Capítulo 3 #3
—Creía que tenías una reunión de negocios.
—Se canceló.
Aminoramos el paso al ritmo de la música, y nuestro baile llega a su fin.
—¿O tienes miedo de que tu novio se entere de que te estás casando en secreto? Espera, ¿por eso quieres mantenerlo en secreto?
Lo fulmino con la mirada y él se ríe.
—Bien. Lo dejaré pasar.
—No tengo novio —murmuro, apartando la mirada.
Se le dilatan las fosas nasales.
—Entonces no deberías tener ningún problema en hacer el amor con tu marido en tu noche de bodas.
Vuelvo la mirada hacia él de golpe.
—¿Hacer el amor?
—Follar. ¿No quieres saber si lo nuestro sigue funcionando?
Sí. Lo deseo con todas mis fuerzas. Pero ¿qué pasa después? No confío en mí misma para acostarme con Damien sin involucrarme emocionalmente y pasar página. Con cualquier otro hombre, sí. ¿Con Damien? Nunca.
—Prefiero dormir sola en mi cama, gracias.
Damien se detiene, pero no me suelta. Sigue mirándome a los ojos como si buscara la verdad. Solo cuando Dante y Corina aplauden, se aparta y se vuelve hacia ellos.
—Creo que ya es hora de que Ivy y yo nos vayamos a la cama.
Odio lo que insinúa. Que dormiremos juntos, y está claro que sus amigos piensan lo mismo.
Dante saca una tarjeta llave y se acerca a nosotros.
—Aquí tienen una suite de luna de miel —dice, entregándole la tarjeta a Damien—, cortesía del hotel.
Damien me rodea la cintura con el brazo, coge la tarjeta con la otra mano y se la guarda en el bolsillo.
—Gracias.
Arquea las cejas mirándome.
—¿Ivy?
Debería rechazarlo. Debería demostrarle que no pienso seguirle el juego.
Pero lo necesito más de lo que él me necesita a mí.
Asiento, le cojo del brazo y me despido de todos mientras Terry, borracha, nos grita bromas obscenas.
Nicole, siempre profesional, permanece inmóvil, con la vista clavada en el móvil.
—¿Estás segura de que no me deseas? —dice en cuanto se cierran las puertas del ascensor y el cilindro de cristal nos eleva hacia la suite.
Apoyado en la barandilla, parece un aristócrata despreocupado con la pajarita suelta y los primeros botones de la camisa desabrochados. Está tentador. Deliciosamente tentador.
Continúa:
—Podría ser nuestra única noche juntos. Nadie tiene por qué enterarse.
Pronuncia la última frase en un tono bajo y sensual que hace tambalear mi determinación.
—¿Para que me eches a la mañana siguiente? Ya lo hiciste una vez, ¿recuerdas?
Su expresión se ensombrece. La seducción juguetona desaparece.
—¿Y de quién fue la culpa?
Mía. Eso me pasa por jugar con fuego. Las consecuencias aún resuenan. Joder, estoy aquí por lo que pasó aquella noche. Damien es una brasa ardiente con la que no se debe jugar. Sería idiota si no hubiera aprendido la lección.
El ascensor se detiene y las puertas se abren a un pasillo con muy pocas habitaciones. Por lo que parece, debe de ser una planta exclusiva. No hay nadie más, salvo un hombre que acaba de salir de otro ascensor y se dirige a una habitación unas puertas más allá de la nuestra.
Damien se detiene frente a la puerta y duda. Mientras mira la tarjeta que tiene en la mano, dice:
—Yo también te deseaba. Aquella noche. Cuando hicimos el amor y casi nos matamos de pasión. Te deseaba antes de que te acercaras a mí.
Inhalo bruscamente. Tiene que estar mintiendo. Dice esto ahora porque quiere follarme.
—Damien. Si crees que...
De repente se da la vuelta, me atrae hacia él y me besa.
El beso es explosivo, salvaje y mágico. Su lengua provoca y tienta a la mía mientras se adentra más y más, persuadiendo. Exigiendo. Se me doblan las rodillas y me aferro a su chaqueta mientras él me hace girar y me aprieta contra la puerta. Oigo un clic y, de pronto, la puerta cede a mi espalda.
Entramos en la habitación en un torbellino, él avanzando y yo retrocediendo. No soy consciente de nada más que de él. Su cuerpo. Sus labios. Su erección.
Me froto contra ella. Joder. Lo deseo.
—¿Sí? —dice él.
Debo de haberlo dicho en voz alta.
—Sí —susurro contra sus labios antes de reclamar su boca de nuevo. Mis labios rozan los suyos durante unos segundos antes de que él se eche hacia atrás. Me inclino hacia delante, pero no siento sus labios. Abro los ojos. Me mira fijamente, con la victoria brillando en su mirada.
—Sabía que mentías —susurra—. Siempre has estado desesperada por mí.
El fuego que arde dentro de mí se enfría al instante. Todo esto es un juego para él. De repente, me avergüenzo de mi comportamiento lascivo. Ocho años después, y sigo sin poder resistirme a él.
Me aparto de sus brazos y recorro la habitación con la mirada, observándola por primera vez.
Es una suite enorme. Estamos en el vestíbulo, y veo el rastro de pétalos que lleva desde aquí hasta una sala de estar hundida y, más allá, hasta el enorme dormitorio con las puertas abiertas.
Hay un jacuzzi en la esquina. Botellas de champán helado y fresas colocadas estratégicamente por toda la suite.
Todo aquí parece burlarse de mí. Mi marido más que nadie. Me enfurece. Me irrita. Sonriendo. Con esa sonrisita. Que le jodan.
Le cruzo la cara de una bofetada.