El acuerdo matrimonial (Multimillonarios Hawthorne) Prólogo
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El acuerdo matrimonial (Multimillonarios Hawthorne)

El acuerdo matrimonial (Multimillonarios Hawthorne)

Por Piper Knox

© inepub.com

Prólogo

Damien

La hermana de mi mejor amigo lleva todo el día empeñada en seducirme.

Después de quince intentos, tengo que admitir que está empezando a funcionar.

Ahora mismo estamos en la fiesta de cumpleaños de su padre.

Hay gente importante aquí. Desde líderes de la industria hasta estrellas de cine, atletas y políticos.

Cualquiera pensaría que se comportaría de forma impecable.

Ivy, no. Aunque sus travesuras resultan algo vergonzosas, también son bastante divertidas.

Ni siquiera quería venir a esta horrible fiesta.

La nada sutil insinuación de Nolan Senior de que no me ascenderían si no asistía es la única razón por la que vine.

Prefiero pasar el fin de semana a solas con un libro.

En cambio, tengo que defenderme de una adolescente cachonda que acaba de cumplir la mayoría de edad y que nunca ha oído la palabra no.

Empecé a notarlo por la tarde. Ivy intentó captar mi atención «cayendo» en mis brazos una y otra vez. Lo hacía cada vez que alguien la «rozaba». Si nadie chocaba con ella, me acariciaba el brazo.

Estábamos en un pequeño círculo de amigos: su hermano, un par de compañeros del trabajo, ella y yo.

Pero ninguno notó sus travesuras, ni siquiera su hermano.

Cuando me mostré indiferente a sus maquinaciones, pasó a la siguiente etapa: quedarse a solas conmigo.

En dos ocasiones, cuando iba al baño, me acorraló y me llevó a una habitación de invitados para «hablar».

Pero eso le salió mal. La primera vez, la habitación ya estaba ocupada por un multimillonario tecnológico de mediana edad que se estaba tirando a su asistente.

La otra vez, la puerta estaba cerrada con llave.

Tengo que admitir que hizo la tediosa fiesta en el jardín más interesante, aunque fingí no darme cuenta. Lo último que quiero es rechazarla de forma tajante y que eso se vuelva en mi contra, dejándome sin ascenso y quizá sin trabajo. Pero joder, es implacable.

Y para colmo, Ivy no era la única que intentaba llamar mi atención.

Varias mujeres que aún no han llegado a los cuarenta me han deslizado notas en el bolsillo o me han enviado mensajes atrevidos.

Las más descaradas me invitaron a salir directamente.

Una está casada y su marido está aquí. Sin embargo, ninguna igualó la tenacidad de Ivy.

Al llegar la noche, cedí y le seguí el juego a una mujer para quitarme a Ivy de encima.

Bree, una diseñadora de interiores de mi edad, veintiocho años, es una elección aceptable.

Es guapa y tiene un corte pixie que a pocas personas les queda bien, pero en ella resulta encantador.

Es parlanchina y extrovertida, lo que hace la fiesta un poco menos miserable.

Puedo limitarme a escucharla hablar sin decir mucho mientras le doy sorbos a mi copa.

Como Ivy, es una hermosa heredera de buena familia que ve el trabajo como un pasatiempo opcional.

A diferencia de Ivy, no tiene diecinueve años.

—¿Puedo preguntarte algo? —dice Bree por encima de la música y el bullicio de la fiesta—. ¿Qué pasa entre vosotros dos? —Señala hacia Ivy con la copa y una mirada cómplice.

Ivy ha desistido por fin y está con sus amigas. Bien, pienso. Mantente alejada. No quieres que alguien como yo te manche. Sin embargo, Ivy se da cuenta de que la miramos y nos devuelve la mirada. Parece enfadada. Furiosa, incluso.

Me vuelvo hacia Bree y suspiro hondo. —Nada.

—No es nada. Esa chica lleva toda la noche intentando llamar tu atención. —Todo el día, en realidad. Pero no la corrijo—. Y aun así, la has ignorado. ¿Vosotros dos alguna vez...?

—Es la hermana de mi amigo —la interrumpo antes de que pueda terminar. Le doy un sorbo a mi copa y noto que el ron ya no me sabe tan fuerte.

—Eso lo hace aún más plausible —dice encogiéndose de hombros.

—Está en la universidad. Soy mayor que ella —digo, y vuelvo a mirar a Ivy.

La verdad es que no la había visto en un tiempo. Solo lleva unos días de vuelta de la universidad y, joder, cómo ha cambiado. Está más guapa... para. No vayas por ahí. Si Nolan supiera lo que estoy pensando, me sacaría a rastras de su fiesta y me tiraría al océano.

—Eso no impide que el CEO de Delphi Tech se tire a su asistente veinteañera —me recuerda.

Me sorprende que conozca ese sórdido asunto. —¿Los viste?

Niega con la cabeza. —En esta fiesta no. Pero fueron de lo más descarados en el yate de Yuri el fin de semana pasado. —Le brillan los ojos—. Pero volvamos a lo de Ivy y tú.

—No hay nada entre Ivy y yo —insisto.

—¿Por qué está tan interesada en ti?

Vuelvo a mirar a Ivy. Ahora está sola, de pie bajo un árbol decorado con guirnaldas de luces que imitan luciérnagas.

La combinación de su vestido blanco corto de verano y su melena rubia ondeando con la brisa le da el aspecto de una ninfa del bosque.

Es etérea e inocente, y al mismo tiempo sexy y diabólicamente tentadora.

Una parte oscura de mí, una parte que llevo todo el día reprimiendo, quiere profanarla. Estoy tan hipnotizado por su belleza que, por primera vez hoy, dejo que mis pensamientos vayan adonde no quería.

De repente todos desaparecen y solo quedamos Ivy y yo.

Tiro el vaso. Cae sobre el césped mientras camino hacia ella, la tomo en mis brazos y la beso contra el árbol.

Ella recibe mi lengua con avidez y se apresura a abrirme los pantalones mientras le arranco las bragas y me hundo en ella.

.. Cierro los ojos para borrar la fantasía intrusiva.

Ivy sigue mirándonos fijamente, pero ahora parece menos enfadada y más.

.. calculadora. ¿Qué estará tramando en esa cabecita?

La ignoro. —No lo sé —le digo a Bree—. Pregúntale a ella.

—Entonces, ¿me estás diciendo que estás libre? Odiaría pisar el terreno de otra —comenta.

Bree es guapa y divertida. Es con ella con quien debería fantasear, no con Ivy. —Este territorio está libre.

Un destello aparece en los ojos de Bree. La comisura de sus labios se curva hacia arriba y se inclina para susurrarme: —He oído que hay otro jardín en esta propiedad. ¿Te importaría enseñármelo?

Se me escapa una sonrisa.

—Claro —respondo.

Vuelvo a mirar a Ivy, que sigue observándonos.

Se me pone dura y por un momento no sé si es por ella o por Bree.

Desvío la mirada hacia Bree justo cuando Ivy se aleja.

Bien. Aléjate todo lo que puedas de mí y de mis pensamientos perversos.

Bree me roza la camisa y se acerca a mí, pero a diferencia de todas las veces que Ivy me rozó, no siento nada. Ni una chispa.

Justo cuando estamos a punto de salir del jardín, nos interrumpe una chica con el móvil en la mano.

—Lo siento, Bree, dicen que es urgente —dice con cara de disculpa.

Bree la mira de arriba abajo. La pobre chica, que supongo que es su asistente, parece desear estar en cualquier otro sitio.

—Diles que estoy ocupada.

La chica traga saliva y le susurra algo al oído.

Bree suspira y maldice entre dientes.

—Parece que voy a tener que atender esto —me dice frunciendo el ceño.

—¿Emergencia de decoración de interiores? —bromeo, enarcando una ceja.

—Algunos clientes se creen el centro del universo.

Me dedica una pequeña sonrisa y añade:

—¿Me esperas?

Asiento y la veo entrar en la casa con su asistente detrás.

Doy un sorbo al ron mientras paseo por la fiesta, y mi cuerpo se enfría un poco al observar a los invitados.

La mayoría ya están algo achispados y con la guardia baja.

La fiesta está en pleno apogeo, y su única amenaza son las nubes.

Llevan acumulándose todo el día, con pinta de querer arruinar el cumpleaños.

Pero parece que Nolan Hawthorne III tiene el poder de ahuyentar la lluvia.

Nolan Senior parece disfrutar de la atención.

Para un hombre que cumple setenta, se comporta como si fuera su quinto cumpleaños.

Tengo que contener una mueca de burla. Al verlo ahora dándole una palmada en la espalda a uno de sus amigos y partiéndose de risa, cualquiera pensaría que es un hombre amable y afable.

Se equivocaría. Este tipo es despiadado no solo con sus enemigos, sino también con su familia.

Excepto con la hija menor, según Nolan Junior.

Nolan Junior no para de hablar de cómo su padre mima a Ivy.

No es ningún secreto que es la favorita.

Incluso mi madre, que tuvo la desgracia de trabajar como asistente de Nolan Senior, me contaba todo sobre la niña rubia a la que tanto le gustaba consentir.

—¿Señor Sinclair? —dice alguien detrás de mí.

Me doy la vuelta y veo a Farlow, el mayordomo, erguido en su traje impecable. Me pone una nota en la mano.

—Una señora me pidió que le entregara esto —añade.

Frunzo el ceño y cojo la nota, pero antes de que pueda preguntar quién la envía, desaparece tan rápido como apareció. Bajo la vista al papel.

Estoy en el centro del Laberinto. Ven a buscarme. - Bree

Debajo de las palabras hay un diagrama tosco del laberinto con indicaciones para llegar al centro.

Me guardo la nota en el bolsillo, preguntándome cómo sabrá Bree de su existencia.

Aunque mi conexión con esta familia es remota, esta es la segunda vez que vengo a su famosa finca de los Hamptons, y nunca he entrado en el laberinto de setos.

Aunque, ¿acaso estos ricachones no se juntan constantemente?

Tanto que seguramente conocen hasta el último rincón de las casas de los demás.

Hay una mesa con una torre de champán cerca, así que cojo dos copas y sigo las indicaciones.

El laberinto está iluminado con lámparas empotradas en el seto en cada esquina, lo que permite ver bien pero mantiene la penumbra suficiente para que los rostros no se distingan con claridad. El centro no es difícil de alcanzar, y tras unos cuantos giros, llego.