El Acero de Hispalis: La mano oculta de Escipión (Hijos de Hispania 1) Capítulo 14 - Los Pasos de la Oretania
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Capítulo 14 - Los Pasos de la Oretania

«La guerra en Hispania no se gana en las llanuras, se pierde en los desfiladeros. Quien no conoce el lenguaje de la piedra, acaba sepultado por ella».

— M EMNÓN DE R ODAS , Reflexiones sobre la estrategia en Occidente

Batenor, integrado ahora plenamente en el estado mayor, se había convertido en el recurso más preciado del General: el hombre capaz de leer la política de la península en el color del polvo de las sandalias de un emisario o en el tono de una queja en el mercado.

Escipión buscaba algo más que la sumisión; buscaba la lealtad, algo que el oro de Cartago ya no podía comprar.

—Roma sabe castigar, Batenor, pero todavía no sabe seducir —comentó Escipión una tarde, mientras observaban el puerto desde el antiguo palacio de Asdrúbal—.

Los Barca llevan décadas aquí; han tomado esposas íberas, han engendrado hijos que hablan dos lenguas y han enterrado a sus muertos en esta tierra.

Yo soy un extraño que habla de leyes abstractas y tributos al Senado.

Necesito que bajes a las sombras. Necesito que seas mis ojos en los rincones donde el latín suena a cadena y látigo.

Batenor aceptó el encargo con una mezcla de orgullo y una cautela nacida de la experiencia.

Se despojó de la lorica hamata [73] y la túnica blanca de soldado para vestir una sencilla capa de lana basta, oscurecida por el hollín y el aceite de las lámparas.

Durante noches enteras, frecuentó las tabernas del barrio de los pescadores, donde los estibadores fenicios se mezclaban con mercenarios celtíberos y comerciantes griegos.

Allí, entre vapores de vino de Saguntum y el penetrante olor a salazón, Batenor escuchó la verdadera voz de la resistencia y el miedo.

—El joven Publio dice que somos libres —decía un veterano ilergete, con el rostro cruzado por una cicatriz que recordaba el paso por el Hiberus—, pero sus centuriones siguen contando nuestras ánforas de grano con la misma mirada hambrienta que los agentes de Magón.

¿Qué diferencia hay para un labrador entre un amo que le grita en púnico y uno que le sonríe en latín mientras le vacía el granero?

Batenor intervenía con la astucia de quien ha servido en ambos bandos, moviéndose con cuidado entre las mesas de madera carcomida.

—La diferencia, hermano, es que el amo que sonríe te ha devuelto a tus hijos que estaban encadenados en el puerto.

He visto las listas de embarque de los cartagineses: planeaban una leva total para enviar a toda la juventud de la Turdetania a morir en los pantanos del norte de Italia.

Roma quiere aliados que cultiven la tierra para alimentar sus legiones; los Barca sólo quieren carne que alimente sus guerras perdidas.

Sus palabras, pronunciadas en un dialecto que mezclaba la tosquedad del campo con la precisión militar, calaron en el grupo.

No era la retórica de un cónsul, sino la lógica del superviviente.

Batenor sabía que la clave no estaba en las grandes batallas, sino en convencer al hombre que empuñaba el arado de que el gladius romano era el escudo que protegía su cosecha, no la guadaña que se la arrebataba.

Al amanecer, regresaba al campamento con el cuerpo entumecido y la mente despierta.

Las noticias que traía de los barrios bajos eran más valiosas que cualquier informe de patrulla: el descontento de los mercenarios púnicos por la falta de paga y la creciente admiración de las tribus locales por la clemencia mostrada tras el asalto.

Escipión lo recibía en su tienda, analizando cada detalle mientras el sol de Hispania empezaba a caldear las lonas de cuero.

—Has sembrado bien, Batenor —concluyó el General tras escuchar el relato de la noche anterior—.

Mañana marcharemos hacia el sur. Deja que los hombres de Lelio terminen de calafatear los barcos; nosotros vamos a demostrar que Roma no solo trae legiones, sino un nuevo orden donde un hombre puede dormir sin temer que su vecino venda su cabeza a un sufete de Cartago.

Escipión ordenó finalmente la marcha hacia el sur.

Las legiones abandonaron la ciudad no como conquistadores que buscan el reposo, sino como una jauría que ha olido la sangre del resto de la presa.

El aire salino del Mare Nostrum fue pronto sustituido por el aliento abrasador del interior.

Batenor encabezaba la vanguardia, sintiendo cómo el aire se volvía más pesado y seco a medida que se internaban en los desfiladeros de la Oretania [74] .

Era un territorio de emboscadas, donde el granito parecía observar el paso de las columnas romanas con una hostilidad milenaria.

El ascenso hacia el Marianus Mons se convirtió en un calvario de logística.

Los carros de suministros chirriaban, sus ejes de madera al límite de la fractura en las pendientes donde el camino se estrechaba hasta ser apenas una herida en la piedra roja.

Cayo Lelio, cuya pericia en el mar de poco servía entre riscos, cabalgaba con la mandíbula apretada, observando con desconfianza las crestas coronadas de buitres.

El sudor de miles de hombres y bestias creaba una bruma agria que se pegaba a la garganta, mezclándose con el polvo fino que levantaban las caligae .

—Tus hombres miran las cumbres con miedo, Lelio —comentó Batenor, rompiendo el silencio mineral de la tarde—. Creen que cada pastor es un espía de Magón, que cada sombra que se mueve entre las jaras es un puñal púnico esperando el descenso del sol.

—¿Y no lo es? —replicó Lelio—. En el mar sé dónde está el enemigo. Aquí, la tierra misma parece querer devorarnos.

Al caer la noche, el General ordenó plantar el campamento en una meseta natural que dominaba uno de los pocos pasos practicables hacia el sur.

Cerca de la tienda pretoria, el vexillum [75] de la caballería ondeaba lacio, sin una gota de viento que aliviara el calor de las rocas calientes.

Escipión mandó llamar al turdetano cuando las hogueras eran solo brasas.

—Mañana las águilas empezarán el descenso hacia el valle —dijo Escipión, clavando sus ojos claros en Batenor—. Pero el estruendo de mis legiones llegará antes que mis hombres. Necesito una duda que corra más rápido que mis caballos.

Batenor comprendió que el momento había llegado.

Con gestos rituales, comenzó a despojarse, una vez más, de su equipo romano.

La lorica hamata cayó sobre el arcón con un tintineo que sonó a despedida.

Al quitarse el cinturón de cuero, sintió el aire fresco sobre la túnica empapada.

La armadura blanca fue sustituida por la capa de lana basta, el uniforme universal de los que no quieren ser vistos.

Ya no era un oficial de la República; volvía a ser el fantasma de los caminos de la Oretania.

Sin una palabra, se fundió con la oscuridad de los olivares salvajes.

Mientras descendía en solitario por una senda de cabras hacia la cuenca del Anas, el sonido de los picos romanos se fue apagando, sustituido por el canto de los grillos y el susurro del viento entre las jaras.

Sintió el aliento cálido del sur en el rostro y, por primera vez, el peso del destino de su propia estirpe sobre sus hombros desnudos.