado la llamada y enviado un mensaje, pero yo había visto lo suficiente.
—¿Y Lake? ¿Qué opina tu novio que no es tu novio de todo esto?
Se queda callada. Tras una pausa, dice:
—¿Qué pasa con Lake?
—¿Lo sabe?
—Te llamo luego. Tengo que coger esta llamada —y cuelga.
Siento una punzada en el pecho. Me pregunto qué pensará su novio que no es su novio de que esté casada con otro hombre.
Yo no lo llevaría nada bien, aunque la relación fuera puramente platónica.
No si mi novia fuera una mujer como Ivy. No con un cuerpo tan pecaminoso.
Sus proporciones de muñeca Barbie bastan para volver loco a cualquier hombre cuerdo. Y en cuanto a ese beso, bueno, ahora está por todo internet. Aún hoy desearía que hubiéramos llegado más lejos.
Varios días después, todavía no consigo sacarme de la cabeza la sensación de sus labios contra los míos.
He soñado con ir más allá, tumbarla en la cama cubierta de pétalos de rosa y hundirme en ella.
A veces fantaseo con tomarla contra la pared.
No salimos del vestíbulo; simplemente la follo ahí como un poseso.
El vestido arrugado en la cintura y sus pechos rebotando mientras la embisto sin descanso.
Ella me deseaba. Si no le hubiera mentido diciéndole que era una prueba, podríamos haber follado. Que se joda su novio. Era demasiado orgulloso y odiaba lo mucho que aún la deseaba. Aún la deseo.
A regañadientes, aparto la fantasía de mi mente y llamo a Nicole. Mi segunda asistente se asoma por detrás de Nicole, que asoma la cabeza.
—¿Me necesitas solo a mí o a las dos? —pregunta Nicole. Les hago un gesto para que entren, y ella pasa con Meg pisándole los talones.
Nicole ha estado pensativa desde Las Vegas.
Me lanza miradas que dicen: «¿Estás seguro de lo que estás haciendo?
», como si fuera una monja directora de colegio.
Lo cual es, irónicamente, la última descripción que le daría.
Nicole es la asistente más inteligente y profesional que he tenido.
Algunos la describirían como sexy, aunque yo nunca me he sentido atraído por ella.
Y además, no cago donde como. Eso lo aprendí por las malas hace ocho años.
—Por favor, sentaos —les digo a Meg y Nicole. Nicole se acomoda con elegancia en el borde de su silla, tableta en mano, mientras Meg se deja caer en la suya y, al hacerlo, el móvil se le cae al suelo con estrépito.
—Lo siento —dice mientras lo recoge. Si Meg no fuera tan buena en su trabajo, su torpeza le habría costado el puesto hace tiempo. Es lo opuesto a Nicole en todos los sentidos. Bajita, algo rellenita, y siempre parece agobiada, pero tiene una dulzura encantadora.
Me vuelvo hacia ella.
—No sé si lo sabes, Meg, pero me he casado.
Se sobresalta.
—Oh —su mirada va y viene entre Nicole, que está sentada completamente inmóvil, y yo. Frunce el ceño—. Eh, felicidades. Eh, ¿cuándo ha sido?
—El fin de semana pasado.
—Oh.
—En Las Vegas.
Balbucea algo y enseguida se recompone.
—No sabía que estuvieras saliendo con alguien. Aunque no es asunto mío, claro. ¿Quién es la... eh... la afortunada?
—Ivy Hawthorne.
Se le desorbitan los ojos y el teléfono se le resbala del regazo al suelo otra vez. Sé lo que parece. El sereno y sofisticado director general de uno de los fondos de inversión más grandes del mundo se casa en Las Vegas con una mujer que lleva semanas insistiéndole.
Cuando Nicole me dijo que Ivy quería concertar una cita conmigo, al principio me quedé desconcertado.
Me sorprendió descubrir que la herida que ella dejó seguía en carne viva.
No quería saber nada de ella. Les dije que le dijeran que estaba ocupado.
Pero cuanto más insistía, más curiosidad me despertaba.
Quería ver hasta dónde llegaría. Y lo vi, ¿verdad?
—Lo sé. Es largo de contar, y no necesitáis saberlo ahora mismo, pero nuestro matrimonio ha salido en la prensa. Bueno, no en la prensa propiamente dicha. Algunos blogs hablan de ello y tienen pruebas irrefutables, así que pronto se extenderá. Espero que empecéis a recibir llamadas en breve.
—Quieres que lo neguemos. —La pregunta de Nicole suena más a afirmación.
—No. Solo empeoraría las cosas. —Les envío a ambas un enlace al artículo.
Miran sus respectivos dispositivos mientras digo—: Decidles que Ivy y yo llevamos bastante tiempo enamorados.
Nos conocimos cuando trabajaba en Hawthorne Inc.
Esa parte es cierta, al menos. —Nicole levanta la cabeza bruscamente y me mira con el ceño fruncido—.
Y retomamos la relación hace seis meses.
Nicole levanta el lápiz óptico.
—Estabas con Zsa Zsa hace seis meses.
—Cierto. —Mi breve aventura con la supermodelo que conocí en el yate de Hunter fue tan corta que había olvidado que ocurrió.
Pero como ella es famosa, la prensa se hizo eco con entusiasmo—.
¿Cuatro? Digamos cuatro meses. Una vez que retomamos el contacto, no podíamos estar separados. Ya sabes, algo así.
Les doy tiempo para que tomen sus notas.
Cuando terminan, pregunto:
—¿Creéis que será convincente?
Nicole levanta la vista. Al fin y al cabo, es a ella a quien me dirijo y es su opinión la que más valoro. Lleva conmigo más tiempo que la mayoría de mis empleados. Joder, cuando dejé Hawthorne Inc. para fundar Tartarus Capital, me siguió.
Nicole creyó en mi visión antes que nadie y sigue siendo mi asistente ejecutiva después de todos estos años, aunque le he ofrecido oportunidades de ascenso. Y aunque muchos segundos asistentes han pasado por aquí, ella nunca se ha ido.
Es casi como mi mano derecha. Muchos en la empresa la ven así.
—Nunca has sido de los que se precipitan.
—En los negocios —aclaro.
—Y en tu vida amorosa. La gente se preguntará por qué te casaste con Ivy Hawthorne tan deprisa, sobre todo teniendo en cuenta que es pariente de tu némesis.
—Sí. Lo de que sea la heredera de los Hawthorne complica la idea del romance relámpago.
—Podríamos añadir que está distanciada de la familia.
—Sí. Pero como fuente anónima. No quiero que se os cite diciendo eso.
Inteligente —resoplo, imaginando a Nolan cuando lea la noticia de que su preciosa hermanita ha sido arrebatada por el hombre que él consideraba inferior.
Pero eso no sería lo único que me encantaría de esta relación.
Está la enorme participación en Hawthorne que Ivy me dio con este jodido matrimonio.
Esa parte, al menos, no debería salir en la prensa—.
Dejad claro el distanciamiento todo lo posible.
Insistid en eso. No quiero que la prensa piense que Nolan y yo hemos enterrado el hacha de guerra.
La noticia de mi matrimonio con Ivy acabó extendiéndose más rápido de lo que esperaba. A mediodía, Wall Street Gazette ya lo había publicado. Dante llamó para disculparse por la filtración. No estoy enfadado con él. Debería haber tenido más cuidado.
El siguiente en llamar es Hunter, que se ríe convencido de que la historia es mentira y cuelga estupefacto. Después llama mi hermano Theo desde Londres, con la misma incredulidad que Hunter. A diferencia de Hunter, a Theo le cuento la verdad, incluido mi plan para Hawthorne Inc.
A la una en punto recibo otra llamada suya. Ivy. Odio que se me acelere el corazón al oír su voz. Suena un poco menos alterada que antes, pero sigue nerviosa.
—El maldito New York Tribune se ha hecho eco —dice en cuanto contesto.
—Es un día flojo de noticias. Entiendo que el periódico de referencia considere necesario cubrir nuestro pequeño escándalo.
—¿Romance relámpago? ¿En serio? —gruñe.
—¿Por qué no? La gente se enamora y se casa constantemente.
—No sé si esto es buena idea. Nos hace parecer... adolescentes. Mi teléfono no ha parado de sonar. Mi familia quiere una explicación, y mi madre sospecha cuál es la verdad de nuestra relación.
Se me ensombrece el gesto.
—No puedes echarte atrás ahora, si es eso lo que insinúas.
—¿Crees que no lo sé? Ya me he gastado cuatro millones de dólares.
—¿Perdona? —¿Cómo demonios se ha gastado todo ese dinero en unos pocos días? ¿Para comprarse un apartamento, quizá? Yo también querría largarme de ese cuchitril si de pronto tuviera quinientos millones de dólares a mi disposición.
—Nada. —Suspira—. Te llamaba para preguntarte algo.
Lo que sea, estoy a punto de soltar. Reprimo el deseo irracional de darle lo que quiera cuando usa ese tono—. Tengo cosas que hacer, Ivy. Algunos dirigimos empresas del Fortune quinientos.
Casi puedo verla poniendo los ojos en blanco.
—No eres el único con un negocio. —Suspira de nuevo—. A la mierda. Mi familia me ha dado la lata todo el día, y ¿recuerdas cuando dijimos que nunca nos meteríamos en la vida del otro?
—Una de las cláusulas más importantes del acuerdo que firmamos. Lo recuerdo.
—Sí. Mi familia tiene un evento este fin de semana y quieren conocerte.
—¿Hablas en serio? —Solo de pensar en volver a ese círculo vicioso me dan náuseas.
—Eres mi flamante esposo —dice con retintín—. Es natural que conozcas a la familia.