Capítulo 5 - El Bautismo de Sangre (Tesino)
«No lucháis por una provincia, ni por un tributo. Lucháis por el derecho a que vuestros hijos no sean esclavos de un nombre que no saben pronunciar».
— P UBLIO C ORNELIO E SCIPIÓN (P ADRE ), ANTES DE LA CARGA DE T ESINO
—¿Ves a esos hombres de allá, los de las capas blancas? —susurró Alorco, señalando hacia una elevación del terreno donde la caballería pesada romana empezaba a formar—. Dicen que sus caballos están herrados con plata y que sus jinetes nunca han conocido la derrota.
Batenor escupió en el suelo, tratando de calentar sus manos frotándolas contra sus muslos.
—La plata no detiene el hierro, Alorco. Y hoy vamos a ver si su sangre es tan roja como la nuestra. No te fijes en sus adornos; fíjate en el hueco que queda entre el casco y la coraza. Ahí es donde mueren los hombres, sean de Roma o de Hispalis.
Giscón pasó por detrás de ellos, pero esta vez no llevaba el látigo. Portaba una lanza larga de fresno y un casco libio con penacho negro. Su mirada se cruzó con la de Batenor.
—Si sobrevives a esta hora, turdetano, dejaré de llamarte recluta. Hoy el general no quiere maniobras; quiere un muro de carne que detenga a los equites [27] . Aguantad la posición hasta que los númidas cierren las alas. Si os rompéis, nos pisotearán como a hormigas.
En el centro del despliegue romano, el cónsul Publio Cornelio Escipión terminaba de ajustar las correas de su coraza de bronce muscular.
El sudor le perlaba la frente a pesar del frío.
Frente a él, su hijo Publio, montado sobre un semental tordo, mantenía las riendas con una calma que asombraba a los veteranos de la décima legión.
—Recuerda, Publio —dijo el cónsul, bajando la voz para que sólo su hijo lo oyera—.
La caballería es el alma de la legión, pero es un alma volátil.
Si ves que el centro cede, no esperes a mi orden.
Usa la turma de reserva. El general púnico es un maestro del engaño; buscará que nos obsesionemos con su centro para golpearnos por los flancos con sus jinetes del desierto.
—Lo sé, padre. He observado sus movimientos desde la colina —respondió el joven, cuya mirada estaba fija en la masa oscura que representaba el ejército de Aníbal—. No son una horda desorganizada. Se mueven como un solo cuerpo. Esa disciplina no es propia de mercenarios.
—Es la disciplina del odio —sentenció el cónsul—. ¡Tuba! —gritó, alzando el brazo. El sonido del bronce romano rasgó la niebla, una señal clara y autoritaria que fue respondida por el grito de miles de hombres. —¡Por la República! ¡Por el honor de los Escipiones! ¡Cargad!
Aníbal Barca no gritó. Permanecía inmóvil sobre su caballo, observando cómo la marea de hierro romano empezaba a descender por la pendiente. A su lado, Maharbal jugaba con las riendas de su yegua, impaciente.
—Están mordiendo el anzuelo, general —dijo Maharbal con una sonrisa lobuna—. Su caballería pesada viene directa al centro. Creen que nuestros íberos se dispersarán al primer choque.
—Deja que lo crean —respondió Aníbal con una voz gélida—.
Deja que se hundan en el barro de la infantería ligera.
Cuando sientan que la victoria es suya y sus caballos estén cansados, lanza a los númidas por la retaguardia.
No quiero prisioneros de rango hoy, Maharbal.
Quiero que el nombre de los Barca resuene en las pesadillas de cada senador en Roma.
El choque fue un trueno físico que Batenor sintió en la boca del estómago.
La caballería romana impactó contra la línea de infantería ligera con una violencia inenarrable.
Los gritos de los hombres se mezclaban con el crujir de los huesos y el relincho aterrado de los caballos que se empalaban en las lanzas íberas.
Batenor vio cómo un jinete romano, un hombre joven de armadura resplandeciente, caía sobre Alorco, derribándolo con el pecho del caballo.
Sin pensar, Batenor dio un paso adelante y hundió su falcata en el ijar del animal.
El caballo se desplomó, arrojando al romano al fango.
Antes de que el jinete pudiera levantarse, Batenor le asestó un tajo descendente que partió la protección de cuero de su cuello.
La sangre caliente le salpicó la cara, un calor súbito que contrastaba con el frío de la mañana.
—¡Levántate, Alorco! —rugió, agarrando al chico por la túnica y tirando de él mientras esquivaba la coz de otro caballo. El campo de batalla se había convertido en una melé de lodo, vísceras y metal.
De repente, un grito de pánico recorrió las filas romanas.
—¡El Cónsul! ¡Han herido al Cónsul! —Batenor levantó la vista y vio, a unos cincuenta pasos, un remolino de lucha donde el estandarte de los Escipiones vacilaba. El cónsul estaba en el suelo, rodeado por jinetes númidas que buscaban su cabeza como trofeo.
Fue entonces cuando ocurrió lo increíble.
Un rayo de armadura brillante atravesó la confusión.
El joven Publio, desobedeciendo cualquier prudencia, cargó sólo contra el círculo de enemigos que rodeaba a su padre.
Con una ferocidad que Batenor nunca había visto en un romano, el muchacho empezó a repartir tajos, abriéndose paso entre los númidas a base de puro coraje y desesperación.
—¡Hacia el General! ¡Salvad al Cónsul! —gritaban los romanos, envalentonados por la visión del muchacho.
Batenor, atrapado en su propia lucha contra un infante ligero que intentaba degollarlo con un puñal, vio cómo el joven Publio lograba subir a su padre herido a un caballo y retirarse bajo una lluvia de jabalinas.
—Ese chico… —murmuró Batenor, limpiándose la sangre de los ojos mientras recuperaba el aliento—. Si todos los romanos luchan así, esta guerra durará cien años.
Al atardecer, el Tesino estaba teñido de púrpura.
Los romanos se retiraban en desorden hacia el puente, dejando atrás cientos de cadáveres y el mito de su invencibilidad en suelo italiano.
Batenor caminaba entre los caídos, buscando restos de comida o equipo útil.
Se detuvo ante el cuerpo del jinete que había matado; el hombre era joven, casi un niño, con una expresión de sorpresa congelada en el rostro.
Batenor sintió un peso en el pecho que no era físico.
Había ganado su primera batalla, pero al mirar sus manos manchadas de una costra oscura, comprendió que el precio de la gloria de Aníbal se pagaba con la humanidad de hombres como él.