El Acero de Hispalis: La mano oculta de Escipión (Hijos de Hispania 1) Capítulo 15 - La Sombra del General
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Capítulo 15 - La Sombra del General

«Un ejército se vence con el acero, pero una tierra se gana con la palabra. Batenor es mi lengua allí donde mis legiones no pueden llegar».

— P UBLIO C ORNELIO E SCIPIÓN , Instrucciones confidenciales

E L DESCENSO DESDE las estribaciones del Marianus Mons fue una prueba de resistencia que Batenor afrontó en la más absoluta soledad.

Atrás quedaba el orden de las centurias y el sonido constante del metal romano; por delante, una inmensidad de dehesas y valles que se extendían hacia el mediodía.

Durante tres jornadas, evitó los caminos principales, moviéndose por las rutas de trashumancia que solo los pastores y los proscritos conocían.

A medida que perdía altitud, el aire afilado de la sierra se transformaba en una caricia densa y sofocante, cargada con el aroma de la jara ardiente y el polvo en suspensión de la llanura.

El paisaje cambió drásticamente. Las crestas de granito y los desfiladeros angostos dieron paso a lomas suaves, cubiertas de encinas que proyectaban sombras alargadas y protectoras.

Batenor sentía que el terreno se volvía más hospitalario, pero su instinto le decía lo contrario: cuanto más llana era la tierra, más lejos llegaba la vista de los exploradores númidas.

Se movía preferentemente durante el crepúsculo y el alba, aprovechando la luz incierta para ocultar su silueta de jinete solitario.

Cada arroyo que cruzaba y cada aldea que evitaba lo alejaban del escudo de las legiones y lo internaban más profundamente en el corazón del dominio púnico.

Batenor no forzaba el galope; conocía bien la medida de su montura, un semental de las marismas, menudo y fibroso, capaz de alimentarse de rastrojos y beber agua salobre sin flaquear.

En las horas de calor canicular, cuando el sol de la Turdetania aplastaba el horizonte, buscaba el frescor de las navares [76] y desmontaba para aliviar el peso sobre el lomo del animal, revisando con los dedos cada casco en busca de piedras incrustadas en la ranilla.

Sabía que su vida y el éxito de la misión dependían de la salud de aquellas patas tanto como de su propia astucia.

Solo cuando las sombras se alargaban y el aire se volvía respirable, retomaba la marcha, devorando leguas en un trote rítmico que parecía fundirse con el latido de la tierra seca.

La misión de «la sombra» no se limitaba a observar.

Escipión le había encomendado la tarea más peligrosa hasta la fecha: viajar hacia el suroeste, infiltrándose en las líneas enemigas para contactar con los nobles que aún dudaban entre la sumisión a los Barca o la apuesta por el joven General.

Batenor cabalgó durante noches sin luna, evitando las guarniciones que Giscón mantenía estratégicamente en los pasos hacia el valle.

Al cruzar finalmente el vado del Anas [77] , sintió el aire cálido del sur, ese aliento de jara y tierra seca que le recordaba que estaba cerca de casa, aunque su Hispalis natal siguiera siendo un objetivo lejano en el mapa.

Dejar atrás el Anas no significaba haber alcanzado la meta, sino internarse en la boca del lobo.

Ante él se extendía la penillanura, un mar de encinas y pasto agostado donde el horizonte parecía no tener fin.

Batenor sabía que este era territorio de caza para la caballería númida; cualquier columna de polvo en la distancia podía significar una patrulla de jinetes ligeros sedientos de sangre.

Se vio obligado a abandonar la línea recta, zigzagueando entre los arroyos secos y las laderas pedregosas, mientras el sol de la tarde castigaba el hierro de su daga oculta bajo la capa.

A medida que se aproximaba a la cuenca del Baetis, el aire se volvía más denso, cargado con el olor de los cultivos y la humedad de los grandes olivares que daban fama a la Turdetania.

Ya no eran pastores solitarios los que encontraba, sino aldeas fortificadas que observaban el camino con ojos recelosos.

En cada recodo sentía la mirada de los espías de Magón, obligándole a moverse como un depredador nocturno, hasta que finalmente, tras una última jornada de marcha extenuante, los perfiles de la vega de Ilipa se dibujaron bajo la luz de un crepúsculo de color sangre.

En una finca fortificada oculta entre los olivares cercanos a Ilipa [78] , se reunió en secreto con un consejo de jefes locales.

El ambiente era de una tensión eléctrica.

Los turdetanos no olvidaban que Batenor había sido el brazo derecho de un oficial de Aníbal, pero tampoco ignoraban que ahora cabalgaba con el hombre que había humillado a Cartago en un solo día.

—¿Traes promesas escritas en pergamino que el viento se llevará, o traes un acero que realmente pueda protegernos?

—preguntó un anciano de cabellos blancos, cuya familia controlaba las ricas minas de plata de la zona—.

Los cartagineses nos han exigido el doble de hombres para el ejército de Magón.

Dicen que si no entregamos a nuestros primogénitos, nuestras aldeas arderán antes de que acabe la luna.

Batenor puso su mano sobre la mesa de madera tosca, mirando a cada uno de los jefes a los ojos.

—Traigo una realidad que vuestros exploradores ya conocen.

Escipión no ha venido a saquear, sino a quedarse.

Ha devuelto a los rehenes de Carthago Nova sin pedir un solo denario de rescate.

Ha respetado nuestros santuarios. Mientras los Barca ven en esta tierra una cantera de esclavos, el General ve una provincia de ciudadanos.

Si le entregáis vuestra lealtad ahora, antes de que el Baetis se tiña de sangre en la batalla que viene, vuestro pueblo figurará entre los fundadores de la nueva Hispania.

Aquellas palabras, pronunciadas en el dialecto dulce de sus antepasados, rompieron la indecisión.

Batenor no sólo vendía una alianza militar; vendía la esperanza de un orden donde no fueran meros peones de una familia africana.

Durante su estancia encubierta, logró que tres regimientos de caballería íbera acordaran una señal para abandonar las filas de Magón en el momento crítico del choque.

Sin embargo, la traición en el mundo antiguo era un arma de doble filo que cortaba la mano del descuidado.

Mientras Batenor abandonaba la finca al amparo de las sombras, un jinete númida apostado en una loma cercana observaba el rastro de su montura.

El espía de Escipión estaba siendo, a su vez, espiado.

La red de inteligencia de los Barca, aunque herida por la caída de la capital, seguía extendiendo sus hilos por el valle del Baetis.

Batenor regresó a las líneas romanas con el informe de las deserciones pactadas, pero con una inquietud que no lograba sacudirse.

Al entregar los despachos a Lelio, el oficial notó el polvo acumulado en la capa de lana de su amigo.

El romano sabía que el éxito de la campaña de Ilipa dependería de que el enemigo ignorase hasta el último segundo que sus propios aliados turdetanos se volverían contra ellos.

Si Magón descubría el trato, Batenor habría enviado a cientos de sus compatriotas a una ejecución segura.

—¿Crees que te han visto? —preguntó Lelio en voz baja mientras examinaba los mapas de despliegue.

—He visto ojos en los olivares que no pertenecían a campesinos —respondió Batenor, mientras se ajustaba de nuevo el tahalí de su espada—.

Escipión quiere lealtad, pero en esta tierra la lealtad se paga con sangre antes de que se selle con leyes.

Mañana sabremos si he sembrado una alianza o si he cavado la fosa de mis propios hermanos.

A la mañana siguiente, Batenor fue llevado a la tienda privada de Escipión.

a la tienda privada de Escipión. El General estaba repasando informes de suministro con Lelio, pero al ver entrar al turdetano, polvoriento, con la túnica rasgada y los ojos enrojecidos por la falta de sueño, apartó los mapas con un gesto brusco.

—Has vuelto —dijo Escipión, sirviéndole él mismo un cuenco de vino aguado—. Lelio estaba convencido de que los jinetes de Masinisa [79] te habían cazado en las marismas del Anas.

—Lelio debería dedicar menos tiempo a las apuestas y más a estudiar los vados que no aparecen en sus mapas griegos —replicó Batenor con una sonrisa cansada—.

La Turdetania está lista, General. El ejército de Giscón es una cáscara impresionante, pero su interior está podrido.

Sus aliados locales sólo necesitan ver una debilidad en el flanco púnico para volverse contra ellos.

Escipión asintió, su mirada volviéndose gélida y puramente estratégica.

—Esa debilidad la crearemos en Ilipa. Pero antes, Batenor, necesito que realices el último y más difícil acto de esta comedia de sombras.

El joven príncipe Masinisa está empezando a dudar.

Ha perdido a su familia y sus tierras en África por las intrigas de Cartago.

Quiero que le hagas llegar este mensaje personal.

Si su caballería se mantiene al margen o cambia de bando, Roma no olvidará su nombre cuando llegue el momento de ajustar cuentas en Zama.

Batenor tomó el pequeño rollo de pergamino sellado.

Sabía que esta misión era la definitiva.

Al salir de la tienda, bajo el cielo estrellado de la península, Batenor sintió que ya no era un desertor ni un fugitivo.

Era el arquitecto silencioso de una victoria que cambiaría el mundo.

El «León de Roma» tenía ahora un rastreador que no sólo conocía el terreno, sino que sabía cómo susurrar a los oídos de los reyes.