Capítulo 8 - El Nudo de Cannae
«Aníbal sabe vencer, pero no sabe usar la victoria. Hoy hemos matado a un gigante, pero mañana descubriremos que el gigante tiene mil cabezas».
— M AHARBAL , COMANDANTE DE LA C ABALLERÍA N ÚMIDA
—Míralos, Alorco —dijo Batenor, apoyándose en el astil de su lanza mientras trataba de limpiar su caetra con un jirón de su túnica—.
No son dos legiones, ni cuatro. Son ocho.
Nunca, ni en las leyendas de los ancianos de Hispalis, se ha visto tanto bronce junto bajo un mismo cielo.
Dicen que los cónsules han vaciado los mercados, las escuelas y los burdeles de Roma para traernos esta tormenta de hombres.
No vienen a luchar, vienen a borrarnos de la tierra por puro peso.
Alorco intentaba humedecerse los labios con un trapo húmedo que ya olía a rancio. Sus manos temblaban levemente, un tic nervioso que no había mostrado ni en el Tesino ni en el Trasimeno.
—Son demasiados, Batenor. Si cargan todos a la vez, nos pasarán por encima como una inundación sobre un hormiguero. Mira sus banderas… el águila y el lobo. ¿Crees que el general sabe lo que hace? ¿O es que su odio por Roma le ha cegado el juicio tanto como el polvo de este valle?
Aníbal, que acababa de pasar revista a la línea de los galos, se detuvo a pocos pasos de ellos.
Su único ojo, brillante y febril bajo el casco de bronce, recorría el despliegue romano con una calma que resultaba insultante.
Se volvió hacia su hermano Magón, que lucía una coraza de escamas de plata, y comentó en un tono lo bastante alto para que los soldados lo oyeran: —Dicen que el cónsul Terencio Varrón tiene prisa por regresar a Roma para celebrar su triunfo.
Vamos a darle una cena de sangre que no podrá digerir en siete vidas.
Magón, fíjate en su formación; están tan apretados que sus propios signifer tropiezan con los escudos de la fila anterior.
Varrón no maneja un ejército, maneja una turba armada.
—¿Y el otro cónsul, Paulo Emilio? —preguntó Magón con una nota de respeto en la voz—. He oído que es un soldado de la vieja escuela, de los que no regalan un palmo de tierra.
—Ese hombre sabe que este campo es una trampa —respondió Aníbal, y su voz se volvió más grave, casi sombría—.
Sabe que el viento sopla a nuestra espalda y que el sol los ciega a ellos.
Pero hoy no manda el sentido común. Hoy manda la soberbia de un plebeyo que cree que la guerra es una cuestión de números.
Batenor —dijo de pronto el general, fijando su mirada directamente en el turdetano—, hoy vuestra línea debe hacer algo que va contra vuestra naturaleza: debe retroceder.
No huyáis, no perdáis la cara al enemigo.
Sólo ceded terreno. Atraedlos al centro como quien guía a un toro enfurecido hacia el abismo.
Si resistís el empuje sin que el arco se rompa, antes de que el sol alcance el cenit seréis los amos de Italia.
Al otro lado de la llanura, cerca de la pequeña ciudad de Cannae [45] , el cónsul Cayo Terencio Varrón se ajustaba con manos torpes el paludamentum [46] carmesí.
A su lado, Lucio Paulo Emilio observaba los nubarrones de polvo con una premonición funesta que le oprimía el pecho como una mano de hierro.
—Es una locura suicida, Varrón —advirtió Paulo Emilio, señalando el horizonte donde el río Ofanto serpenteaba silencioso—.
Aníbal ha colocado a sus peores tropas, esos galos semidesnudos y los íberos de túnicas orladas, en el centro.
Sus mejores hombres, los libios, están en las alas, invisibles.
Quiere que nos apiñemos en el centro. Mira el espacio entre los manípulos; estamos tan juntos que los hombres apenas podrán desenvainar sus gladius sin herir al compañero de al lado.
Si el centro no cede rápido, nos ahogaremos en nuestro propio peso.
—¡Tonterías de aristócrata temeroso! —replicó Varrón, cuyo rostro sudoroso brillaba por la excitación casi maníaca—.
Somos ochenta mil contra cuarenta mil. La masa ganará la batalla.
Aplastaremos ese centro de bárbaros y luego nos ocuparemos de los flancos.
Hoy Roma demostrará que no necesita las sutilezas de un cartaginés, sólo hombres con coraje y una voluntad inquebrantable.
¡Ordenad el avance! ¡Que el sonido de nuestras tubas llegue hasta las puertas de Cartago!
—El problema, Varrón, es que hoy el mando es tuyo y no de los dioses —murmuró Paulo Emilio para sí mismo, mientras subía con dificultad a su caballo de batalla—. ¡ Signifer , adelante! ¡Que la suerte de la República no nos abandone hoy!
El choque en Cannae no empezó con un grito, sino con un suspiro masivo, un rumor profundo de ochenta mil gargantas romanas moviéndose al unísono, como el rugido de un océano que se lanza contra un malecón de piedra.
Batenor y su unidad de turdetanos formaban un arco convexo, sobresaliendo hacia el enemigo.
Cuando el muro de los scuta romanos impactó contra ellos, el aire pareció desaparecer de los pulmones de Batenor.
Fue un impacto sordo, un crujido de madera y hueso que se sintió en cada vértebra.
—¡Paso atrás! ¡Con orden, malditos! —rugía Giscón, cuya voz apenas se oía por encima del estruendo de los golpes—. ¡No perdáis la línea! ¡Dejad que empujen!
La presión era algo que Batenor no había experimentado jamás.
Sentía el metal de tres escudos romanos empujando el suyo con la fuerza de una marea.
El olor era insoportable: una mezcla de sudor rancio, aceite de linaza usado para las armas, el aliento pesado de miles de hombres jadeando y, pronto, el olor metálico y dulzón de la primera sangre derramada.
Poco a poco, tal como Aníbal había orquestado en su mente, el centro íbero-galo empezó a ceder terreno, transformándose de un arco que apuntaba al enemigo en un embudo que lo tragaba.
Los romanos, en su ceguera victoriosa, gritaban de júbilo, creyendo que los bárbaros huían, y se lanzaban en masa hacia el hueco, apretándose unos contra otros hasta que los soldados de las filas centrales ni siquiera podían alzar el brazo para protegerse la cara.
—¡Ahora! ¡Hijos de Libia, ahora! —el grito recorrió las alas del ejército púnico.
Fue en ese instante cuando Batenor vio aparecer a los libios.
Estaban en los flancos, frescos, descansados y armados hasta los dientes con el equipo romano capturado en el Trasimeno.
Eran como dos muros de hierro negro que se cerraban sobre una manada de lobos atrapados en un corral.
La caballería de Asdrúbal, tras haber aniquilado a los caballeros romanos en una carga devastadora, dio media vuelta y cayó sobre la retaguardia de la infantería legionaria.
El cerco era total. El nudo se había apretado.
Lo que siguió no fue una batalla, fue una tarea de despiece industrial.
Batenor se encontró en la posición del carnicero.
Los romanos estaban tan apiñados que los que morían en las filas interiores no podían caer al suelo; se quedaban de pie, sostenidos por la masa de sus compañeros vivos que luchaban por un soplo de aire.
Batenor trabajaba con su falcata de forma rítmica, hundiendo la hoja curva en los huecos de las corazas, degollando a hombres que le miraban con ojos suplicantes, incapaces incluso de levantar su propio escudo.
—¡No miréis a los ojos! ¡No somos hombres, somos la mano del destino! —gritaba Giscón mientras su lanza se teñía de rojo hasta la empuñadura.
Al caer la noche, el viento Volturno finalmente cesó, dejando un silencio aterrador que pesaba más que el ruido del combate.
El suelo de la llanura no se veía; sólo había una alfombra de carne, bronce y madera astillada que cubría leguas enteras.
Batenor caminaba entre los restos, tropezando con los cuerpos de senadores, cónsules y campesinos, todos igualados por el fango de la derrota absoluta.
Encontró a Paulo Emilio sentado contra una roca, su túnica blanca empapada en sangre por una herida de jabalina en el costado.
—Vete, soldado —dijo el cónsul moribundo cuando Batenor se acercó, reconociendo en el turdetano a un enemigo con algo de humanidad en la mirada—.
Dile a los que queden en Roma que fortalezcan las murallas, que no esperen clemencia.
Y dile a Varrón, si es que ha sobrevivido a su propia estupidez, que espero que el peso de estos muertos lo acompañe hasta su última noche.
Batenor se sentó a pocos pasos del romano, observando cómo la vida se le escapaba entre los dedos.
Sacó su pequeño amuleto de plata, el recuerdo de Hispalis, y lo miró a la luz de las lunas.
Estaba manchado de una costra oscura. Habían ganado la mayor batalla que el mundo recordaría, pero mientras escuchaba los lamentos de cincuenta mil moribundos que se alzaban como un coro de fantasmas bajo las estrellas de Italia, comprendió que Aníbal acababa de cometer su mayor error: había demostrado a los romanos que podían perderlo todo, menos la voluntad de odiar a Cartago.
La guerra no había terminado; acababa de volverse eterna.