El acuerdo matrimonial (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 2
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Capítulo 2

Damien

Matrimonio. Con Ivy. La propuesta más absurda que he oído en mi vida. Cierto, solo sería por un par de meses, pero conozco lo suficiente a esa familia como para no fiarme de una sola palabra de un Hawthorne. Y menos aún de la maldita Ivy Hawthorne.

La eché en cuanto pronunció esas palabras y disfruté viéndola humillada mientras la sacaban a rastras del club. Un blog de cotilleos hasta escribió un artículo sobre el incidente.

Ni el infierno la quiere. Desesperada, Ivy expulsada del club del Diablo de Wall Street.

El artículo de menos de quinientas palabras apenas tenía material sobre ella.

Al fin y al cabo, Ivy no es el miembro más conocido de la familia Hawthorne, pero en Nueva York todo el mundo conoce la enemistad entre mi persona y su clan.

Ningún bloguero de cotilleos habría podido resistirse a escribir sobre ello.

Pero ni siquiera eso bastó para regodearme y olvidarme del asunto. Una semana después, sigo dándole vueltas a su propuesta.

Ivy posee el cinco por ciento de la compañía.

Lo que le reportaría la friolera de quinientos millones de dólares si lo vendiera al precio actual del mercado.

Sería una mujer rica, así que entiendo perfectamente por qué pensaría que merece la pena arriesgarse a venir a mí, incluso después de todo lo que ha pasado entre nosotros.

Pero cederme a mí, precisamente a mí, aunque sea un control marginal de su compañía es como meter al zorro en el gallinero.

Tiene que saber que su familia se opondría. Niego con la cabeza solo de pensarlo. Pero ¿no sería fantástico ver sus caras de sorpresa cuando descubran que soy dueño de parte de su preciada compañía?

¿Con el cinco por ciento conseguiría un asiento en el consejo?, me pregunto mientras entro en el edificio donde vive Ivy.

Ni yo mismo sé cómo he acabado aquí. Estaba decidido a no volver a dirigirle la palabra, pero la oferta era irresistible.

La curiosidad me llevó a indagar sobre Ivy y sus actividades durante los últimos ocho años.

Encontré poco. Se ha mantenido oculta desde aquella noche fatídica.

Pero la Ivy que yo conocía era toda una socialité.

Nada exagerado, solo las fiestas típicas de alguien rico y joven como ella.

Pero desde entonces no ha hecho nada. Ni siquiera un anuncio de boda en los periódicos. Lo único que mi asistente pudo encontrar fue la dirección de Ivy, y eso me ha traído hasta aquí.

Y está en el último barrio donde habría imaginado que viviría. El edificio es viejo pero limpio. No hay portero en la entrada, tampoco es que esperara uno en un sitio así, aunque sí hay un conserje. Es el tipo de lugar que alquila alguien con un sueldo de clase media. No una heredera.

Tuve que preguntarle a mi conductor tres veces si era el lugar correcto mientras entraba en el aparcamiento.

Ni siquiera eso me convenció, así que lo comprobé con mi asistente, y ella también lo confirmó.

Pero mientras me acerco al mostrador del conserje, casi espero que me diga que aquí no vive ninguna Ivy Hawthorne.

En lugar de eso, me dice que Ivy aún no ha vuelto del trabajo, pero que si quiero esperarla, puedo sentarme en el vestíbulo. Tomo asiento en una de las duras sillas de acero que me recuerdan a la sala de espera de un dentista.

¿Qué está pasando, Ivy? Tiene dinero de sobra para tener varios apartamentos en el Upper East Side.

Esto no es nada propio de ella. ¿O acaso su familia la ha desheredado?

Eso explicaría por qué estaba tan desesperada por contactar conmigo.

Cualquier otra persona se habría dejado intimidar por Nolan y temería su ira si se le enfrentaba.

Aunque no es tan vengativo como su padre, sigue siendo igual de despiadado con sus enemigos.

Pasa media hora y saco el móvil para llamarla, pero antes de que marque su número, la puerta se abre y entra la mujer más hermosa del mundo. Ocho años después, sigue siendo preciosa. Incluso más ahora, con esas curvas en los sitios adecuados.

Estaba demasiado enfadado para fijarme en su belleza cuando me pilló desprevenido en mi club, pero ahora, a la luz del día, Dios mío. Se me tensa la entrepierna mientras la miro fijamente y me pregunto lo bueno que sería tenerla debajo de mí otra vez.

Pasa junto al conserje con un saludo amistoso y él le dice algo mientras me señala. Todo parece suceder a cámara lenta cuando ella se gira para mirarme: primero frunce el ceño y luego abre los ojos como platos.

—¿Qué haces aquí?

Ivy tiene el mismo aspecto de antes, aunque quizá algo más cansada. El enorme abrigo gris que lleva apenas oculta su deliciosa figura. Es más, me dan ganas de quitárselo y...

No. Necesito concentrarme.

Carraspeo.

—¿Ni un hola ni un cómo estás? —bromeo mientras me pongo de pie.

—Eh... —niega con la cabeza—. ¿Cómo has conseguido mi dirección?

—La dejaste junto con tu número de teléfono en una de las muchas veces que pasaste por mi oficina —le recuerdo.

Se queda callada un momento, asimilándolo.

—¿Por qué no me has llamado?

—Te he dejado media docena de mensajes, más o menos.

Saca el móvil del bolso y lo mira.

—Oh —murmura, sin duda al ver todas mis llamadas perdidas.

—Pues sí —asiento.

Vuelve a guardar el móvil en el bolso y me mira fijamente. Levanto las cejas, a la espera de lo que viene.

—¿Quieres que hablemos de esto aquí en el vestíbulo? —le digo.

Vuelve a negar con la cabeza y se toca la sien.

—Lo siento, es que no te esperaba. Pensé... Da igual lo que pensé. Sígueme.

Su apartamento está en la última planta del edificio, pero eso no lo convierte ni de lejos en un ático. Más bien todo lo contrario. Es más pequeño de lo que esperaba, incluso sabiendo dónde vive.

Antes de entrar, se pone algo nerviosa y me pide que espere fuera mientras recoge un poco. Ahora que estoy dentro, miro a mi alrededor intentando descubrir el motivo de su nerviosismo. Algo me dice que no estaba simplemente guardando ropa, sino escondiendo cosas. ¿Pruebas de otro hombre, quizá?

Supongo que sería de mala educación pedirle a un hombre que se case contigo mientras tienes las cosas de otro en tu apartamento.

Me siento en uno de los sofás más pequeños mientras ella está en el dormitorio.

Cuando vuelve, se ha quitado el abrigo y lleva un vestido verde ceñido que hace juego con sus ojos.

Una brasa se aviva en mi interior. Ocho años después, sigue teniendo el mismo poder sobre mí que antes. Su belleza solo ha mejorado con los años. Ahora hay en ella una madurez y una elegancia serena que la hacen aún más deseable.

Se sienta en el borde del sofá de enfrente y dice:

—Pensé que no querías el trato.

—En ese momento, no, pero lo he estado pensando. Casarme contigo por una semana no suena tan mal si a cambio consigo una participación en Hawthorne.

Ella asiente. Su mirada va de un lado a otro. Se remueve inquieta, retorciéndose los dedos en el regazo. Está algo nerviosa. ¿Será porque me he presentado sin avisar, o hay algo más que se me escapa?

—Ivy, si tienes un novio y temes que entre de un momento a otro y nos pille hablando de una propuesta de matrimonio, puedes decírmelo.

Se acomoda en el asiento.

—Lo siento, no hay ningún novio. Es que me has pillado por sorpresa, nada más. Entonces, ¿quieres hacerlo? —insiste.

Me encojo de hombros.

—Siempre que no haya cláusulas ocultas que me exploten en la cara después.

—Nada de eso. Lo que pasa es que, para controlar mis acciones antes de cumplir los treinta, el fideicomiso establece que debo estar casada.

—¿No puedes simplemente casarte? Dudo que tengas que vender toda tu participación para eso. —Aunque, pensándolo bien, estas familias de abolengo tienen fideicomisos con cláusulas extrañas y arcaicas.

—Lo intenté, pero mi padre lo cambió después de echarme de la familia. Hizo que el fiduciario añadiera otra estipulación: que mi nuevo marido sería quien tuviera el control. Es una historia larga —resopla.

—Vaya. ¿Te importa contármela? Tengo tiempo.

Aprieta los labios. Estoy seguro de que no va a contarme más, pero entonces dice:

—Mi abuelo, o más bien mi bisabuelo, estableció un fideicomiso.

Por lo que recuerdo de las docenas de veces que Nolan Senior me contó la historia, Nolan Hawthorne I abrió unos grandes almacenes en la Quinta Avenida.

Se convirtió en un negocio lucrativo con múltiples tiendas por todo el país.

Nolan Hawthorne II expandió los grandes almacenes a nivel internacional, y el tercero, el padre de Ivy, diversificó hacia cadenas minoristas, una casa de moda y proveedores textiles.

Nolan Hawthorne IV, el hermano mayor de Ivy, ha sido un pionero en convertir el negocio en una marca online fiable y en sintonía con las tendencias de las redes sociales.

Supongo que quien estableció el fideicomiso fue Nolan Hawthorne I.

—Según el fideicomiso, los hombres de la familia pueden hacerse con el control de su herencia al cumplir los veinticinco, y las mujeres a los treinta. O, si están casadas, pueden acceder al control a los veinticinco.

Hago una mueca.

—Un poco anticuado, ¿no?

—Y cuando mi padre se enteró de que estaba buscando marido, convenció a mis hermanos y al fiduciario para que votaran una modificación: si me casaba antes de los treinta, mi marido sería quien controlara los activos.

Frunzo el ceño mientras la ira empieza a bullir dentro de mí. ¿Por ella? No puede ser.

—¿Qué hiciste para que tu familia se pusiera tan en tu contra?

Se sonroja y aparta la mirada.

—Me acosté contigo.

—¿No les gustó que la servidumbre pusiera las manos encima de su preciosa princesa? —resoplo.

Pone los ojos en blanco.

—Tu madre era la asistente de mi padre, y tú eras ejecutivo de la empresa. Nunca fuiste la servidumbre.

—Tienes razón. Si no hubieras insinuado que me aproveché de ti, tu padre habría aceptado encantado llamarme tu novio.

Abre los ojos de par en par.

—¿Novio? Pensé que solo había sido un rollo de una noche.

Los recuerdos de aquella noche vuelven de golpe.

El hermano de Nolan nos pilló a Ivy y a mí juntos en la cama, y segundos después, su padre también.

La rabia de ambos me acompañará siempre.

Como si hubiera cometido el peor crimen imaginable.

Y para colmo, las acciones de Ivy solo confirmaron sus sospechas.

—¿Te tienen viviendo en la miseria solo porque te acostaste conmigo?

—replico mientras recorro el apartamento con la mirada, fijándome en la pequeña cocina tras la isleta y en las tres puertas del pasillo, que solo pueden ser dos dormitorios y un baño.

Quizás lo que esconde es una compañera de piso.

Pero ¿por qué esconder eso?—. Tu padre lleva muerto, ¿qué?

, ¿dos años? ¿No debería ayudarte tu hermano?

Seguro que tiene un montón de apartamentos mejores que este.

—Vivir aquí es decisión mía —dice tajante.

—Y sin embargo estás tan desesperada por dinero que me perseguiste durante un mes entero.

Suelta un bufido y me señala con el dedo.

—¡Entonces sabías que te estaba buscando! Tus asistentes me hicieron creer que ni siquiera sabías que estaba allí.

—Eso significa que saben seguir órdenes. Quizás debería subirles el sueldo.

—¿Por qué me evitabas? —exige—. Después de todo lo que pasamos, lo lógico habría sido que yo huyera de ti.

—¡Pues deberías! —le espeto, invadido de pronto por la rabia de aquella noche. O más bien, de la mañana siguiente—. ¿Por qué mentiste? —digo sin querer.

—No mentí.

Suelto una risa sarcástica.

—Anda ya.

Aparta la mirada.

—Ya sabes cómo era mi padre. No podía contarle lo que pasó de verdad. Me quedé paralizada. Cuando dijo que tú me habías seducido, le seguí la corriente.

—Y no te importó el daño que estabas haciendo. Me arruinaste la vida sin decir una sola palabra —espeto.

—Al final te fue bien.

Tiene razón. Pero si supiera lo que me costó llegar hasta donde estoy, no creo que pensara que salí ileso.

Aunque ¿le importaría? Ivy Hawthorne siempre ha sido egoísta y consentida.

Nunca se hizo responsable de sus actos, y francamente, yo debería haber sido más listo y no dejarme engatusar por ella aquella noche.

Ivy se vuelve para mirarme de frente. ¿Eso que veo en sus ojos son lágrimas?

—¿Quieres casarte conmigo o no? Si no...

Dejo escapar un suspiro profundo.

—Haz las maletas. Nos vamos a Las Vegas.

—¿Ahora? —balbucea.

—Creía que estabas impaciente. ¿Te estás echando atrás?

Baja la mirada al suelo, luego la desvía a un lado y después vuelve a mirarme.

—Pensaba que podríamos hacerlo mañana.

—Tengo que salir de la ciudad mañana.

—¿Y el acuerdo prenupcial? ¿Y todo eso?

—El acuerdo prenupcial puede redactarse de camino. Mi abogado puede venir con nosotros. Al fin y al cabo, vamos a necesitar testigos.