Capítulo 6 - La Trampa del Trebia
«El frío es un soldado que no cobra soldada, pero que mata con más eficiencia que cualquier gladius».
— M AGÓN B ARCA , ANTES DE LA EMBOSCADA DEL T REBIA
L A MADRUGADA DEL solsticio de invierno en el valle del Po era un muro de aguanieve y viento cortante que bajaba de los Apeninos.
En el campamento cartaginés, el ambiente era extraño, casi festivo dentro de la brutalidad.
Batenor se encontraba frente a una gran hoguera, pero no estaba sólo calentándose; siguiendo las órdenes directas de los oficiales de Aníbal, se frotaba el torso y las piernas con una mezcla espesa de grasa de buey y aceite de oliva rancio.
—Parecemos cerdos listos para el asador —gruñó Alorco, tratando de extender la capa de grasa sobre sus hombros entumecidos.
El olor era penetrante, una mezcla de rancio y animal que se pegaba a las fosas nasales—.
¿Para qué sirve esto, Batenor? ¿Acaso los dioses púnicos prefieren que muramos resbaladizos?
Batenor, que ya había cubierto cada centímetro de su piel, le arrebató el cuenco de madera.
—Sirve para que el agua del río no se te meta en los poros, idiota.
Si el agua toca tu piel hoy, se convertirá en cuchillos de hielo.
El general quiere que estemos calientes por dentro y sellados por fuera.
Mira a los libios; ellos llevan haciendo esto desde antes de que tú supieras empuñar una honda.
Giscón apareció de entre las sombras, observando la preparación con una aprobación gélida. Su mano descansaba sobre el pomo de marfil de su machaira [28] , una hoja que brillaba bajo la luz de las antorchas con una promesa de muerte.
—Comed —ordenó, señalando unos cestos con gachas calientes de cebada y trozos de cecina—. Comed hasta que os duela el vientre. No quiero ver a un solo turdetano desmayarse antes de tocar la orilla enemiga. Hoy, el hambre es para los romanos.
Batenor masticó la carne dura, sintiendo cómo el calor del alimento le devolvía una chispa de vida.
A lo lejos, escuchó el rumor del río Trebia [29] , un bramido sordo de aguas crecidas por las tormentas.
Sabía que al otro lado, las legiones de Sempronio Longo estaban despertando bajo una lluvia gélida, sin fuego y sin desayuno, aguijoneadas por la provocación de la caballería númida.
En el campamento romano, la situación era el reverso exacto de la calma cartaginesa.
El cónsul Tiberio Sempronio Longo, ansioso por una victoria antes de que terminara su mandato, se ajustaba la capa purpúrea sobre una túnica empapada.
El agua goteaba de su casco, resbalando por su rostro congestionado por la impaciencia.
—¡Que crucen ya! —gritaba a sus legados—. Los númidas han llegado hasta nuestras empalizadas. Es una afrenta que Roma no puede tolerar. Si Aníbal quiere batalla, se la daremos antes de que el sol alcance el cenit.
Un joven oficial de caballería, con el rostro pálido por el frío y la herida de su padre aún fresca en la memoria, se acercó al cónsul. Era Publio, que actuaba como enlace.
—Mi señor, mis hombres están ateridos. Los caballos no responden bien al freno con este granizo. Cruzar el Trebia ahora significa que los hombres llegarán a la otra orilla con los miembros de madera. ¿No sería mejor esperar a que la lluvia cese?
Sempronio Longo lo miró con desprecio.
—Los Escipiones os habéis vuelto cautos tras el Tesino, muchacho. Roma no espera a que escampe para castigar a los bárbaros. ¡Ordena a los hastati que inicien el cruce! ¡Que sientan el peso del scutum [30] y el orgullo de la República!
Publio guardó silencio, pero su mirada se dirigió hacia el río.
Vio a los primeros legionarios entrar en el agua; les llegaba hasta el pecho.
El frío era tan intenso que algunos soltaban sus armas por puro espasmo muscular.
El agua del Trebia no fluía, golpeaba. Para cuando la primera línea romana alcanzó la orilla opuesta, eran hombres vencidos por la hipotermia, con los dedos azulados y el aliento congelado en el aire.
Batenor estaba oculto tras un matorral de juncos y sauces.
Aníbal había dispuesto a los íberos en la vanguardia, pero la verdadera fuerza estaba en las sombras.
Vio cómo la primera línea romana, los hastati , cargaba con desesperación.
Eran jóvenes, algunos de la misma edad que Alorco, pero su empuje se rompió contra el fango y las picas libias.
—¡No cedáis! —rugió Giscón cuando la segunda línea romana, los principes [31] , entró en escena.
Batenor sintió la diferencia de inmediato.
Los principes eran hombres en la plenitud de su fuerza, mejor equipados con cotas de malla que brillaban bajo la lluvia gris.
Avanzaron con un paso rítmico, pisando los cadáveres de sus propios hastati sin vacilar.
El choque de sus scuta contra la línea de Batenor fue como un terremoto.
El turdetano tuvo que hundir los talones en el barro para no ser arrollado por la masa de bronce y hierro.
—¡Aguantad el muro! —gritó Batenor, clavando su falcata en la pantorrilla de un romano que intentaba saltar sobre su escudo.
La lucha con los principes duró una eternidad de sangre y agotamiento.
Cada vez que caía un romano, otro ocupaba su lugar con una disciplina mecánica.
Fue sólo cuando los elefantes de Aníbal cargaron por los flancos y los númidas cerraron la pinza, que la segunda línea romana empezó a resquebrajarse.
El pánico, ese frío más profundo que el del río, se apoderó de ellos.
—¡Mirad atrás! —gritó Alorco con un júbilo salvaje—. ¡Incluso los viejos se mueven!
En la retaguardia romana, los triarii [32] habían hincado la rodilla en tierra, cubriéndose con sus escudos mientras esperaban lo inevitable.
Eran la última esperanza de Roma. Cuando vieron que la carnicería alcanzaba a los principes , los veteranos se pusieron en pie, con sus lanzas largas apuntando al cielo.
Pero ya era tarde. La trampa de Magón estalló desde el lecho del río seco, golpeando la retaguardia de los veteranos.
El Trebia se convirtió en una tumba de tres capas. Batenor vio a los hastati ahogándose, a los principes siendo masacrados por la espalda y a los triarii , los orgullosos pilares de la República, cayendo uno a uno sin romper la formación, defendiendo un suelo que ya pertenecía a Cartago.
Al caer la tarde, Batenor estaba sentado sobre un scutum romano volcado. El río arrastraba cascos de todas las clases: el cuero sencillo de los jóvenes y el bronce crestado de los veteranos.
—Roma ha enviado a sus hijos, a sus padres y a sus abuelos al matadero hoy —murmuró Batenor, mientras limpiaba su falcata—. Y lo peor es que mañana enviarán a más.