Capítulo 17 - El Suelo de Itálica
«Aquí, sobre estas colinas que miran al Baetis, no sólo alzamos muros. Plantamos hombres. Que esta tierra sea para vosotros lo que el Tíber fue para vuestros padres».
— P UBLIO C ORNELIO E SCIPIÓN , DURANTE LA DELIMITACIÓN DEL POMERIUM DE I TÁLICA
—Míralos bien, Batenor —dijo Escipión, acercándose a su «sombra» con paso pausado—.
Esos hombres que veis ahí, cojeando por las heridas de Ilipa o con los brazos marcados por el sol de los Alpes, ya no son soldados.
Hoy son ciudadanos. He pedido al Senado que este suelo no sea considerado tierra conquistada, sino suelo itálico.
Aquí, la ley de Roma echará raíces antes que el olivo.
Batenor descendió hacia la parcela que le habían asignado.
Se arrodilló sobre la hierba seca y hundió las manos en la tierra.
Estaba tibia, profunda, cargada de una promesa de vida que le resultó casi dolorosa tras doce años de marchas forzadas y emboscadas nocturnas.
Doce inviernos desde que lo encadenaron en el puerto de Hispalis.
En aquel entonces, no era más que un joven turdetano con el corazón lleno de rabia; ahora, era un hombre que poseía un pedazo de mundo reconocido por la mayor potencia del Mare Nostrum .
—¿Es esta la paz que buscábamos, Publio? —preguntó Batenor cuando el General se situó a su lado, contemplando la parcela.
—Es el inicio de la paz, que es más difícil de ganar que la propia guerra —respondió Escipión con una sombra de cansancio en los ojos—.
Mañana partiré hacia el sur para asegurar el puerto y preparar mi regreso a Roma.
Necesito el consulado si queremos que lo que hemos construido aquí no sea barrido por la envidia de los senadores que se quedaron en casa.
Pero tú… tú has cumplido vuestra parte del pacto.
Batenor se puso en pie, sacudiéndose el barro de las manos.
La cercanía de Hispalis era como una llamada física, un tirón en las entrañas que se hacía insoportable ante la inminencia del reencuentro.
Sabía que Athenais estaba allí, en algún lugar de aquel laberinto de adobe y ladrillo, esperando un regreso que muchos daban por imposible.
Pero también sentía el peso de la lealtad hacia el hombre que le había devuelto la dignidad.
—El Acero de Hispalis no se oxidará en el campo mientras el «León de Cartago» siga rugiendo en África —dijo Batenor, clavando sus ojos en los de Escipión—.
Tomad vuestro consulado, General. Yo cuidaré de este suelo y de lo que en él encuentre.
Pero sabed que, si el destino os lleva a las puertas de la misma Cartago, mi espada no descansará en este heredium .
Escipión sonrió, una sonrisa breve que iluminó su rostro curtido.
Sabía que aquel turdetano era mucho más que un guía; era el símbolo de una Hispania que ya no luchaba contra Roma, sino con ella.
Juntos, observaron cómo el sol se ponía tras las colinas, bañando de oro las primeras piedras de Itálica.
Era el final de una campaña, pero en el silencio de la tarde, Batenor ya podía escuchar los latidos de la ciudad que lo vio nacer, llamándolo desde el otro lado del valle para que, por fin, cruzara sus puertas no como un esclavo, sino como un vencedor.