Capítulo 4
Ivy
—¿Es el final? —me espeta Sonya en cuanto entro a mi oficina.
Su chaqueta de chef está cubierta de harina y salpicada de chocolate, y su rostro refleja preocupación.
Siempre ha aparentado diez años menos aunque no se ha hecho ningún retoque estético, pero ahora se le notan todos sus cuarenta y cinco años.
Incluso puedo ver un par de canas en su cabello negro azabache.
—¿Debería recoger mis cosas? —añade.
Niego con la cabeza.
—¿Y los demás? Sabes que nunca he despedido a nadie que no haya hecho nada malo. No creo que pudiera hacerlo —cruza los brazos—. Puede que tenga que... puede que tenga que dejarte ese trabajo a ti. Ya que eres la jefa y eso.
Dejo el bolso sobre la mesa, saco el portátil y lo enciendo mientras le dedico una sonrisa.
Aunque quiero sacarla de su miseria, también resulta divertido ver inquietarse a alguien tan serena como Sonya.
Mi pequeña oficina rosa y blanca parece aún más pequeña con las dos dentro, pero no tiene el aire claustrofóbico de siempre.
—No voy a despedir a nadie —le aseguro.
Hace una pausa.
—Yo... no puedo hacerlo.
—Para alguien que lleva las riendas con mano de hierro, es curioso que te cueste tanto echar a la gente.
—El inversor rechazó la propuesta de negocio, ¿verdad? Mierda —suelta—. Mierda. Mierda. Mierda.
Me río.
Sonya frunce el ceño.
—¿A qué viene esa cara? ¿Por qué sonríes?
—Él... aceptó mi oferta y...
Da un salto, chilla como una niña y me abraza.
—Entonces, ¿no hay despidos? —pregunta para asegurarse.
Niego con la cabeza. Finge secarse el sudor de la frente con gesto exagerado y exhala. Sonya no sabe la verdad sobre cómo conseguiré el dinero, y quiero que siga así. Solo sabe que estaba buscando inversores, lo cual es cierto, y que encontré uno.
Ni siquiera sabe que vengo de una familia rica. Me siento culpable por no haberle contado lo de mi familia, especialmente ahora que ya no somos solo jefa y empleada, sino amigas.
—Tengo que contárselo a los de cocina. Todos han estado de los nervios toda la semana. Y bien, ¿cómo lo conseguiste? ¿El nuevo inversor vendrá a ver el local? ¿Qué podemos esperar? ¿Quién es? —dispara una pregunta tras otra.
—Eh, Damien Sinclair —suelto su nombre porque no me da tiempo a inventar uno falso, y me encojo por dentro, esperando que no lo reconozca. Los ojos como platos de Sonya me quitan esa esperanza de golpe.
—¿El Damien Sinclair? ¿Cómo conseguiste que un pez gordo como ese se interesara por nuestro pequeño local? —exclama.
—Dice que viene por aquí de vez en cuando, pero normalmente manda a su gente a hacer los pedidos.
Ya sabes cómo son estos multimillonarios.
Rara vez compran nada ellos mismos —aparto la mirada y me pongo a trastear con el ordenador para que no me pille en la mentira—.
En cuanto a visitar el local, lo dudo. Dijo que ya lo conoce y que sabe que la comida es buena.
Aunque, técnicamente, Damien no es el inversor, la idea de que venga a mi pastelería me aterra y me hace gracia a la vez.
Sonya asiente y sonríe.
—Bueno, dale las gracias a Damien Sinclair de mi parte. Y al Sr. Bienes Raíces, dile que se lo meta por el culo —me deja sola en la oficina, y sus palabras me recuerdan que tengo que ocuparme del pesado que me metió en este lío.
Roddy, el dueño de cuatro edificios en esta manzana, quiere vender a un promotor inmobiliario a menos que podamos comprar los locales al contado.
Las otras tres tiendas consiguieron reunir el dinero para comprarle a Roddy o se mudaron a otro sitio.
Yo, sin embargo, no encuentro otro local tan bueno como este.
Hay mercado para el tipo de repostería que vendemos, y el edificio tiene mucho espacio, algo difícil de encontrar en Nueva York. Además, ya conozco bien a muchos de nuestros clientes. Sería una pena tener que mudarnos.
El teléfono suena un par de veces antes de que Roddy conteste.
—¿Has entrado en razón? —suelta nada más descolgar.
Pongo los ojos en blanco. Ni siquiera un hola.
—Hola, Roddy. Solo llamaba para saber cómo debo pagarte.
Se ríe. Oigo un chorro de agua que resuena de fondo y el vaivén de una puerta. Hasta su voz hace eco. Dios mío, ¿está en el baño? Mis sospechas se confirman de inmediato cuando oigo correr el agua del grifo. ¿Estaba meando? Al menos se lava las manos, supongo.
—¿Me estás diciendo que has conseguido el dinero? Recuerda que lo quiero todo de una vez, nada de pagos a plazos —me advierte.
—Y te llamo para saber si te envío el dinero a tu cuenta de siempre o si prefieres otra.
—¿Tienes el dinero? —me dan ganas de reírme al oír la sorpresa en su voz. Como Sonya, Roddy no sabe de dónde vengo y cree que soy una pastelera en apuros. Cosa que es cierta, pero me pregunto si tendría ese mismo tono de incredulidad si supiera que soy de esa familia Hawthorne.
—Sí. Todo.
Suelta una risita.
—¿Todo? ¿A quién le has chupado la polla para conseguir esa pasta?
Cojo un lápiz del escritorio y lo aprieto para no gritarle.
—No ha habido que chupar ninguna polla. Solo dar la mano y reuniones en salas de juntas.
Me viene a la mente lo de hace tres días, cuando Damien y yo nos casamos, y los días siguientes que pasamos transfiriendo las acciones del fideicomiso y moviendo el dinero a mi cuenta.
Después de nuestra desastrosa noche en la suite nupcial, Damien dejó los asuntos de negocios en manos de Terry y sus contables.
Se lo agradecí. No creo que pudiera tratar con él de asuntos de trabajo después de haberle dado una bofetada.
—Entonces —digo, volviendo al presente—, ¿adónde debo enviarlo?
Él gruñe.
—El precio ha subido.
Aprieto el lápiz hasta casi romperlo.
—¿Desde cuándo? El precio lleva meses estable.
—Los precios de los inmuebles están subiendo, cariño. No sé qué decirte.
Casi puedo imaginarlo encogiéndose de hombros con indiferencia.
Vuelvo a poner los ojos en blanco. Si pudiera darle un puñetazo a Roddy, lo haría.
Sí, los precios de los inmuebles han subido, pero estoy segura de que dice esto porque le revienta que le haya ganado la partida.
Lleva meses provocándome con que va a vender la propiedad y que es «Inmobiliaria de Primera».
Así fue como Sonya le puso el apodo de Sr. Inmobiliaria. Es que no paraba de hablar del tema.
Pero sé la verdadera razón de sus burlas. Sus ojos lo decían todo cada vez que venía a Antoinette's. Esperaba que le chupara la polla. A veces me pregunto si amenaza con vender no porque haya encontrado comprador, sino porque me desea.
Entonces recuerdo algo. Aflojo la presión sobre el lápiz y empiezo a hacerlo girar entre los dedos.
—Oye, ¿no firmamos un contrato contigo? ¿Recuerdas cuando dijiste que estabas dispuesto a vender al precio acordado?
—Es un contrato no vinculante, cariño. No sé dónde estudiaste...
—Yale.
—¿Qué?
—Yale. Estudié en Yale.
Se le traba la lengua.
—¿Yale? ¿Qué hiciste allí? ¿Un cursillo de dos semanas sobre cómo montar una startup?
Se ríe de su propio chiste.
—Una licenciatura en administración de empresas, en realidad. Y lo habrías visto cada vez que venías a mi despacho si hubieras mirado a cualquier sitio que no fueran mis tetas.
Al otro lado de la línea se hace el silencio, y si no se hubiera aclarado la garganta, habría pensado que había colgado.
Me encanta ponerlo en su sitio.
—Roddy, he leído ese contrato y es vinculante. Más te vale empezar a transferir la escritura a mi nombre en cuanto envíe el pago completo a tu cuenta de siempre.
Cuelgo sintiéndome triunfante. Toma ya, Ivy.
Me levanto de la silla y voy a la parte delantera de la tienda para ayudar a atender a los clientes.
Todavía es por la mañana, así que hay bastantes.
Los neoyorquinos trajeados en la pastelería desentonan en la tienda de estilo rococó, pero últimamente son el grueso de nuestra clientela y suelen hacer pedidos grandes.
Algunos vienen a recoger pedidos, y yo me encargo de esos mientras Zack, mi empleado más joven, un culturista tatuado, atiende los pedidos individuales.
A juzgar por cómo la mayoría de las mujeres se le quedan mirando la camiseta ceñida bajo el delantal rosa, él es el motivo de que cada vez vengan más mujeres y hombres gais.
Me viene a la cabeza otro tipo musculoso con el que estuve la semana pasada. Mi marido. No debería haberle dado esa bofetada. O al menos, debería haberle pedido perdón después.
En lugar de eso, salí furiosa de la suite y volví a la mía.
Regresamos a Nueva York a la mañana siguiente.
El viaje de vuelta transcurrió en un silencio incómodo.
Damien me ignoró durante todo el trayecto, y yo empezaba a dudar de mi elección de marido.
No es que tuviera muchas opciones, claro.
La única otra persona a la que le propuse el trato se había mostrado reacia a ir contra mi hermano y mi familia con una maniobra tan sigilosa.
Damien es el único al que se le hace la boca agua con la idea y que no iría contándole a todo el mundo que le había transferido mis acciones.
Todavía me pregunto si hice bien. He traicionado a mi familia. Me he acostado con el enemigo. En sentido figurado, claro. Pero salvé mi negocio. El sustento de veinte personas estaba en juego, y ahora ya no tienen que buscar trabajo en otro sitio.
Y ahora que soy muy rica, tomo nota mentalmente de subirles el sueldo a todos. Sonya en especial se lo merece por sus maravillosas recetas.
Y luego está Lake. A él también lo salvé. Termino con los pedidos grandes, y el gentío se reduce a un goteo cuando pasa la hora punta. Al volver a mi despacho, oigo sonar el móvil y gruño al ver el nombre que parpadea en la pantalla.
—Hola, mamá —digo. Mi buen humor se esfuma de golpe. Es la última persona con la que quiero hablar.
El corazón me late con fuerza en el pecho mientras me pregunto a qué vendrá esta llamada.
No puede haberse enterado del matrimonio todavía.
O quizá el fideicomisario se lo haya contado.
Damien le pagó para que guardara silencio, pero quién sabe si pensó que acudir a mi madre era la opción más segura para él.
—Vaya, así que sí contestas el teléfono —replica con mordacidad.
—Estaba atendiendo a clientes. ¿Qué quieres?
Suspira, y oigo aplausos de fondo. Seguramente está en el club de campo viendo algún torneo de golf o polo.
—¿Tienes idea de con quién acabo de hablar?
—Seguro que me lo vas a contar.
—¿Te acuerdas de Preston? Acaba de divorciarse y dice que está dispuesto a quedar contigo para comer cuando tengas un hueco.
Es curioso cómo mi madre actúa como si nos lleváramos bien, aunque cada vez que hablamos acabamos discutiendo. Pero la autocrítica no es lo suyo.
—¿Y por qué iba a querer casarme con un cincuentón que va por su cuarto divorcio, madre? —suspiro.
—¿Hasta cuándo vas a seguir con esta estúpida fase rebelde, cariño? Preston es amigo de la familia, y estoy segura de que está dispuesto a ayudarte con tu situación. Te dará el control total de tus acciones.
Resoplo. Por situación se refiere al fondo fiduciario que ella y papá blindaron para tenerme controlada.
Pero si acude a mí ahora, eso debe de significar...
—Nolan te ha dejado de lado, ¿verdad? ¿Por eso llamas?
—Uf, por favor. Tu hermano y yo tenemos una pequeña diferencia de opinión, eso es todo. Cree que invertir en un grupo de islas en las Bahamas es un plan descabellado. ¿Te imaginas que lo llamó así? Una inversión en la que participa un expresidente, para que lo sepas.
Así que sí le cortó el grifo. Mi madre tiene la costumbre de comprar cosas caras y caer en todo tipo de estafas de timadores.
Una vez le dio varios millones de dólares a un jeque que le prometió que se haría rica construyendo hoteles en Dubái.
El jeque resultó ser un impostor y los hoteles, inexistentes. Papá casi se divorcia de ella por eso.
—¿Por qué no les pides a mis otros hermanos?
Seguro que te ayudan —digo, sabiendo que no será así.
Carey odia a muerte a mi madre por haberle puesto los cuernos a su padre y, básicamente, haber destrozado el matrimonio de sus padres.
Ty, Levi y Seb harían lo que Nolan dijera en cualquier situación y siempre lo consultarían primero con él.
Y mi hermano pequeño, Raine, es la oveja negra de la familia, perdido por Dios sabe dónde en Europa. La última vez que supe de él, estaba financiando un negocio de carreras de coches. Financiando o gestionando, no sabría decir.
—Ty y Levi no me devuelven las llamadas, y a Seb lo ha envenenado Nolan —me alivia saber que no está al tanto del matrimonio ni del trato.
—No creo que pueda ayudarte con eso, mamá. Y aunque pudiera, no te daría dinero para que lo tires en una estafa cantada.
—¡No es una estafa! Pensé que lo entenderías. ¿Cómo quieres que viva tu madre si no tiene dinero? —exclama.
—¿Nolan te ha cortado el grifo del todo?
—Solo puedo recibir veinte mil al mes. ¿Te lo puedes creer?
Casi me echo a reír. Cómo no, mi madre considera que veinte mil dólares es una miseria para vivir. Seguramente cree que eso es lo que significa vivir al día.
—Cásate tú con Preston, si andas tan mal de dinero —oigo aplausos de fondo otra vez, como si el público estuviera de acuerdo.
—A Preston le gustan las mujeres jóvenes, por eso serías perfecta para él. Le encantará presumir ante sus amigos geriátricos de haberse echado una jovencita.
—Muy graciosa. Si no fuera por ti, no estaría en este lío.
Suspira.
—Ay, cariño. Sabes que solo quería lo mejor para ti.
De repente, la ira se apodera de mí. ¿Cómo se atreve a decir que me estaba ayudando cuando lo que pretendía era mantenerme encadenada a ella y a la familia?
Lo que duele es que ni siquiera lo hacía por protegerme, sino porque quería asegurarse de tener siempre acceso al dinero. Al fin y al cabo, me fui igualmente, y a mi madre le dio igual que apartaran a su única hija de la familia.
—Gracias por llamar, mamá, pero tengo clientes que atender.
—Pero...
—Están en la puerta —estoy en el despacho de atrás, pero ella no tiene por qué saberlo—. Adiós.
Cuelgo e intento concentrarme en el trabajo. Pero no puedo. Antes de que pueda hacer nada, me llega un mensaje al móvil. Es de Roddy. ¿Qué querrá? ¿Quizá me ha enviado los datos bancarios? Abro el mensaje. No son datos bancarios. Es un enlace a un artículo.
Debajo, Roddy escribe: «Así que sí le chupaste la polla».
Me tiembla el dedo mientras abro el artículo. Es un blog de cotilleos centrado en la vida social de Nueva York. El mismo blog que habló de nosotros la última vez. El titular reza:
«Vídeo: ¡El Diablo se fuga con una princesa Hawthorne!»
Suelto un «joder» inaudible mientras bajo por la pantalla y pincho en el vídeo. Ahí estamos Damien y yo, pillados en 4K, vestidos de boda y besándonos contra la puerta de la suite nupcial.