El Acero de Hispalis: La mano oculta de Escipión (Hijos de Hispania 1) Capítulo 19 - El Arado y la Cicatriz
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Capítulo 19 - El Arado y la Cicatriz

«La tierra no olvida la sangre, pero agradece el sudor. Sólo aquel que ha destruido una ciudad comprende el milagro de plantar un árbol».

— M ÁXIMA ATRIBUIDA A LOS COLONOS DE I TÁLICA

Se detuvo un instante, apoyando el peso en el mango de madera.

Sus manos eran un mapa de su vida: las callosidades de los remos de las galeras púnicas se mezclaban con las cicatrices blancas de las correas de la lorica y los cortes recientes de las zarzas.

Miró hacia abajo, hacia las hileras de olivos jóvenes que empezaban a agarrarse a la ladera.

Había plantado treinta, uno por cada compañero que vio morir en el asalto a las murallas de Carthago Nova.

Era un santuario silencioso, una legión de madera y plata que no pedía raciones, sólo agua y paciencia.

—¿Todavía estás intentando que los árboles formen en cohorte?

—La voz de Athenais llegó desde el linde del camino.

Caminaba con un cántaro de agua fresca sobre el hombro, moviéndose con una gracia que el tiempo y la libertad habían acentuado.

Ya no era la mujer que se escondía tras las cortinas de Hispalis; ahora, el sol le había dorado la piel y la seguridad le había devuelto el brillo a los ojos.

—Sólo me aseguro de que miren al sur, Athenais —respondió Batenor, aceptando el cántaro.

Bebió con ansia, sintiendo el agua golpear su garganta seca—.

Si el viento del Estrecho sopla con fuerza, los más débiles caerán.

En esta tierra, si no te agarras con fuerza al suelo, terminas convertido en polvo de camino.

Athenais se sentó en una piedra plana, observando el valle. El Baetis serpenteaba a lo lejos, una vena de vida en un cuerpo de tierra calcinada.

—Llevas dos años diciendo lo mismo, Batenor. Pero los árboles ya son fuertes. Es tu cabeza la que sigue esperando el toque de carga. Anoche volviste a pelear con las mantas. Gritaste el nombre de un hombre al que llamabas Giscón. Marcia entró asustada en la habitación.

Batenor apretó los dientes. El nombre de su viejo enemigo cartaginés seguía siendo una astilla clavada en su memoria.

—La guerra no se va porque tú te mudes a una granja, Athenais.

Se queda en los tendones, en la forma en que miras el horizonte cuando oscurece.

A veces, el silencio de Itálica me parece una trampa.

En el campamento, el ruido te dice dónde está el peligro.

Aquí, el peligro es que te olvides de quién eres.

La tarde cayó sobre la villa con una luz violácea que convertía los campos en un escenario de sombras alargadas.

En el patio interior, Marcia practicaba su caligrafía sobre una tablilla de cera, bajo la atenta mirada de un viejo pedagogo griego que Escipión había enviado como regalo de agradecimiento.

La niña, con la nariz manchada de hollín, trazaba las letras con una concentración feroz.

—¿Padre, es verdad que en Roma las calles son de piedra blanca y que hay fuentes que nunca se secan? —preguntó Marcia sin levantar la vista.

—Eso dicen los que sólo ven la superficie, pequeña —respondió Batenor, sentado a su lado mientras afilaba un cuchillo de injertar—.

Roma es una ciudad de mármol por fuera y de barro por dentro.

Hay más intrigas en una calle de la Subura que en todo el estado mayor de una legión.

No envidies sus piedras; envidia la paz que tenemos aquí.

—El centurión Vibio dice que tú eres más romano que muchos senadores —insistió la niña—. Dice que el General no daría un paso sin preguntarte antes por dónde sopla el viento.

Batenor sonrió con amargura. La fama era una carga que no había pedido.

Estaba a punto de responder cuando el sonido de unos cascos lejanos le heló la sangre.

No era el paso pesado de un buey ni el trote ligero de un vecino.

Era el galope rítmico, seco y autoritario de un caballo militar entrenado para la larga distancia.

Athenais salió al atrio, secándose las manos en el delantal.

Sus ojos se encontraron con los de Batenor.

En ese instante, la paz de Itálica se desmoronó como un castillo de arena.

El jinete apareció por el recodo del camino, una silueta negra contra el sol poniente.

El polvo que levantaba parecía el humo de un incendio lejano.

—No abras la puerta —susurró Athenais, con una voz que era una súplica—. Por los dioses, Batenor, dile que no estás. Dile que ya no eres la «Sombra del León».

Batenor se puso en pie. El cuchillo de injertar cayó al suelo, clavándose en la tierra.

—Él sabe que estoy aquí, Athenais. Él sabe que, aunque pase mil años plantando olivos, siempre habrá una parte de mí que pertenece al acero.

El jinete frenó en seco frente a la villa, levantando una nube de polvo que invadió el patio. Era un joven oficial, cubierto de salitre y mugre, con los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño. No saludó. Simplemente extendió un cilindro de cuero sellado con el anillo de los Cornelios.

—El Cónsul Publio Cornelio Escipión reclama vuestra presencia en Lilibeo [88] —dijo el mensajero, su voz ronca vibrando en el silencio de la tarde—. África espera, Batenor. Y el «León» no quiere cruzar el mar sin su «Sombra».

Marcia dejó caer el estilo de metal. El silencio que siguió fue el más largo de la vida de Batenor.

Miró a su hija, miró a su mujer y luego miró el camino que llevaba al sur.

Sabía que, si cruzaba aquel umbral, el hombre que plantaba olivos moriría para dejar paso, una última vez, al guerrero que nunca llegó a irse del todo.

Batenor se acercó a ellas. Athenais no lloró; apenas le sostuvo la mirada, con la dureza de quien ya conoce el precio de la guerra. Fue Marcia quien se adelantó. Sacó de su túnica un guijarro de cuarzo blanco, pulido por el río Baetis, y lo puso en la mano de su padre.

—Para que el agua te traiga de vuelta —murmuró.

Batenor cerró el puño sobre la piedra, sintiendo su peso frío.

La guardó en su bolsa de cuero, junto al sello oficial, sin decir nada más.

No hubo promesas ni abrazos largos. El hombre que plantaba olivos se quedó allí, en el umbral, mientras el guerrero subía al caballo del mensajero y empezaba a alejarse hacia el sur.