Capítulo 18 - Regreso a Hispalis
«No reconozco estas piedras por su forma, sino por el modo en que el sol las calienta. He vuelto a casa, pero yo ya no soy el hombre que se marchó».
— A TRIBUIDO A B ATENOR DE H ISPALIS
E L DESCENSO DESDE LAS COLINAS de Itálica fue un viaje a través del tiempo.
Batenor cabalgaba solo, dejando atrás el orden geométrico de la nueva colonia para sumergirse en la densa calima que abrazaba el valle del Baetis.
A medida que se acercaba, el perfil de Hispalis se recortaba contra el cielo como un viejo gigante que se despereza tras una pesadilla.
No era la ciudad resplandeciente de los cuentos de su infancia, ni la plaza fuerte que los Barca habían blindado con orgullo púnico; era una ciudad herida, efervescente y extrañamente viva bajo la sombra de las águilas romanas.
Al cruzar la puerta norte, el aire le golpeó con la fuerza de un recuerdo físico.
Era una mezcla embriagadora de barro húmedo, pescado frito en aceite de oliva y el aroma penetrante de las curtidurías.
Batenor detuvo su caballo frente al mercado.
La multitud, un hervidero de túnicas de lino crudo y capas oscuras de lana turdetana, se apartaba ante su presencia.
Ya no vestía los harapos del fugitivo, sino la lorica hamata de oficial auxiliar de Escipión, bruñida hasta reflejar el sol, y el Acero de Hispalis envainado en un tahalí de cuero rojo.
—¿Es él? —murmuró un anciano que vendía higos secos a la sombra de un pórtico—. ¿Es el hijo del comerciante de aceite que dicen que cabalgó con los dioses del norte?
Batenor no respondió. Sus ojos recorrían las fachadas de adobe, las inscripciones en alfabeto libio-fenicio que empezaban a ser tachadas por burdos edictos en latín, y los altares callejeros donde las ofrendas a Melqart compartían espacio con pequeñas estatuas de Júpiter.
La ciudad estaba mudando la piel. En el puerto, el bosque de mástiles de las galeras de guerra había sido sustituido por naves de carga pesada que engullían el aceite y el grano de la Turdetania con un apetito insaciable.
Se adentró en el sector que abrazaba el viejo puerto, donde las calles se ensanchaban para permitir el paso de los carros cargados de ánforas.
Allí, el aire ya no olía a lodo, sino a la fragancia densa de la resina de cedro y al rastro dulce de los caldos que maduraban en las sombras.
Buscó la hilera de casas con pórticos de piedra, una zona que recordaba por el murmullo de las fuentes y el brillo de los pavimentos de guijarros traídos del río.
Se detuvo ante un portal de madera de encina, cuya entrada, aunque custodiada por un dintel de estilo heleno desgastado por los años, conservaba la nobleza de quienes una vez prosperaron vendiendo el tesoro de las Cícladas.
El corazón de Batenor, templado en cien combates, tronaba contra sus costillas con más violencia que en el asalto a Cartago Nova.
Empujó la puerta. El patio interior era un refugio de luz tamizada y silencio.
El olor a lana húmeda le trajo de golpe la imagen de Athenais.
Y allí estaba ella. Sentada ante un telar de pesas, de espaldas a la entrada, moviendo la lanzadera con una cadencia hipnótica.
Sus hombros, antes rectos y desafiantes, parecían cargar con el peso de toda la ocupación púnica.
—¿Buscáis al capataz? Se ha ido al muelle —dijo ella sin volverse, con una voz que era un eco quebrado de la que Batenor guardaba en su memoria.
—He cruzado los Alpes y el Hiberus, he visto arder ciudades y he dormido sobre el hielo —dijo Batenor, y su propia voz le sonó extraña, profunda como un trueno lejano—. Pero nunca he buscado a un capataz, Athenais.
La mujer se quedó paralizada. La madera del telar crujió cuando sus manos se cerraron sobre ella.
Se giró muy despacio, como si temiera que el aire mismo pudiera desvanecer al hombre que tenía delante.
Sus ojos, rodeados de las finas arrugas que deja la tristeza, se abrieron con una incredulidad desgarradora.
Doce años de vigilias, de luto por un hombre que todos daban por muerto, estallaron en un sollozo ahogado.
—Batenor… —susurró ella, cayendo de rodillas. Él la alcanzó antes de que tocara el suelo, envolviéndola en un abrazo que olía a hierro y a libertad recuperada.
—He vuelto —repetía él contra su cabello, ahora veteado de plata—. He vuelto para sacarte de aquí.
De pronto, un sonido de pasos ligeros sobre las baldosas del patio rompió el hechizo.
Batenor alzó la vista y sus ojos se clavaron en una figura que emergió de las sombras de la galería superior.
Era una muchacha de unos doce años, alta para su edad, con la piel del color del bronce y una cabellera oscura que caía en cascada sobre sus hombros.
No era una niña, era una joven que portaba en su rostro la herencia exacta de los rasgos turdetanos de Batenor: la frente ancha, la nariz recta y esos ojos profundos que parecían leer el alma de quien los miraba.
Batenor sintió un frío repentino, una comprensión que le heló la sangre. Miró a Athenais, que seguía aferrada a su túnica, y luego a la joven, que lo observaba con una mezcla de pavor y una curiosidad que cortaba el aire.
—¿Quién es este soldado, madre? —preguntó la muchacha. Su voz era firme, madura, la voz de alguien que ha crecido ocultándose de las patrullas de Giscón.
Batenor se separó de Athenais, con las manos temblando de una forma que ni el miedo a la muerte había logrado jamás.
Doce años. Se había marchado aquel verano del año que Aníbal cruzó el Hiberus dejando atrás a una mujer joven y una promesa.
Nunca supo que aquella última noche de despedida, bajo el asedio de las sombras, había dejado una vida germinando en el vientre de Athenais.
—¿Es…? —el guerrero no pudo terminar la frase. El vacío de doce años se le echó encima como una montaña de piedra.
—Es tu sangre, Batenor —respondió Athenais, levantándose y atrayendo a la joven hacia ellos—.
No tiene un nombre legal ante los hombres, pues nació cuando tú eras un fantasma y yo una sombra.
La he llamado con los nombres de nuestras madres en la intimidad de estas paredes, para que los mercaderes de esclavos no pusieran sus ojos en ella.
Es la hija de un hombre que se fue antes de saber que ella existía.
Batenor dio un paso adelante. La joven no retrocedió.
Se mantuvo firme, observando las cicatrices del brazo de su padre y el brillo del Acero de Hispalis .
Había algo en su postura, una altivez indómita, que Batenor reconoció como propia.
Se dio cuenta, con una punzada de dolor, de que se había perdido sus primeros pasos, sus primeras palabras, el paso de la infancia a la juventud.
Había luchado por el futuro de Roma mientras su propio futuro crecía en un patio oculto de Hispalis, sin saber que tenía un padre.
—He vuelto —dijo Batenor, y esta vez sus palabras iban dirigidas a la muchacha—. He vuelto para darte el nombre que mereces y la tierra que nadie podrá arrebatarte.
Extendió la mano y, tras un instante de duda que pareció durar siglos, la joven puso la suya sobre la palma curtida del guerrero. El contacto fue el sello de un pacto que el destino había tardado doce años en ratificar.
—Mañana dejaremos Hispalis —declaró Batenor mirando a Athenais—. Escipión nos espera en Itálica. Allí, entre los ciudadanos de la nueva colonia, esta muchacha tendrá el nombre de Marcia. Y yo dedicaré cada día que me quede de vida a que olvide que alguna vez tuvo que esconderse de la luz del sol.
Aquella noche, mientras la luna se reflejaba en el Baetis, Batenor no durmió.
Veló el sueño de su mujer y de la hija que acababa de conocer, entendiendo que el Acero de Hispalis tenía ahora un propósito más noble que la gloria de Roma: proteger el milagro que había florecido en el silencio de su ausencia.