El acuerdo de convivencia CAPÍTULO UNO #2
20%

CAPÍTULO UNO #2

Es alto —bastante más de metro ochenta— con hombros anchos que tensan la tela de la camisa. Lleva la chaqueta del traje colgada del antebrazo, y una maleta con ruedas descansa a sus pies.

Se gira y mi cerebro se cortocircuita. Su perfil es un filo de cuchillo: nariz recta, mandíbula fuerte, labios carnosos.

El pelo oscuro le cae sobre la frente de una forma que me hace desear apartárselo.

Lleva la camisa desabotonada en el cuello, y puedo ver la línea de la clavícula, el inicio del pecho. Sus ojos oscuros se clavan en mí.

—¿Eres la nueva chica del servicio?

Su voz es profunda. Ronca en los bordes. La siento vibrar en el esternón.

—Sí —mi voz sale más firme de lo que esperaba—. Soy Sloane.

—Bien —extiende una mano enorme y estrecha la mía. Cálida y fuerte—. Encantado. Bienvenida —y ya está en movimiento, pasando junto a mí, pasillo adelante, arrastrando la maleta tras de sí—. Buenas noches, Sloane.

Me quedo en el pasillo con las manos a los costados, el corazón haciendo acrobacias y la cara tan caliente que probablemente brillo en la oscuridad. Su aroma persiste: esa colonia del baño, pero mezclada con algo más. Piel. Calor.

Giro sobre mis talones y vuelvo a mi habitación. Cierro la puerta y me apoyo contra ella.

Joder.

Knox Gresham está buenísimo. Está en esta misma casa ahora mismo, probablemente quitándose la ropa de viaje en este preciso instante.

Sé profesional, Sloane. Por el amor de Dios. Sé profesional.

Pero la profesionalidad requiere cierta distancia, y la distancia requiere que no te importe, y a mí eso de que no me importe se fue al traste en el momento en que sentí su enorme mano envolviendo la mía y olí su colonia mezclada con ese olor cálido y masculino que solo puede ser suyo.

Estoy jodida.

Knox Gresham existe en mi vida como una serie de ausencias.

Sale a las seis y media de la mañana. Vuelve después de las diez de la noche.

A veces más tarde. Lo sé porque me quedo despierta escuchando la puerta principal, el sonido de su llave en la cerradura, el peso particular de sus pasos por el pasillo.

Me he convertido en una experta en la acústica de esta casa.

Puedo distinguir el paso eficiente de Robert del de Knox, más lento y pesado, desde dos habitaciones de distancia.

Los primeros días lo veo tan poco que empiezo a preguntarme si me imaginé aquella primera noche. Si el hombre del pasillo fue una alucinación por estrés provocada por demasiado mármol y poco contacto humano.

Entonces llega el lunes.

Estoy en la cocina a las siete y cuarto, preparando café, cuando oigo la puerta principal. Knox normalmente sale a las seis y media, pero esta mañana he oído movimiento en su ala más tarde de lo habitual. Ahora se oye una voz de mujer. Risas. Tacones sobre mármol.

Una voz de mujer. Risas. Tacones sobre mármol.

Me quedo paralizada con la cafetera en la mano. El sonido atraviesa el vestíbulo, hacia la puerta. No debería mirar. No debería mirar bajo ningún concepto.

Miro.

Rubia, alta como una modelo, esbelta, con un vestido de noche negro que parece carísimo. Tiene ese brillo particular: el resplandor satisfecho de una mujer a la que han follado a conciencia.

Knox está en la puerta. Ya lleva traje, impecable, con la corbata perfectamente anudada. Parece cansado. Impaciente. La rubia se estira, le toma el rostro entre las manos y lo besa. No es un beso rápido: es lento, deliberado, y pone todo el cuerpo en él.

Knox le devuelve el beso. Pero no del todo. Su mano encuentra la cintura de ella, la sostiene ahí, pero hay distancia en el gesto. Como si cumpliera un trámite. Cuando ella se aparta, está sonriendo. Él no.

—Llámame —dice ella, y sale por la puerta hacia un coche que espera y que no oí llegar.

Knox se queda en el umbral tres segundos. Luego cierra la puerta, se ajusta los gemelos y se marcha por el garaje sin verme en absoluto.

Miércoles: otra.

Morena esta vez. Cuerpo de yoga: delgada, tonificada, con mallas y un jersey holgado que le resbala por un hombro.

Se va mientras llevo de vuelta a la cocina la taza de café vacía de Knox, la pesada taza marrón que prefiere —lo he aprendido observándolo con atención—, no las tazas de cerámica redondeadas que se alinean en el armario en filas perfectas e idénticas.

Me mira pero no sonríe. No me dedica más que una evaluación fugaz —personal de servicio— antes de salir. Knox ya se ha ido.

Viernes: pelirroja.

El pelo hecho un revoltijo de rizos, con una de las camisas de vestir de Knox y nada más de cintura para abajo. Lo sé porque la camisa no le tapa lo suficiente. Va descalza, con los tacones en la mano, y tiene esa misma sonrisa satisfecha. La que dice: sé algo que tú no sabes.

Me ve y le da igual. Agita una mano y dice:

—Está en la ducha.

Como si se lo hubiera preguntado. Cosa que no hice.

Patrón establecido. Mujeres hermosas. Siempre de salida. Siempre distintas. Nunca se quedan a desayunar, nunca están ahí cuando llego con el café. Solo fantasmas que cruzan el vestíbulo luciendo la prueba de la atención de Knox Gresham como si fuera joyería.

Me digo que no es asunto mío. Soy su empleada. Su ama de llaves. Su criada. No tengo derecho a opinar sobre su vida sexual, sobre el tipo de mujeres que le gustan, ni sobre la forma particular en que se le tensa la mandíbula cuando una de ellas lo besa y él no le devuelve el beso del todo.

Pero me fijo en todo.

Cómo le queda un traje: como el pecado hecho carne.

Cada mañana sale de su ala con algo a medida y perfecto, y cada mañana me impacta de nuevo.

Los hombros anchos. La cintura estrecha.

Cómo se le tensa la tela sobre el pecho cuando se mueve.

Tiene cuarenta y cinco años y se mueve como un depredador, pura gracia controlada y peso deliberado, y verlo cruzar una habitación es una tortura en sí misma.

Cómo me ignora. Por completo. Me atraviesa con la mirada como si fuera de cristal.

Coge el café que le doy sin mirarme a los ojos.

Da instrucciones a través de Robert, o deja notas en la isla de la cocina con letra pulcra.

Cena a las ocho. Sencilla. Limpieza en la habitación de invitados del ala este. Recoger tintorería.

Nunca un gracias. Nunca un buenos días. Nunca mi nombre.

Soy otro fantasma en su casa. Un fantasma útil e invisible que hace café y dobla la ropa y percibe cómo su aroma cambia a lo largo del día: limpio y penetrante por la mañana, más cálido al anochecer, como si su piel lo transformara de forma distinta según pasan las horas.

Las mujeres siguen llegando. Rostros diferentes, cuerpos diferentes, la misma despedida. Siempre se van. Nunca se quedan.

Debería sentirme aliviada. Debería agradecer la distancia. Es mi jefe. Me dobla la edad. Tiene un desfile interminable de mujeres hermosas que comparten su cama y luego salen sonriendo, mientras yo me quedo en la cocina con una cafetera y un corazón que no puedo controlar.

En cambio, estoy fascinada. Frustrada. Hambrienta de un modo que no tiene nada que ver con la comida.

Knox Gresham es una puerta cerrada. Una habitación bajo llave. Un hombre que no revela nada y toma lo que quiere sin disculparse, y quiero ser lo que él desea con una desesperación que me asusta.