Prólogo #2
Hay una fuente grande con dos bancos de piedra a cada lado, y junto a ella está Bree de espaldas a mí. Espera, esa no es Bree. Bree lleva un vestido rojo y un corte pixie rubio. Esta mujer va de blanco y tiene el pelo largo. Frunzo el ceño.
—¿Ivy?
Se gira hacia mí y el vestido ondea mientras el cabello le flota en la brisa.
Parece más etérea que antes. La luz tenue de las lámparas acentúa sus rasgos sobrenaturales y me deja sin aliento.
Me quedo atónito un instante contemplando a la mujer que tengo delante.
Solo ahora me doy cuenta de que ya no es la niña que solía sacar de quicio a mi amigo.
Recorro su rostro con la mirada, fijándome en los famosos pómulos de los Hawthorne, que hacen guapos a todos en su familia, pero que a Ivy la convierten en una diosa.
Sus grandes ojos esmeralda tienen una forma almendrada que en cualquier otra persona habría resultado felina. En ella son hipnóticos.
Trago saliva mientras la recorro con la mirada. Sus pechos han crecido mucho en el último año. Una maduración tardía. Pero entonces me quedo paralizado. ¿Qué coño estoy haciendo? No debería desearla, joder.
—No eres Bree.
Mi voz suena cortante y ella se estremece.
—No.
Da un par de pasos hacia mí, pero yo retrocedo. Se detiene, agarra los lados del vestido y baja la mirada.
—Solo quería hablar contigo, pero no parabas de ignorarme.
Levanto el papel que tengo en la mano y ladeo la cabeza.
—¿Así que pensaste que el engaño funcionaría? Adiós, Ivy.
Me doy la vuelta para irme.
—No, espera.
Ivy me agarra la mano con la que sostengo la nota.
—Por favor, no te vayas —suplica.
Me doy la vuelta. Joder. Es aún más guapa de cerca. Tiene los ojos verdes vidriosos de... ¿lágrimas? ¿Está llorando? Me invade un impulso repentino de averiguar quién la ha hecho llorar y partirle la cara. Eso me frena en seco.
Segura de que no me iré, me suelta la mano, coge una copa de la otra y se bebe la mitad de un trago.
—Me estuviste ignorando toda la noche. ¿Por qué?
Suelto un suspiro de frustración.
—Venga, Ivy, sabes por qué.
—Oh.
El pelo le cae como una cortina alrededor del rostro. Retrocede hacia la fuente y se sienta en el borde.
—Debes pensar que soy patética, lanzándome así a ti.
Suspiro y me acerco hasta quedar frente a ella. El borde en el que está sentada nos pone a la misma altura.
—Nunca me ha dado vergüenza estar contigo, Ivy.
—¿Pero? —pregunta, entornando los ojos.
—Lo nuestro sería inapropiado. Soy mayor que tú. Eres la hermana de mi mejor amigo. La hija de mi jefe. Estoy jugando con fuego solo por estar aquí hablando contigo.
Abre mucho los ojos. —¿Pero te intereso? ¿T-te parezco atractiva?
Joder. Debería haber empezado con no me gustas. Pero eso sería mentira. Me interesa. He tenido pensamientos sucios en la cabeza todo el día.
Sonríe como si le hubiera confirmado algo que sospechaba desde hace tiempo. —Sí te gusto.
—Tienes diecinueve años —le recuerdo.
Levanta la barbilla con gesto desafiante. —Veinte, en realidad.
Le quito la copa. —No tienes edad para beber eso.
Pone los ojos en blanco y me arrebata la copa de champán. —Tengo edad de sobra para muchas cosas.
El significado de sus palabras está claro. Se me dilatan las fosas nasales mientras me pregunto qué hay debajo de ese maldito vestido. Agarro el pie de la copa de champán solo para no levantarle el vestido y devorarle los muslos.
—No soy un chiquillo con el que puedas jugar, Ivy.
Se recuesta y separa las piernas. Prácticamente susurra cuando dice: —¿Crees que no lo sé? —Me acerco para escucharla, me digo, pero es otra maldita mentira—. Te llaman Damien el diablo. Por tus habilidades diabólicas en la cama.
—No. —Mi voz baja una octava—. Por la forma despiadada en que las descarto después.
Se estremece y se inclina hacia delante. —Mientras sea yo quien te descarte primero, no importa.
Nuestros labios están a apenas unos centímetros.
El aroma a lavanda me llega a las fosas nasales y bajo la cabeza para seguir el rastro en su cuello.
Rozar mis labios contra su piel se siente como lo más natural del mundo.
Sabe a madera terrosa, lavanda y vainilla.
Una combinación embriagadora. Su gemido me pone duro.
—Soy un tipo malo —digo con la voz ronca de lujuria. Es mi última advertencia, pero no me hace caso. En cambio, me atrae hacia ella rodeándome la cintura con las piernas.
Es la gota que colma el vaso. Oigo el estruendo del cristal contra el suelo mientras suelto mi copa y le sostengo el rostro entre las manos, juntando mis labios con los suyos.
El beso es distinto a todo lo que he sentido.
Hay una timidez en ella que no esperaba de alguien tan directa.
Me hace querer besarla aún más profundamente para que se abra.
También oigo su copa romperse bajo nosotros cuando suelta la bebida y me atrae hacia su abrazo.
Nuestros cuerpos se amoldan a la perfección, y la sensación de mi polla presionando contra su coño nos vuelve locos a los dos.
La ropa que separa nuestros cuerpos resulta opresiva. Quiero arrancársela toda.
Llevo la mano a su hombro y deslizo el tirante del vestido, dejando al descubierto su pecho izquierdo. No lleva sujetador. Dios, no puedo evitarlo. Me lanzo a su pezón y muerdo. Grita.
Pero entonces oímos voces y los dos nos quedamos paralizados. La lucidez vuelve, aunque solo un poco. Tengo la mirada fija en su pecho de porcelana blanca, fascinado en parte por lo rosado de su pezón.
—No podemos hacer esto aquí —digo. Es una locura. Está mal, pero la deseo. Es mía.
—Podemos —insiste—. El centro del laberinto es difícil de encontrar.
—Nos pillarán.
Niega con la cabeza. —No lo harán.
—No tengo protección.
Me agarra la cabeza, me atrae hacia ella y me besa. —Tomo la píldora. —Sus manos se mueven a mis hombros y me quita la chaqueta. Cae al suelo. Luego sus dedos se deslizan hasta la hebilla de mi cinturón. Ya está.
Debería... —gimo mientras su pequeña mano esparce el líquido preseminal por la cabeza de mi polla. Miro hacia abajo y observo bajo la luz azulada y amarillenta de la luna y las lámparas cómo juega con mi polla. El acto es tan excitante como fascinante.
Con cautela, bajo el otro tirante de su vestido y me adueño de su otro pecho mientras mis manos recorren su cuerpo y le subo el vestido para dejar al descubierto su coño.
—No llevas nada —digo contra su cuello—. ¿Has estado todo el día sin ropa interior?
—Quería que me tomaras tantas veces, pero me estabas ignorando. —Mi mano izquierda cubre su sexo mientras la derecha juguetea con su pezón. Está empapada.
—Eres una maldita zorra.
Empieza a jadear. —Solo para ti.
Nos acariciamos mientras nos besamos. Pero eso no es todo lo que quiero de ella. Aparto mi mano y la suya de mi polla y, con un movimiento fluido, entro en ella.
Se me ponen los ojos en blanco de placer. —Joder, qué apretada estás.
Gime en mi oído. —Me guardé para ti.
—Mentirosa —gruño mientras apoyo las manos en el borde de la fuente para sostenernos.
—Eres el primer hombre que entra en mi coño. Usé un consolador... —¡oh! —grita cuando embisto. Con voz temblorosa, continúa—: Para prepararme. Pero guardé mi coño para ti.
—Joder, Ivy. —Me detengo. Ella se frota contra mi polla y la sujeto por los muslos para que no se mueva—. ¿Hablas en serio? —pregunto.
Asiente, y vuelve su timidez. —Hice algunas cosas con otras personas, pero nunca dejé que nadie... ya sabes.
—No lo valgo. —Miro a nuestro alrededor. Estamos en el jardín de su padre, en medio de un maldito laberinto, bajo un cielo nublado—. Mereces a alguien que no te folle contra una fuente.
—Cualquier lugar contigo es perfecto —dice, casi suplicando.
Mi polla se contrae dentro de ella. Nadie me ha dicho eso nunca. Y que venga de Ivy... Se me aflojan las manos y ella se mueve de nuevo. Gimo. Interpretándolo como una señal, me besa, y la voz en el fondo de mi mente que me dice que pare se calla mientras me hundo en su dulzura.
Pero no puedo tenerla así. No en su primera vez.
La levanto, asegurándome de que me rodee bien con las piernas, y avanzo tambaleándome hacia un banco cercano. Al sentarme, mi polla entra en ella en un ángulo que nos vuelve locos a los dos. Ajusto nuestra posición para que quede sentada justo sobre mi polla y le sujeto los brazos.
Empujo hacia arriba lentamente, con una lentitud agónica. —¿Cómo practicabas? ¿Ponías el consolador en el suelo y te montabas encima?
Abre los ojos de par en par mientras asiente.
—Bien. Enséñame. —Le coloco las manos sobre mis hombros mientras las mías le rodean la cintura. Levanta las caderas y vuelve a bajar.
Ivy está un poco insegura al principio, hasta que encuentra un ritmo con el que se siente cómoda.
La observo cabalgar mi polla, con los pechos meciéndose y el pelo cayéndole sobre el rostro.
Se lo aparto y le beso la mejilla, luego cada pezón.
Sus movimientos empiezan a acelerarse, pero no lo bastante.
Pero no quiero apresurarla. Quiero que se corra sobre mi polla. Si no puedo darle una primera vez decente, al menos puedo darle un orgasmo.
No tarda mucho en correrse. Su coño me aprieta la polla, y entonces empieza a temblar en mis brazos mientras la ola de éxtasis la arrastra.
A mí me llega poco después, mientras la sujeto con fuerza.
Temo dejarle marcas en la piel, pero quiero hacerlo de todos modos.
Es mía, pienso mientras derramo mi semen dentro de ella.
Nos quedamos en silencio, escuchando la noche. Está mal, pero se siente bien. Como si estuviéramos destinados a estar juntos. Pero no puede ser. Pienso en todas las razones por las que esto no debería haber pasado.
Es la hermana de mi mejor amigo, la hija de mi jefe; soy mayor y debería tener más juicio. Pero todo eso parece trivial comparado con lo que acabo de vivir con ella. Y una parte de mí, la parte oscura, no siente vergüenza.
Se guardó para mí. Eso tiene que significar algo.
De repente, quiero hacer esto bien. Hacerlo como es debido.
—¿Qué tal fue? —le pregunto—. ¿Tu primera vez?