El acuerdo matrimonial (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 1
9%

Capítulo 1

ocho años después

Ivy

Llamar la atención de Damien Sinclair siempre ha sido difícil, pero esta vez lo es todavía más. Porque ahora tengo competencia. Muchas mujeres en este club hacen todo lo posible por captar aunque sea una pizca de su atención, y yo soy una de ellas.

He agotado todos los canales formales que se me ocurren, y él me ha cerrado el paso en cada ocasión. He hecho de todo: concertar citas, escribirle cartas, incluso plantarme en su vestíbulo durante horas con la esperanza de que se fijara en mí. ¿Y de qué me ha servido? De nada.

Este club es mi última esperanza. Hoy es mi última esperanza.

House of Hades es uno de los clubes más exclusivos de Nueva York, además del escondite favorito de Damien.

Como dueño, suele pasar el rato en la sección exclusiva conocida como la caja: un cubo de cristal en el segundo piso, sobre la pista de baile.

Allí se codea con celebridades, socialités y otros miembros de la élite.

Por eso mucha gente intenta no solo entrar, sino acceder a la zona VIP.

Lo intenté y fracasé estrepitosamente la primera semana. Vine todos los días con la esperanza de convencer a los porteros de que me dejaran subir a la caja, pero todos se negaron. Esta vez he cambiado de táctica.

—Rowan, bebidas. —Me vuelvo hacia el camarero y cojo la bandeja que me tiende.

Resulta que conseguir trabajo como chica de las botellas es más fácil de lo que pensaba.

El club anda escaso de personal y tiene mucha rotación, y daba la casualidad de que buscaban a alguien cuando me presenté—.

Llévaselas al jefe —me indica el camarero.

Asiento y subo. El corazón me late desbocado mientras paso junto a los porteros, que me dejan pasar sin problemas, y junto a las chicas que fingen bailar pero de vez en cuando lanzan miradas a Damien y a los dos tipos a los que está atendiendo. Como yo, todas compiten por su atención.

Según los rumores, algunas noches elige a una mujer afortunada para llevársela a casa. Pero lo máximo que cualquiera puede esperar de Damien es una aventura de una noche.

No busco una noche con Damien. Ya pasé por eso y tengo el diploma.

En esta puerta hay otro tipo. Este parece menos un portero y más un guardaespaldas. Levanto la bandeja para indicarle a qué vengo. Por un momento creo que va a cogerla él mismo, pero por suerte me deja pasar. Suelto un suspiro de alivio y entro.

Damien y los dos hombres están repantigados en los sillones.

Los tres son guapos, me fijo. Uno es un futbolista famoso que juega en un equipo que acaba de ganar la Super Bowl, y al otro solo lo reconozco por los negocios de mi familia.

Dirige uno de los mayores fondos de cobertura de Wall Street.

Los tres parecen relajados, ajenos a las miradas que atraen.

Damien tiene el brazo apoyado en el respaldo de la silla, con expresión aburrida. Mira hacia la pista de abajo. Dejo el champán y las copas de vino en la mesa junto a él, y uno de los dos hombres arrastra las palabras:

—¿Champán? ¿Para brindar por el trato?

No sé qué hacer ahora. A pesar de haber invertido toda mi energía en conseguir su atención, ahora que lo tengo delante me siento como el perro que por fin atrapa el coche: ¿y ahora qué?

No puedo pedirle sin más lo que quiero, o pensará que estoy loca.

O peor, no me escuchará y me echará antes de que pueda decir nada.

—¿Sirvo las bebidas o...?

Sin mirarme, Damien dice:

—Eh, claro.

Entonces se vuelve hacia mí de golpe.

—¿Qué demo...?

Intento sonreír, pero me sale una mueca temblorosa.

—Hola.

Su rostro pasa de la sorpresa a la confusión y luego al asco. Gruñe:

—¡Seguridad!

Se me hiela la sangre.

—No, por favor, espera. Necesito hablar contigo. Tengo que hablar contigo.

Se levanta y me agarra del brazo, dispuesto a arrastrarme fuera, pero me planto.

—Por favor.

Sus ojos de un gris gélido me taladran, y nada en su cuerpo rígido indica que esté dispuesto a escucharme.

Insisto:

—Es urgente que hable contigo. Tengo algo que necesitas. Algo que siempre has querido, y estoy dispuesta a dártelo.

Uno de los hombres suelta una carcajada.

—Joder, Damien, escucha a la chica, ¿quieres? Parece que tiene cosas interesantes que decir.

—Cállate, Hunter —escupe Damien.

Pero quienquiera que sea este tal Hunter parece imperturbable y continúa:

—¿Es una de tus aventuras de una noche? ¿Está embarazada?

Me mira.

—Bueno, ¿lo estás?

Damien me suelta el brazo como si quemara.

—Preferiría morirme antes que acostarme con ella.

Su tono me hace estremecerme.

Sé que me odia, pero no imaginaba que fuera hasta este punto. Tiene una mirada asesina, y lo único que le impide actuar es la gente que nos rodea. Debería haberlo esperado, sobre todo después de cómo acabamos.

¿Fuimos siquiera un «nosotros»? Tal vez, pero solo por una noche dichosa.

—He estado intentando localizarte —lo intento de nuevo.

—¿No querrás decir acosándome?

Se vuelve hacia sus amigos y se burla:

—No sé si os lo he dicho, pero tengo una acosadora. La hija de Nolan Hawthorne, de hecho. ¿No es gracioso?

—¿Nolan Hawthorne? —dice el futbolista, con los ojos muy abiertos—. ¿No tiene como treinta y tantos?

Hunter se inclina para susurrar:

—El padre.

Damien sonríe con suficiencia.

—Me ha estado siguiendo como un perrito faldero. Acosando a mi personal y ahora, como podéis ver, ha convencido a algunos para que la contraten aquí.

Quiero replicarle que no fue tan difícil que me contrataran sin comprobar mis antecedentes, pero no quiero darle más munición de la que ya tiene. El guardia que llamó ya está junto a la puerta, listo para echarme.

—Entonces debes entender lo mucho que quiero hablar contigo. Lo importante que es —insisto.

Damien entorna los ojos. Un silencio tenso se apodera del palco; solo se oye la música atronadora y las voces amortiguadas de abajo. Suspira. —Garret, lleva a Hunter y a Connor fuera. Hay unas chicas esperándolos que seguro les gustan.

—¿Ahora? —protesta Hunter, visiblemente decepcionado por perderse el drama, pero cede. Los dos se encogen de hombros y se levantan.

Hunter agarra el vino antes de seguir a Connor, que sale del palco detrás de Garret.

—Siéntate —espeta Damien con impaciencia—. Tienes cinco minutos.

No me lo puedo creer. Por fin. Tengo los nervios destrozados, y repito un mantra tranquilizador en mi cabeza mientras avanzo hacia una silla. Elijo la que ocupaba Hunter. Gracias a su entrometimiento he llegado hasta aquí. Quizás me contagie algo de su suerte.

Damien se desploma en su silla y cruza los brazos sobre el pecho. Tengo las manos pegajosas. Me las seco en el vestido y empiezo con mi discurso ensayado.

—Tengo una propuesta de negocios. —Las palabras se me atascan en la garganta y me sale la voz ronca. Es mucho más intimidante ahora que estamos a solas.

No consigo distinguir bien sus rasgos bajo la tenue luz azul grisácea del club, pero es evidente que sigue siendo guapo. El tiempo ha sido mucho más amable con él que conmigo. Aunque es mucho mayor y han pasado ocho años, sigue pareciendo un dios griego.

Sus mejillas son ahora más angulosas, sus pestañas siguen siendo oscuras y espesas, y sus ojos resultan tan hipnotizantes como siempre. Carraspeo y aparto la mirada.

—Tengo una propuesta de negocios. Si siempre has querido una participación en Hawthorne Inc., puedo conseguírtela. La mía, quiero decir —aclaro.

Levanta las cejas con incredulidad. —¿Quieres venderme una participación en la empresa de tu familia?

—Acciones con derecho a voto. Solo es el cinco por ciento, pero te da voz.

Descruza los brazos y se frota la barbilla mientras me mira fijamente. Es desconcertante. Me doy cuenta de que me está evaluando. No cree que hable en serio. —¿Sabes cuánto estás regalando?

Me encojo de hombros. —Es una oferta seria.

Se queda callado un momento y luego pregunta: —¿Nolan lo sabe?

—¿Por qué iba a decírselo? Es mi dinero —me defiendo.

Asiente. El palco se queda aún más en silencio, si es que eso es posible. Todo parece depender de sus próximas palabras. —Quieres darme el control de tu empresa porque, ¿qué, te caigo muy bien? Venga, Hiedra Venenosa, ¿qué me estoy perdiendo?

Me estremezco al oír el apodo. ¿En serio? Sé que lo que le hice fue horrible, pero ¿Hiedra Venenosa? Lo ignoro e insisto. Todavía no me ha echado, y aunque no me cree, parece interesado. Bien puedo soltar la bomba.

—Las acciones están en un fideicomiso —digo lentamente.

Entonces lo entiende. —Ah.

—Un fideicomiso con estipulaciones complicadas. Ya sabes, esas gilipolleces del dinero viejo.

—¿Cuáles son las estipulaciones?

Contengo la respiración y suelto las palabras que llevo guardando desde que llegué. —Tenemos que casarnos.