Prólogo #3
Suspira contra mi hombro. —Mágica.
Una gota de agua me cae en la cabeza. Las nubes que se han ido acumulando empiezan a descargar. —Va a llover pronto. —Y como si lo hubiera conjurado, enseguida empieza a llover a cántaros.
Levanto a Ivy de encima de mí y ambos gemimos al separar nuestros cuerpos. Recogemos la ropa. Ella solo tiene que arreglarse el vestido; yo solo me quité la chaqueta. Dios, soy un maldito bruto. Agarro la chaqueta de donde Ivy la tiró mientras me besaba.
Ahora llueve a mares. Cuando me giro hacia Ivy, veo que se ha colocado el vestido, pero la lluvia lo ha empapado hasta volverlo prácticamente transparente. Tiene los pezones erectos, muy visibles. Volver a la fiesta así no es una opción.
—¿Podemos refugiarnos de la lluvia? —grito por encima de la tormenta. Asiente y me toma la mano. Se me encoge el estómago. Reprimo esa emoción rebelde.
Ivy me lleva a una cabaña en la propiedad y entramos. Tiene el estilo de un faro, pintada de blanco, rojo y azul, con ventanas redondas que dan al agua. El interior sigue el mismo tema marinero, aunque más refinado. Por suerte, dentro hace calor.
—Hay un baño allí. —Señala la puerta al fondo de la pequeña estancia que hace de salón y dormitorio.
—Ve tú primero —digo, señalando hacia allí. Entra en el baño mientras yo me siento en la silla y saco el móvil. Se ha quedado sin batería. Llevaba toda la noche aguantando con un tres por ciento y debería haber hecho algo antes, pero no lo hice. Busco un cargador, pero no hay ninguno.
—El móvil se ha quedado sin batería —le digo a Ivy cuando vuelve. Se ha quitado el vestido empapado y lleva una toalla enrollada al cuerpo. Se me dilatan las fosas nasales al ver sus piernas torneadas. Siento que la polla se me vuelve a endurecer.
Acabamos de follar y todavía quiero más. Joder.
—No creo que haya cargadores aquí. —Busca en los mismos sitios que yo y se encoge de hombros al no encontrar nada—. ¿No quieres ponerte algo seco? —añade, mirando mi ropa empapada—. Vas a pillar un resfriado.
Bajo la mirada con un suspiro. La ropa no solo me está helando, sino que además está chorreando y dejándolo todo perdido. Asiento. —Tienes razón.
Mientras me dirijo al baño, dice: —Pero no hay ropa. Solo toallas.
Me detengo. —Vaya.
Treinta minutos después, Ivy y yo estamos sentados en la cama, envueltos en toallas, escuchando la lluvia caer fuera.
Todavía no ha parado. Hace rato que no decimos nada y la cosa empieza a ponerse incómoda.
¿Qué le dices a alguien con quien acabas de acostarte después de evitarla todo el día, para descubrir que te ha gustado y que era virgen?
Carraspeo para romper el silencio. —¿Tienes el móvil?
Ivy niega con la cabeza. —Me lo dejé en casa. —Vuelve la mirada hacia la ventana salpicada de lluvia—. No creo que esto pare pronto.
Asiento frunciendo el ceño. —No.
—Puede que tengamos que pasar aquí el resto de la noche —señala.
La implicación de sus palabras es obvia. He estado evitando mirarla de verdad, pero ahora mi mirada le recorre el cuerpo. La toalla que lleva se ha ido aflojando, y cualquier movimiento de cualquiera de los dos la hará caer del todo.
Y sin embargo, quiero volver a verla. Quiero volver a tocar sus suaves curvas.
Y esta vez quiero hacerlo bien.
—¿Es eso lo que quieres? —Mi voz suena ronca y más grave de lo que pretendía.
Arquea una ceja. —¿Es eso lo que tú quieres?
Solo hay una forma de responderle. Con suavidad, tiro de su toalla, que cae alrededor de su cintura. Sus pechos lucen magníficos bajo la tenue luz de la cabaña. No son demasiado grandes ni demasiado pequeños. Tomo uno en mi mano. Son perfectos. Ella es perfecta.
—No debería haberte poseído así —murmuro mientras juego con su pezón.
Ivy jadea.
—Ya te lo dije. Era lo que quería.
—Mereces ser adorada como la diosa que eres. No que te posean contra una fuente.
La recuesto en la cama y le quito la toalla por completo; luego me deshago de la mía y le acerco los pies al borde de la cama. Me arrodillo ante su coño reluciente.
Rosado, húmedo, tan tentador. Se retuerce cuando siente mi lengua sobre ella.
Le sujeto las piernas y le doy la adoración que merece desde hace tiempo.
Gime, gimotea y se retuerce mientras me deleito con ella.
Su respuesta a mis caricias me anima a hundir mi lengua más profundamente en ella.
A acariciarle el clítoris con el dedo. A lamer cada gota de su néctar.
Su orgasmo llega en oleadas. Un pequeño temblor seguido de intensas contorsiones, palpitaciones y estremecimientos.
—Dios, qué dulce eres —susurro mientras me deslizo para tumbarme a su lado, pero frunzo el ceño al ver lágrimas en su mejilla—. ¿Qué pasa?
—Eso fue tan... —hace una pausa y al cabo de un momento dice—: arrollador.
Ivy me atrae hacia ella para darme uno de los besos más dulces que he compartido con nadie.
—Te quiero.
Las palabras son apenas un susurro contra mis labios.
Si no estuviéramos tan cerca, no las habría oído, pero las oí.
Y en lugar de la familiar repulsión que suelo sentir cada vez que una de mis novias dice lo mismo después del sexo, esa sensación no aparece.
En su lugar, algo cálido me invade el pecho.
Absurdo. Es el champán o el ron, me digo, pero hace mucho que no me emborracho.
Solo lo dice porque acabo de darle un orgasmo, me digo. Pero decírselo podría romperle el corazón. Así que le beso los labios. Ambos nos quedamos dormidos poco después.
Un golpe en la puerta me despierta. La luz entra a raudales en la cabaña por las ventanas, dándome de lleno en la cara al abrir los ojos. El golpe vuelve a sonar. Ivy está en mis brazos y gime con el ruido. Mi polla se pone firme.
—Ivy —susurro, despertándola. Estira el cuerpo y el pecho le asoma por las sábanas. Una buena sesión de sexo matutino me vendría de maravilla ahora mismo, pero ese golpe en la puerta me dice que es imposible.
El tercer golpe es más fuerte, seguido de:
—¡Ivy!
Joder. Esa voz solo puede ser...
La puerta se abre de golpe, dejando entrar el dulce aroma del rocío matutino y a las dos últimas personas que quiero ver ahora. Los dos Nolan. El hermano y el padre de Ivy.