El Acero de Hispalis: La mano oculta de Escipión (Hijos de Hispania 1) Capítulo 20 - Las Legiones de los Olvidados
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Capítulo 20 - Las Legiones de los Olvidados

«Roma nos ha negado el pan y el nombre, pero no ha podido quitarnos el acero. No somos soldados de la República; somos los muertos que han aprendido a morder».

— A TRIBUIDO A UN CENTURIÓN DE LA Q UINTA L EGIÓN , EN LOS MUELLES DE L ILIBEO

E L VIAJE DESDE Itálica hasta el extremo occidental de Sicilia fue una lenta transición entre dos mundos.

Batenor cabalgó por la costa de la Turdetania, viendo cómo las antiguas aldeas turdetanas se transformaban en nudos logísticos para la maquinaria de guerra romana.

En Gadir, embarcó en una quinquerreme que le aguardaba, cargada con el tufo a brea y salitre viejo.

Mientras las costas de Hispania se hundían en el horizonte, Batenor sintió que no sólo dejaba atrás su tierra, sino también la piel del hombre que plantaba olivos.

El roce de la lana de su antigua capa roja contra su cuello era un recordatorio constante: la guerra es un amante que nunca te permite romper el compromiso.

—¿Buscáis al General, veterano? —preguntó un centurión cuyo rostro era una costra de cicatrices. Sus ojos tenían ese brillo gélido que sólo se adquiere cuando se ha visto a la muerte devorar a ochenta mil compañeros en una sola tarde.

—Busco a Publio Cornelio —respondió Batenor, manteniendo la mirada—. Soy su «Sombra».

El centurión escupió al suelo con amargura, pero se hizo a un lado.

—Entonces pasad. Nosotros somos los que no existen.

Las legiones que el Senado envió aquí a morir de hambre y vergüenza tras el desastre de Cannae.

Escipión es el único que se ha atrevido a darnos un pilum de nuevo.

Si él cruza el mar, nosotros iremos delante, aunque sólo sea para que Cartago termine el trabajo que empezó hace doce años.

Batenor encontró a Escipión en una tienda de campaña montada sobre el espigón del puerto.

El General no estaba solo; discutía con Cayo Lelio y el joven Masinisa sobre un mapa de papiro que el viento marino intentaba arrancar de la mesa.

Al ver aparecer a Batenor, Escipión detuvo su explicación.

Una sonrisa, la primera que parecía auténtica en meses, iluminó su rostro cansado.

—Habéis tardado, Batenor. Empezaba a creer que los olivos de la Turdetania tenían raíces más fuertes que mi llamada.

—Las raíces están donde uno pone el corazón, Publio. Y el mío se quedó en los Alpes —respondió el turdetano, acercándose a la mesa—. He visto a los hombres del puerto. Tienen los ojos de los lobos hambrientos. ¿Es con ellos con quienes pretendéis tomar Cartago?

—Son los mejores soldados de la República, porque no tienen nada que perder —dijo Escipión, bajando la voz—.

El Senado me ha dado Sicilia como provincia, pero me ha negado el reclutamiento.

Me han dicho: «Vete a África si quieres, pero llévate sólo a los voluntarios y a los desterrados».

Han esperado que me rinda, Batenor. Pero no conocen a la Quinta ni a la Sexta.

Estos hombres no luchan por Roma; luchan por su honor perdido. Y eso los hace invencibles.

—Necesitan un ejemplo, no sólo un general —añadió Lelio, señalando a Batenor.

—Necesitan a alguien que estuvo en el nudo de Cannae —cortó Escipión—, y que no agachó la cabeza. Alguien que no sea un patricio. Quiero que cabalgues con la Extraordinarii [92] y que les recuerdes quiénes somos.

Batenor comprendió entonces su verdadera misión.

No venía sólo a proteger la espalda de Escipión; venía a ser el alma de un ejército de parias.

Esa noche, en los muelles, Batenor no durmió en la villa asignada.

Se sentó junto a las hogueras de la Quinta Legión.

Sacó su piedra de afilar y empezó a trabajar en el Acero de Hispalis .

Los soldados se acercaron poco a poco, atraídos por el sonido rítmico del metal contra la piedra.

No hubo discursos, sólo el reconocimiento silencioso de quienes han compartido el infierno.

El amanecer llegó con un viento favorable del norte.

Las cuatrocientas onerariae empezaron a levar anclas, creando un rugido de madera y poleas que sacudió la ciudad de Lilibeo.

Batenor subió a la nave capitana junto a Escipión.

Al mirar hacia atrás, vio miles de brazos alzando los gladios hacia el cielo.

No era el saludo a un Cónsul, era el rugido de una legión de fantasmas que reclamaba su derecho a la vida.

Batenor tocó la bolsa de cuero en su pecho, donde la piedra de Marcia [93] descansaba.

Frente a ellos, el Mare Nostrum se abría como una boca hambrienta, y al fondo, invisible pero presente, Cartago esperaba su juicio final.