El Acero de Hispalis: La mano oculta de Escipión (Hijos de Hispania 1) Capítulo 21 - La Estela de los Muertos
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Capítulo 21 - La Estela de los Muertos

«El mar es el único camino que nos queda, porque la tierra ya nos ha dado por muertos. No navegamos hacia una conquista, sino hacia un reencuentro con nuestros propios fantasmas en las arenas de África».

— A TRIBUIDO A B ATENOR , A BORDO DE LA NAVE CAPITANA O CTAVIA

Batenor pasaba las horas en la proa de la nave de Escipión, observando cómo el horizonte se tragaba la última seguridad de Sicilia.

A su alrededor, el ambiente en la flota era una mezcla de fervor religioso y terror supersticioso.

Los hombres de las Legiones V y VI , los «fantasmas» de Cannae, no cantaban himnos de victoria.

Se dedicaban a realizar pequeños sacrificios privados: una moneda lanzada al agua, un mechón de pelo cortado con el gladius y entregado a las olas.

Para ellos, este viaje no era una conquista, sino un descenso a los infiernos para ajustar cuentas con el demonio que les había arrebatado la juventud doce años atrás.

—Míralos, Batenor —dijo una voz a su espalda.

Era el centurión Varo, el hombre de las cicatrices que le había recibido en el muelle de Lilibeo.

Sostenía un cabo con las manos endurecidas por el remo y el cuero—.

Creen que Neptuno los juzgará antes de llegar a la playa.

Yo les digo que Neptuno es un niño comparado con lo que nos espera en las arenas de África.

—El miedo es una herramienta, Varo. Si no tuvieran miedo, serían estatuas, no soldados —respondió Batenor sin apartar la vista de la espuma blanca que cortaba la quilla—. ¿Qué dicen tus hombres? ¿Confían en el General?

—Confían en que Escipión odia al Senado tanto como nosotros. Eso es suficiente para que lo sigan hasta el borde del mundo. Pero África… África tiene un olor distinto. Huele a especias y a carroña. Algunos libios que sirven en nuestras filas dicen que la tierra ya nos está saboreando.

Al tercer día, la flota se detuvo en alta mar para una última asamblea de mando.

Las principales naves se agruparon, balanceándose peligrosamente mientras los botes pasaban de una cubierta a otra.

Escipión convocó a sus oficiales en el castillo de popa de la Octavia .

Sobre la mesa, un mapa de las defensas costeras de Útica [95] estaba sujeto por dagas de hierro.

—No desembarcaremos directamente frente a las murallas de Cartago —explicó Escipión, señalando un promontorio al norte—.

El puerto de Cothon [96] es una trampa de cadenas y fuego griego.

Buscaremos una lengua de tierra segura al este de Útica; un lugar que mis ingenieros ya han marcado para levantar nuestra cabeza de puente.

Lo llamaremos el Castra Cornelia [97] , y será el primer pedazo de Roma en suelo púnico.

—¿Y si Aníbal ya ha cruzado desde Italia? —preguntó Cayo Lelio, con la mano sobre el pomo de su espada.

—Aníbal es un genio, pero no es un pez —cortó Escipión con frialdad—.

Necesita naves que Cartago no puede darle ahora mismo.

Tenemos una ventana de tiempo, semanas quizá, antes de que el «León de Cartago» regrese a su cubil.

Batenor, quiero que tus exploradores sean los primeros en tocar tierra. No quiero sorpresas en las dunas.

—Iré con los númidas de Masinisa —asintió el turdetano—. Sus caballos conocen el sabor de esa arena mejor que nuestras caligae .

Esa noche, el mar se calmó, pero el aire se volvió gélido.

Batenor bajó a la bodega de carga, donde el calor humano y el olor a animal estabulado eran casi insoportables.

Allí, entre las filas de caballos que pateaban nerviosos los tablones, encontró a un grupo de jóvenes velites que intentaban dormir.

Uno de ellos, apenas un niño de la Campania, sostenía un amuleto de madera entre los dedos.

Batenor sintió un peso en su propio pecho.

Sacó la bolsa de cuero y extrajo el cuarzo blanco que Marcia le había entregado en Itálica.

Bajo la luz vacilante de una lámpara de aceite de ballena, la piedra parecía brillar con una luz interior, un fragmento del río Baetis atrapado en el corazón de un monstruo de madera que flotaba hacia la muerte.

—Es una piedra de río, ¿verdad, señor? —preguntó el muchacho, mirándolo con ojos hundidos—. Mi abuelo decía que las piedras de agua nunca se pierden, que siempre encuentran el camino de vuelta a la orilla.

—Así es —mintió Batenor con suavidad, volviendo a guardar el amuleto—. Esta piedra ha visto nacer olivos y ha sentido el sol de Hispania. No dejará que la arena de África la trague sin pelear.

—Ojalá yo fuera de piedra —susurró el chico antes de cerrar los ojos.

Al amanecer del cuarto día, un grito rasgó el silencio de la flota. Desde lo alto del palo mayor, el vigía señalaba hacia el sur. Una línea ocre, apenas una cicatriz entre el azul del cielo y el azul del mar, empezaba a dibujarse en el horizonte. Era África.

Escipión subió a la cubierta superior, revestido con su coraza de parada, su capa escarlata ondeando como un estandarte de sangre.

Ordenó que se realizaran las libatio [98] .

El olor del vino derramado sobre la madera salada se mezcló con el grito de guerra que empezó a recorrer las naves.

No era un grito de alegría; era un aullido de lobos que finalmente veían a su presa.

Batenor se ajustó las correas de sus protecciones. El «León» todavía no estaba allí, pero su sombra ya se proyectaba sobre la costa, esperando para devorar a cualquiera que no fuera lo suficientemente fuerte como para convertirse, él mismo, en sombra.

—Preparaos, Varo —dijo Batenor, desenvainando un palmo del Acero de Hispali s para comprobar su filo—. El aliento de esa tierra quema los pulmones.

—Que queme —rio el centurión, ajustándose el casco—. Llevamos doce años respirando ceniza. El fuego nos parecerá aire fresco.