El Acero de Hispalis: La mano oculta de Escipión (Hijos de Hispania 1) Capítulo 10 - El Óxido del Reposo
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Capítulo 10 - El Óxido del Reposo

«El hierro que no se usa termina por devorarse a sí mismo. Un soldado sin enemigo es su propio peor adversario».

— M AHARBAL , Comunicado al Consejo de Cartago

—Mira a esos hombres, Giscón —dijo Batenor, señalando a un grupo de honderos baleares que, en lugar de practicar con sus proyectiles, apostaban sus soldadas en una riña de gallos callejera—.

Sus callos están desapareciendo. Sus ojos ya no miran al horizonte buscando el brillo de los cascos enemigos, sino que buscan el escote de las sirvientas de la Campania.

Giscón el libio, que se negaba a quitarse la coraza incluso para dormir, escupió al suelo de mármol con desprecio.

—Aníbal cree que el descanso nos hará más fuertes para la primavera.

Pero el descanso es un veneno lento. El soldado que se acostumbra a dormir entre plumas y a comer carne asada cada noche, maldice el día en que tiene que volver a morder pan de cebada rancio.

Capua es una trampa de miel, Batenor. Y nosotros somos las moscas.

En los cuarteles, la situación era aún más preocupante.

Los ejercicios matutinos se habían convertido en una farsa.

Los centuriones, antes temidos, ahora aceptaban sobornos en forma de ánforas de aceite o favores de las casas nobles de la ciudad para eximir a los hombres de las guardias.

La falcata de Batenor, siempre impecable, empezaba a mostrar pequeñas manchas de óxido en la empuñadura por la humedad del ambiente y la falta de uso.

Era un símbolo silencioso de lo que le estaba ocurriendo a todo el ejército.

—¿Has oído los rumores? —preguntó Alorco, apareciendo tras Batenor con el rostro congestionado por el exceso de comida y vino—.

Dicen que los romanos han nombrado a un tal Fabio el «Contemporizador» [53] .

No quieren luchar. Nos vigilan desde las colinas, como lobos esperando a que la presa se debilite.

Dicen que su estrategia es simplemente no hacer nada.

Batenor se detuvo frente a un puesto de armeros capuanos. Estaban forjando espadas ornamentadas, con empuñaduras de marfil y decoraciones de oro, más aptas para un desfile que para un choque de líneas.

—Es una estrategia brillante, Alorco. Fabio sabe que el tiempo es un soldado que lucha para Roma.

Cada día que pasamos aquí, nuestra ventaja se evapora.

Las noticias que traen los mercaderes son desoladoras: Cartago no envía refuerzos.

El Senado está más preocupado por sus beneficios comerciales que por enviarnos los hombres que necesitamos para dar el golpe final.

—Entonces, ¿qué hacemos? —inquirió Alorco, ajustándose un cinturón que ahora le apretaba más que en Cannae—. ¿Esperamos a que el hierro se convierta en polvo?

—Sobrevivimos —respondió Batenor con amargura—.

Pero temo que el hombre que regrese de este invierno no sea el mismo que cruzó el Ródano.

Nos estamos convirtiendo en lo que siempre odiamos: en mercenarios ablandados por el oro y la comodidad.

Aníbal se sienta en su palacio y sueña con alianzas, mientras sus leones aprenden a ronronear.

La ociosidad traía consigo otro tipo de peligros: la traición interna.

En los callejones oscuros de Capua, los agentes romanos que no habían sido expulsados susurraban promesas al oído de los capitanes galos e íberos.

Les hablaban de amnistías, de pagos en plata romana y de un futuro seguro bajo la sombra de la República si decidían abandonar a los Barca.

Una noche, Batenor sorprendió a uno de estos agitadores cerca de los establos de la caballería.

El hombre, un griego de ojos astutos, intentaba convencer a un mozo de cuadra para que envenenara el forraje de los sementales númidas.

Batenor no dudó; lo arrastró por el cuello hasta la presencia de Giscón.

—¿Es esto lo que somos ahora? —rugió Giscón tras interrogar al griego y obtener una confesión de su conexión con los agentes de Fabio—.

¿Tan bajo hemos caído que los espías caminan por nuestro campamento como si fuera el mercado de frutas?

Si esto hubiera pasado en Hispania, su cabeza ya estaría adornando la puerta del campamento.

Batenor miró el cadáver del espía cuando Giscón terminó con él.

No sintió el triunfo de la justicia, sino una profunda fatiga.

Capua no era una victoria; era una jaula de oro.

El ejército de Aníbal, invicto en el campo, estaba siendo derrotado por la paz, el aburrimiento y el sol de la Campania.

Al mirar al cielo estrellado de Italia, Batenor comprendió que las cadenas de plata de su cautiverio no eran nada comparadas con las cadenas invisibles de la ociosidad que ahora los sujetaban a todos.

—Mañana —dijo Batenor a Alorco mientras regresaban a su alojamiento—, saca tu equipo. Vamos a entrenar hasta que las manos nos sangren. No voy a dejar que Capua me mate sin desenvainar la espada.