Capítulo 9 - Cadenas de Plata
«El hierro sujeta la carne, pero la plata sujeta la voluntad. Un hombre encadenado sigue siendo un peligro; un hombre comprado es un cadáver que camina».
— P UBLIO C ORNELIO E SCIPIÓN , Instrucciones a sus exploradores
—No pareces un bárbaro corriente de los que se reclutan por un puñado de denarios y una ración de vino agrio —dijo el hombre en un latín tan pulcro que resultaba inquietante—.
Tienes las manos llenas de callos de espada, pero la mirada de alguien que entiende los mapas.
¿Cómo te llamas, cartaginés? ¿O prefieres que te ponga un precio y te envíe directamente a las minas de Cerdeña?
Batenor tragó saliva, sintiendo el sabor metálico de la sangre en su boca.
—Me llamo Batenor, de la Turdetania. Y no soy cartaginés. Soy un soldado que cumple su palabra. Si buscas información sobre la guarnición de Capua, estás perdiendo el tiempo. Mi rango no me permite sentarme a la mesa de los Barca.
El romano sonrió, dejando ver unos dientes blancos y parejos.
—No buscamos planos de murallas, Batenor.
Eso es tarea para espías de baja estofa.
Nosotros somos exploratores [49] de la casa de los Escipiones.
Lo que buscamos es entender el motor que mueve este ejército de espectros que nos ha humillado tres veces.
El joven Publio Cornelio quiere saber qué os mantiene fieles a un general que os hace cruzar glaciares y pudriros en pantanos.
El cautiverio en aquel puesto avanzado oculto en los pliegues de Brucio [50] se convirtió en una guerra de desgaste para el espíritu de Batenor.
Durante dos semanas, el oficial romano, que se hacía llamar Silio, no usó el látigo ni las brasas.
En su lugar, le traía pan blanco, aceitunas y, a veces, una jarra de vino que olía a sol y a tierra lejana.
Se sentaba frente a su celda y hablaba, no como un captor, sino como un viejo conocido que lamenta la mala fortuna de un amigo.
—¿Has pensado en lo que quedará de tu tierra cuando esta guerra termine, Batenor?
—preguntó Silio una noche, mientras el viento aullaba entre las rocas de Brucio—.
Los Escipiones han desembarcado en Hispania.
Tus campos de Olontigi [51] y las murallas de Hispalis están viendo cómo las águilas de Roma reclaman lo que los Barca les arrebataron.
Mientras tú pasas frío aquí por la gloria de una familia de Cartago, tus hermanos en la península están empezando a entender que Roma es una madre más generosa que una señora que sólo pide tributos de sangre.
Batenor apretó los puños, haciendo que las cadenas tintinearan con un sonido lúgubre. Sabía que Silio estaba usando las Cadenas de Plata : esa red de promesas, sobornos y dudas con la que Roma estaba empezando a desmantelar la red de alianzas de Aníbal.
—Mi tierra no conoce a Roma
—respondió Batenor con voz ronca—. Sólo conoce el peso de sus impuestos y el orgullo de sus legados. Aníbal nos prometió que Hispania sería de los hispanos.
—Aníbal te ha mentido, turdetano —replicó Silio, acercándose a la reja con una mirada intensa—.
Aníbal sólo quiere un cementerio lo bastante grande para enterrar a Roma, y vosotros sois las palas con las que cava la fosa.
Únete a nosotros. El joven Escipión es distinto.
Él admira vuestro valor. Dice que un hombre que ha sobrevivido al Tesino y a Cannae no debería morir encadenado en un agujero de Italia.
Él ofrece tierras, ciudadanía y, lo más importante, el regreso a una Hispania que no sea un campo de batalla.
La tentación era un veneno dulce. Batenor pasaba las horas imaginando ese regreso.
Veía a Athenais caminando entre los olivos, sentía el calor del sol de la Turdetania en su espalda.
¿Valía la pena morir por un general que, tras su mayor victoria, se había detenido ante las puertas de una Roma que se negaba a morir?
La duda era una gangrena que avanzaba más rápido que el hambre.
El final de su cautiverio llegó con la violencia de una tormenta de verano.
Una madrugada, cuando la niebla bajaba de las cumbres de Brucio, el campamento de los exploratores fue devorado por el fuego.
El aire se llenó del silbido de las jabalinas númidas y de los gritos guturales de los galos que servían a Magón.
Batenor escuchó el caos exterior: el entrechocar del acero y el olor a lona quemada.
La puerta de su celda saltó por los aires bajo la fuerza de un tronco de pino usado como ariete.
—¡Batenor! ¡Si estás muerto, te mataré otra vez! —la voz de Giscón retumbó en la cueva. El libio entró cubierto de hollín, con su machaira goteando un fluido oscuro. Detrás de él, Alorco empuñaba un gladius romano capturado, con los ojos inyectados en sangre.
—Todavía respiro, viejo amigo —logró decir Batenor mientras Alorco cortaba sus ligaduras con manos temblorosas—. Pero me habéis sacado de un banquete de mentiras.
Al salir al exterior, Batenor vio a Silio.
El romano estaba herido en el muslo, rodeado por tres jinetes númidas que jugaban con él como gatos con un ratón.
El explorator alzó la vista y sus ojos se cruzaron con los de Batenor.
No había miedo en ellos, sólo una fría advertencia.
Batenor recogió una falcata del suelo, sintiendo el peso familiar y reconfortante del hierro en su mano.
Podía haber terminado con él, pero las palabras del romano habían echado raíces en un rincón oscuro de su mente.
—Dejadlo —ordenó Batenor a los númidas, para sorpresa de Giscón—. Que vuelva con su amo. Que le diga al joven Escipión que el hierro todavía manda sobre la plata en este lado de las montañas. Pero dile también que no he olvidado sus palabras.
Mientras se alejaban al galope hacia el campamento principal, dejando atrás las cenizas del puesto de avanzada, Batenor no sentía la alegría del rescatado.
Miró sus muñecas, marcadas por el roce de los grilletes.
Las cadenas de plata se habían roto, pero el cautiverio le había revelado una verdad aterradora: Roma estaba aprendiendo.
Mientras Aníbal descansaba sobre sus laureles en el sur, un león joven estaba despertando en el norte, y ese león no buscaba sólo la victoria, sino la lealtad de hombres como él.
Por primera vez en años, Batenor tuvo miedo no de morir, sino de estar luchando en el bando equivocado de la historia.
El silencio regresó a las cumbres de Brucio, pero era un silencio cargado de presagios.
Mientras las llamas terminaban de devorar los restos del puesto de avanzada, Giscón permaneció inmóvil, observando cómo la silueta de Silio se perdía en la penumbra de los desfiladeros.
El comandante no necesitó preguntar por qué Batenor había permitido que el romano escapara; su sola presencia, erguida y severa entre el humo, bastaba para exigir una explicación que el subordinado aún no estaba preparado para articular.
No hubo vítores ni celebraciones; solo el crujir de la madera carbonizada y el relincho inquieto de los caballos bajo la mirada gélida del líder númida.
Al envainar la falcata, Batenor sintió que el frío de la montaña calaba más hondo que antes, consciente de que, al perdonar la vida de aquel oficial, acababa de trazar una línea invisible frente a su superior.
El rescate le había devuelto la libertad de movimiento, pero lo había dejado encadenado a una lealtad que, por primera vez, comenzaba a desmoronarse bajo el peso de sus propias dudas.