Capítulo 7 - Tras la Cortina de Niebla (Trasimeno)
«No es el enemigo quien nos derrota, sino la tierra que pisamos. El barro no distingue entre generales y esclavos».
— B ATENOR DE H ISPALIS , EN LAS MARISMAS DEL A RNO
—Si muero aquí, Alorco, no dejes que me hunda —susurró Batenor, ayudando a su compañero a subir a un montón de cadáveres de bestias de carga que servían como único islote seco en medio de la nada—. Prefiero que me coman los cuervos a que mi cuerpo se pudra en este caldo de alcantarilla.
Alorco, con el rostro demacrado y los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño, se aferraba a su escudo como si fuera una balsa.
—El general ha perdido su caballo. Dicen que va sobre el único elefante que queda, pero que no ve por un ojo. Dicen que los dioses le están cobrando el precio de Italia.
Batenor miró hacia la vanguardia. Allí, sobre el lomo del último paquidermo, la figura de Aníbal parecía la de un espectro.
Tenía un vendaje sucio sobre la cuenca del ojo derecho, infectada por la oftalmia [34] de las ciénagas.
No había gloria en aquella marcha, sólo una lucha animal por la supervivencia.
Los hombres dormían de pie, apoyados unos en otros, o sobre los restos de los caballos que sucumbían al agotamiento.
El silencio sólo se rompía por los quejidos de los que sufrían la disentería [35] , un enemigo más letal que cualquier legión.
—No son los dioses, Alorco —dijo Batenor mientras extraía una sanguijuela de su brazo con el filo de su falcata—. Es el odio. Ese hombre prefiere quedarse ciego antes que dejar de mirar hacia Roma. Y nosotros somos las astillas que usa para alimentar su hoguera.
Mientras el ejército púnico emergía de las marismas como una horda de aparecidos, en el campamento romano cerca de Arretium [36] , el nuevo cónsul Cayo Flaminio se paseaba frente a sus oficiales.
Flaminio era un hombre de origen plebeyo, orgulloso y con un desprecio visceral por la cautela de la aristocracia senatorial.
—¿Esperar? ¿A qué? —tronaba Flaminio, golpeando un mapa sobre la mesa—. Aníbal está saqueando las tierras de nuestros aliados. Las columnas de humo se ven desde aquí. Si no lo detenemos ahora, los etruscos pensarán que Roma ha perdido los dientes.
Un joven oficial, con la túnica limpia y el laticlavio [37] purpúreo, intentó intervenir.
—Cónsul, los informes dicen que el terreno cerca del lago Trasimeno [38] es una ratonera. Una sola calzada estrecha flanqueada por colinas y agua. Si Aníbal nos espera allí…
—Aníbal está huyendo —le cortó Flaminio con una risa amarga—.
Ha perdido la mitad de sus hombres en el barro y él mismo está medio ciego.
No es una batalla lo que busco, sino una persecución.
Mañana marcharemos al amanecer. Quiero la cabeza de ese cartaginés en una pica antes de que el sol se ponga.
Lo que Flaminio ignoraba era que el orgullo es el mejor aliado de una emboscada. Mientras él soñaba con el Triumphus [39] en las calles de la Urbe, Aníbal ya estaba disponiendo a sus hombres en las laderas boscosas sobre el lago.
La mañana de la batalla, el lago desapareció.
Una niebla blanca y densa, nacida de las aguas quietas, subió por las colinas, ocultando a los cuarenta mil hombres que Aníbal había apostado en las alturas.
Batenor estaba agazapado entre unos robles, con la cuerda de su caetra bien sujeta.
A su lado, Giscón revisaba el filo de su lanza en un silencio absoluto.
Estaba prohibido hablar, encender fuego o incluso toser.
—¿Los oyes? —susurró Giscón apenas audiblemente tras horas de espera.
Batenor pegó el oído a la tierra húmeda.
Al principio sólo escuchó el graznido de una garza, pero luego llegó el sonido: un rítmico y pesado clac-clac-clac .
Eran miles de sandalias claveteadas golpeando la piedra de la calzada.
Luego, el tintineo de las cotas de malla y el murmullo de una columna que marchaba confiada, sin exploradores en los flancos, convencida de que el enemigo estaba millas adelante.
—Vienen cantando —murmuró Batenor con una extraña mezcla de lástima y horror—. No saben que están caminando por su propio sudario.
—Cuando suene la tuba —dijo Giscón, ignorando el comentario—, no busques el centro. Ve directo a los que intenten escapar hacia el agua. El agua será nuestra aliada hoy. Un romano con treinta kilos de equipo no puede nadar.
De repente, un cuerno cartaginés rasgó la niebla.
Fue como si las mismas montañas cobraran vida.
Los íberos y los galos surgieron de la bruma como lobos, lanzándose colina abajo con un grito que heló la sangre de los legionarios.
La vanguardia romana ni siquiera tuvo tiempo de formar el triplex acies [40] .
El ataque fue lateral, brutal, un hacha cayendo sobre una hilera de leña.
Batenor se encontró en medio de un torbellino de acero.
Chocó contra un joven romano que aún intentaba desenvainar su gladius [41] .
El chico tenía los ojos desorbitados por el pánico, cegado por la niebla y el estruendo.
Batenor paró un golpe ciego con su escudo y hundió la falcata en el abdomen del legionario.
El peso del cuerpo al caer casi le arranca el arma de la mano.
—¡Al lago! ¡Empujadlos al lago! —rugía Maharbal, cuya caballería númida cortaba la retaguardia.
La escena en la orilla fue dantesca. Los romanos, atrapados entre los muros de las colinas y el agua, empezaron a retroceder hacia el Trasimeno.
Muchos, desesperados, se adentraron en el lago con la esperanza de rodear la matanza.
Batenor se detuvo en la orilla, jadeando, viendo cómo los principes y los triarii , cubiertos de fango y sangre, se hundían lentamente.
El peso del bronce y el hierro los arrastraba al fondo, y sus manos buscaban la superficie en un baile macabro antes de que las burbujas cesaran.
—¡Misericordia! —gritó un oficial romano, herido en la pierna, arrastrándose por la arena.
Un guerrero galo, con el torso desnudo y cubierto de pintura azul, le cortó la cabeza de un solo tajo antes de que Batenor pudiera siquiera pestañear. El galo alzó el trofeo y lanzó un aullido de victoria, mientras empezaba a despojar al cadáver de su torque de plata.
Batenor se sentó sobre una roca, con el agua del lago lamiéndole las botas. El agua ya no era clara; tenía un tinte rosáceo que se extendía por la orilla. La niebla empezaba a disiparse, revelando quince mil cadáveres romanos esparcidos por la calzada y flotando en el lago.
—¿Esto es lo que querías ver, Athenais? —susurró, sacando el colgante de plata que llevaba oculto bajo la coraza—. ¿Este es el precio de mi regreso?
Ese pensamiento ronroneaba con demasiada fuerza para la paz de su espíritu. Cartago era una bestia que no tenía piedad ni buscaba compasión. Solo sangre y más sangre.
Esa noche, el campamento cartaginés estaba borracho de botín y vino romano.
Pero Batenor permanecía en la sombra, lejos de las hogueras.
Había visto a un ejército entero ser aniquilado en menos de tres horas.
No había sido una batalla, sino una ejecución.
Y mientras miraba a Aníbal, que celebraba la victoria con su único ojo brillando como un ascua, Batenor comprendió que el camino a casa no estaba en el acero del cartaginés, sino en la resistencia de aquel pueblo que, a pesar de la masacre, se negaba a pedir la paz.