El Acero de Hispalis: La mano oculta de Escipión (Hijos de Hispania 1) Capítulo 13 - Carthago Nova
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Capítulo 13 - Carthago Nova

«No es Neptuno quien os guía por las aguas, sino vuestro valor. Pero si los soldados creen que un dios camina con ellos, no habrá muralla en Hispania que resista su empuje».

— C AYO L ELIO , ANTES DEL ASALTO DEL S ECTOR N ORTE

—No os detengáis —susurró Batenor, cuya voz apenas era un siseo sobre el viento—. El lodo es traicionero, pero la piedra de la muralla es firme. Si caéis, levantaos sin hacer ruido. La vida de medio ejército romano depende de vuestro silencio.

A su lado, un centurión de la Legio IV , un hombre que semanas atrás le habría escupido a la cara, lo miraba con una mezcla de pavor y esperanza.

Para aquellos romanos, la retirada de las aguas era un milagro de Neptuno orquestado por Escipión; para Batenor, era la culminación de años observando los caprichos de la costa levantina.

La tensión era palpable; cada burbuja que escapaba del fango parecía el grito de un centinela púnico.

Frente a ellos, la muralla septentrional de Carthago Nova se alzaba como un gigante ciego.

Las defensas en este sector eran mínimas; los cartagineses, convencidos de que la laguna era una barrera infranqueable, habían concentrado a sus mejores hombres en el istmo para repeler el asalto frontal de las legiones de tierra.

Desde su posición, Batenor podía ver el resplandor de los incendios en el puerto: Cayo Lelio estaba cumpliendo su parte, lanzando una lluvia de proyectiles desde las quinquerremes para atraer toda la atención enemiga.

Cuando los primeros hombres alcanzaron la base de la muralla, el hedor a algas podridas fue sustituido por el olor metálico del miedo.

Las escalas de madera, húmedas por el ambiente marino, fueron apoyadas contra la sillería.

Batenor fue el primero en subir, sus dedos encontrando agarre en las grietas de la piedra que él mismo había ayudado a patrullar años atrás.

Al alcanzar el adarve, el mundo se volvió un torbellino de sombras y acero.

—¡Por la gloria de Roma! —rugió el centurión al saltar tras él.

Batenor no gritó. Se movió como un espectro entre los pocos guardias que custodiaban el sector.

Su gladius , esa hoja recta y brutal, encontró la garganta de un centinela ibero que acababa de despertar de su letargo.

No hubo tiempo para el remordimiento. La columna romana comenzó a desparramarse por las murallas como una mancha de aceite.

Batenor sabía que la clave no era limpiar las almenas, sino alcanzar la puerta principal para dejar entrar al grueso del ejército que esperaba en el istmo.

El descenso por las rampas interiores fue una carnicería.

En las calles estrechas, los ciudadanos de la capital púnica se asomaban a las ventanas, gritando de terror al ver que el enemigo había surgido del fango.

Batenor lideró la carga hacia las puertas, abriéndose paso entre suministros militares y carros volcados.

Al llegar a los portones, se encontró con una sección de la guardia libia, hombres de hombros anchos y escudos circulares que formaron una pared de lanzas.

—¡Apartaos si queréis vivir! —gritó Batenor, reconociendo el emblema de la unidad que una vez lo acogió—. ¡La ciudad ha caído! ¡Neptuno nos ha abierto el camino!

La respuesta fue una lluvia de venablos.

Batenor rodó por el suelo, sintiendo el aire de un proyectil pasar a escasos centímetros de su oreja.

Se puso en pie y cargó con una furia que no era romana ni turdetana, sino puramente animal.

En el cuerpo a cuerpo, la disciplina del gladius se impuso al espacio limitado.

El turdetano hundió su acero en el vientre de un antiguo compañero de armas, sintiendo el calor de la sangre enemiga en sus manos.

Con un esfuerzo desesperado, él y una decena de legionarios empujaron la tranca de encina que bloqueaba el mundo exterior.

La pesada madera gimió, cediendo apenas unos palmos antes de que un bloque compacto de infantería libia cargara contra el otro lado, intentando sellar la brecha a base de puro músculo.

Fue un choque de fuerza bruta, hombro contra hombro, donde el aire se llenó de jadeos y el crujir de las costillas comprimidas contra el bronce de los escudos.

Batenor hundió sus talones en el barro ensangrentado del umbral, usando todo su peso para impedir que los defensores volvieran a echar el cerrojo.

Un hacha enemiga descendió silbando, astillando el borde de la puerta a escasos milímetros de sus dedos, pero el turdetano no retrocedió; aferró el borde de la hoja de madera con ambas manos, tirando con una furia desesperada.

—¡Empujad, hijos de loba! —bramó por encima del estruendo de los metales—. ¡Empujad o moriremos en este agujero!

El forcejeo fue agónico hasta que el primer pilum romano voló desde el exterior, pasando por el estrecho hueco y ensartando al oficial libio que lideraba el contraataque desde el otro lado.

La presión cedió un instante, el suficiente para que Batenor y los legionarios dieran un paso al frente al unísono, rompiendo la resistencia final.

La puerta se abatió con un estruendo que resonó en toda la laguna, golpeando las paredes de piedra y dejando al descubierto las tripas de la ciudad ante la marea hambrienta que aguardaba fuera.

Al abrirse los portones, el rugido del ejército de Escipión inundó la ciudad.

Miles de hombres, sedientos de botín y venganza tras años de derrotas en el norte, entraron como una marea incontenible.

Publio entró a caballo, su capa roja ondeando como un estandarte de sangre.

Al pasar junto a Batenor, que se apoyaba contra la madera de la puerta jadeando y cubierto de cieno, el General frenó su montura un instante.

—Lo has logrado, Batenor —dijo Escipión, con una calma que contrastaba con el caos circundante—.

Has cumplido tu palabra. Ahora, asegúrate de que mis hombres no destruyan lo que necesitamos conservar.

El inventario de las manubiae [70] debe ser estricto; no quiero que se pierda ni un solo lingote de las minas ni un solo grano de los silos púnicos.

Pero la toma de la ciudad estaba lejos de ser un desfile.

La orden de Escipión era clara: matar a todo ser viviente hasta que se diera la señal oficial de saqueo.

Batenor tuvo que caminar por calles donde el agua de las fuentes corría roja.

Se dirigió hacia el Palacio de Asdrúbal [71] , en la cima de la colina, donde se custodiaban los tesoros y, lo más importante, los rehenes.

Allí, en los niveles inferiores, encontró a los hijos de los nobles de la Turdetania y la Oretania, encadenados para asegurar la sumisión de sus padres.

—¡Liberadlos! —ordenó a los legionarios que ya empezaban a romper las arcas de monedas—. ¡Estos hombres son ahora aliados de Roma, por orden directa de Cornelio Escipión!

Los legionarios, con las manos aún manchadas de la contienda, intercambiaron miradas de desaprobación.

Para ellos, un rehén noble de la Turdetania era una pieza de canje con un precio marcado en oro, y el botín era el único lenguaje que entendían tras meses de privaciones bajo el sol de Hispania.

Uno de los decuriones, un veterano con la nariz partida y el rostro curtido por las campañas del norte, dio un paso al frente, apretando el mango de su gladius con la intención clara de cuestionar la autoridad del turdetano.

La tensión en la sala subterránea se volvió asfixiante, cargada con el olor a humedad y a los excrementos acumulados de los encadenados.

—¿Acaso tienes la firma de Publio Cornelio bajo tu mando, turdetano?

—bramó el decurión, cuyo interés en las arcas de monedas superaba con creces su lealtad a los pactos de Estado—.

Estas almas valen tanto como el hierro de los silos.

Si los soltamos por capricho, el General nos restará nuestro propio peso en plata del reparto de las manubiae .

Batenor no dudó. Desenvainó su propia arma con una lentitud amenazante, colocándose entre el veterano y los encadenados.

No era una lucha de fuerza, sino de jerarquía moral; su mirada, endurecida por la traición que él mismo había vivido, no admitía réplica.

El silencio se prolongó lo que tarda una gota de sangre en caer de una hoja, hasta que el decurión, reconociendo la sombra de Escipión en los ojos de Batenor, escupió al suelo con rabia y bajó la guardia.

El tintineo de las cadenas al ser rotas por los propios legionarios, que ahora lo hacían con una resignación amarga, fue el sonido más dulce que Batenor había escuchado desde que cruzó los Pirineos.

La visión de aquellos jóvenes, demacrados y aterrorizados, devolvió a Batenor a su propia realidad.

Él también había sido un rehén de las circunstancias, un peón en el juego de los Barca.

Esa tarde, cuando el sol se ponía tras las colinas de la ciudad capturada, Batenor subió al punto más alto del palacio.

Desde allí vio la flota de Lelio anclada en el puerto y las hogueras romanas iluminando cada esquina de la que fuera la joya de Cartago en Hispania.

El «León de Roma» no sólo había despertado; había devorado el corazón de su enemigo en un solo día.

Batenor miró hacia el sur, hacia donde el Baetis seguía fluyendo indiferente a las guerras de los hombres.

La caída de esta ciudad era el fin de una era, pero para él, era el primer paso real hacia un hogar que empezaba a dejar de ser un sueño para convertirse en un destino posible.

Se limpió el lodo de la cara con el dorso de la mano, dejando un rastro de ceniza y sangre, y por primera vez en años, permitió que una sombra de sonrisa cruzara su rostro.