Capítulo 12 - El Despertar del León
«No he venido a Hispania a vengar a mis antepasados con lágrimas, sino con el fuego que consume las ciudades. El acero que hoy forjamos en Tarraco será el que degüelle a Cartago mañana».
— P UBLIO C ORNELIO E SCIPIÓN , PROCÓNSUL DE H ISPANIA
En el centro del campamento, el joven Publio Cornelio Escipión observaba el entrenamiento de sus reclutas.
No era un general común; no gritaba órdenes desde un caballo, sino que bajaba al fango, corregía la postura de un escudo o probaba personalmente el peso de un pilum .
Al ver a Batenor, le hizo una seña para que se acercara a una mesa donde descansaba un mapa de cuero de la península.
—Mis centuriones dicen que la caballería númida es invencible en las llanuras del Hiberus, Batenor —dijo Escipión, cuya mirada clara parecía leer el alma del turdetano—.
Dicen que son como el viento: golpean y desaparecen antes de que el acero romano pueda morder sus túnicas.
Tú has cabalgado con ellos. Dime cómo se mata al viento.
Batenor se inclinó sobre el mapa, señalando los vados del río.
—El númida no teme a la fuerza, General, teme a la quietud.
Ellos ganan porque vuestros jinetes, ansiosos de gloria, rompen la formación para perseguirlos.
Si queréis vencerlos en el valle del Hiberus, debéis usar a los velites [63] mezclados con la caballería.
Jabalinas cortas contra sus caballos desprotegidos.
Pero, sobre todo, debéis obligarlos a luchar donde no haya espacio para galopar.
El númida acorralado es sólo un hombre asustado sobre un animal cansado.
Cayo Lelio, el comandante de la flota y mano derecha de Publio, escuchaba desde un rincón con los brazos cruzados. Su escepticismo era una barrera física.
—Hablas bien, turdetano. Pero las palabras son baratas en el praetorium . Mañana saldremos en patrulla hacia el territorio de los ilergetes [64] . Veremos si tu consejo nos salva la vida o si nos conduce a una fosa.
La patrulla no tardó en encontrar problemas.
En los bosques quebrados que bordeaban el territorio de los ilergetes, una partida de mercenarios galos al servicio de Cartago surgió de la maleza.
Eran hombres salvajes, con el torso desnudo y el rostro pintado de azul caliza, que cargaron con un alarido que heló la sangre de los reclutas romanos.
En el caos inicial, un enorme galo derribó al signifer [65] de la unidad de Lelio, hundiendo su hacha en el hombro del romano y arrebatándole el pequeño estandarte de la caballería.
Batenor no esperó órdenes. Espoleó su montura y desenvainó el gladius de dotación que Escipión le había entregado.
Sintió el peso recto de la espada romana, tan distinta a su vieja falcata, y cargó directamente contra el círculo de galos.
El acero chocó con una violencia seca. Batenor no luchaba con la furia desordenada de un mercenario, sino con la precisión gélida de quien conoce cada debilidad del enemigo.
De una estocada certera, atravesó el costado del portaestandarte galo y, antes de que el cuerpo tocara el suelo, recuperó el signum romano.
—¡Por Roma y por el General! —rugió Batenor, volviéndose hacia los demás atacantes con una mirada tan feroz que dos de ellos retrocedieron.
Cuando la escaramuza terminó, Lelio se acercó al turdetano.
Batenor estaba cubierto de la sangre de sus antiguos aliados, sosteniendo el estandarte con una mano y su espada mellada con la otra.
No era la sangre de un traidor la que goteaba de su túnica, sino la confirmación de su juramento.
Lelio, sin decir palabra, tomó el estandarte y asintió levemente.
El estigma no había desaparecido, pero se estaba lavando con sangre enemiga.
De regreso en Tarraco, el estatus de Batenor cambió.
Ya no comía solo. Escipión lo llamó a su tienda privada, donde las lámparas de aceite iluminaban un mapa mucho más detallado de la costa sur.
Allí, en la intimidad del mando, Batenor reveló el secreto que justificaría su utilidad definitiva: el conocimiento de la capital púnica en Hispania.
—Lelio atacará con la flota desde el mar —explicó Batenor, señalando la entrada del puerto de Carthago Nova [66] —.
Los púnicos se sentirán seguros tras sus murallas inmensas.
Pero hay algo que no saben, o que han olvidado.
La laguna que protege el flanco norte no es tan profunda como parece.
En invierno, cuando el viento del norte sopla con fuerza, el agua se retira.
Un hombre puede cruzarla a pie, con el agua apenas por las rodillas, y llegar a la muralla donde las defensas son más débiles.
Escipión se levantó, recorriendo la tienda con pasos nerviosos. La idea de un asalto anfibio coordinado con una incursión por la laguna era una audacia que sólo un genio —o un loco— intentaría. Miró a Batenor a los ojos.
—Si me mientes, Batenor, mis legiones morirán ahogadas en el fango y tu nombre será maldito en los anales de Roma. Pero si dices la verdad, habrás puesto la primera piedra de la caída de Cartago.
—General —respondió Batenor con una calma que nacía de la amargura—, yo ya lo he perdido todo.
Mi patria es una provincia púnica y mi hermano de armas fue asesinado por los oficiales de Aníbal.
No busco vuestro perdón, busco que vuestra justicia coincida con mi venganza.
Yo os guiaré por ese lodo. Yo seré el primero en poner la mano sobre esa muralla.
Aquella noche, mientras Lelio supervisaba la carga de las máquinas de asedio en las quinquerremes [67] , Batenor sintió que el «León de Roma» finalmente había afilado sus garras.
Ya no era un desertor errante; era el rastreador que llevaba a la bestia directamente a la garganta de su presa.
El invierno llegaba a su fin, y con la primavera, la flota de Lelio levaría anclas hacia el sur.
Batenor miró el mar oscuro de Tarraco y, por primera vez en años, creyó ver el rastro de la paz al final de un camino de cenizas.