El Acero de Hispalis: La mano oculta de Escipión (Hijos de Hispania 1) Capítulo 4 - El Descenso al Po
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Capítulo 4 - El Descenso al Po

«El hambre es un enemigo que no duerme y que no entiende de estandartes. Un ejército que no come, no es más que una hilera de fantasmas».

— A SDRÚBAL G ISCÓN , OFICIAL DE SUMINISTROS

L AS CUMbrES DE LOS Alpes habían quedado atrás, pero el descenso hacia la llanura del Po resultó ser una trampa de hielo y fango más letal que el propio ascenso.

Batenor caminaba con el cuerpo inclinado a cuarenta y cinco grados, usando el pesado escudo de cuero y madera como un ancla contra las ráfagas de viento que subían aullando desde los valles.

El aire ya no era tan fino, pero traía consigo una humedad que se filtraba por las costuras de su túnica de lino, pegándose a la piel como una mortaja fría.

—¿Sientes eso, Batenor? —preguntó Alorco, cuya voz era apenas un hilo ronco—. Es el olor a tierra mojada. A vida. Pero parece que los dioses quieren que muramos justo cuando la meta está a la vista.

Batenor no respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en el suelo, vigilando las placas de hielo negro que habían hecho caer a decenas de hombres esa mañana.

—Guarda el aliento, Alorco. El aire de Italia es traicionero.

En Hispalis el frío es seco, se combate con fuego.

Aquí el frío te pudre por dentro antes de que te des cuenta.

Un estruendo sordo vibró bajo sus pies. Adelante, uno de los pocos elefantes supervivientes, una bestia llamada «Sirio» que Aníbal traía desde las tierras de los lágidas, perdió el equilibrio.

Sus patas delanteras patinaron en el barro helado y el animal lanzó un barrito que sonó como una trompeta de guerra herida.

Los cuidadores númidas gritaban, tratando de calmar a la bestia con palabras suaves en su lengua nativa, pero era inútil.

Giscón, el oficial libio, apareció de entre la niebla. Su rostro, cubierto de una barba de escarcha, no mostraba rastro de compasión.

—¡Apartad a esa mole del camino! ¡Está bloqueando el paso de la infantería! —rugió, desenvainando su machaira —. Si no puede levantarse en tres latidos, descuartizadlo. No perderé una hora por un animal que ya tiene la muerte en los ojos.

—¡Es el orgullo del general! —replicó uno de los cuidadores, interponiéndose entre el oficial y el elefante.

—El orgullo no se come —siseó Giscón, empujando al hombre con el escudo—. Los hombres están masticando el cuero de sus propias sandalias para no desmayarse. Sirio alimentará a dos centurias esta noche. ¡Hacedlo ahora!

Batenor desvió la mirada cuando el primer tajo se hundió en el cuello del animal. El vapor que subía de la sangre caliente del elefante fue la visión más dantesca que recordaba. En el ejército de los Barca, la línea entre el guerrero y el animal de presa se había borrado por completo.

A mil millas de allí, la Via Aurelia [21] bullía con el sonido rítmico de miles de sandalias claveteadas sobre el empedrado.

El cónsul Publio Cornelio Escipión cabalgaba en silencio, observando el despliegue de su vanguardia.

A su lado, su hijo Publio, que apenas empezaba a sentir el peso real de la lorica [22] sobre sus hombros, parecía absorto en sus pensamientos.

—¿Qué ves en el horizonte, hijo? —preguntó el cónsul, ajustándose las riendas de su semental.

—Veo una tormenta que no viene del mar, padre —respondió el joven Publio—.

Los mensajeros de Massalia dicen que Aníbal ha perdido a la mitad de su ejército en las montañas.

Los senadores en la Curia ríen y dicen que el púnico está derrotado antes de empezar.

Pero yo me pregunto… ¿qué clase de hombres son esos que han sobrevivido a lo imposible?

El cónsul asintió con gravedad.

—Esa es la pregunta que Fabio Máximo se niega a hacerse.

Un ejército que cruza los Alpes no es un ejército de mercenarios; es una manada de lobos hambrientos.

Pero Roma tiene algo que Aníbal nunca entenderá: la fides .

Nuestras colonias en el norte, como Placentia y Cremona, son los dientes de la República en la garganta de los galos.

Si Aníbal cree que las tribus del Po lo recibirán como a un libertador, se encontrará con que el miedo a nuestras legiones es más fuerte que sus promesas de plata.

—¿Y si no es así? —insistió el muchacho—. Si los galos se unen a él, tendrá una caballería que conoce cada pantano y cada bosque de la llanura. No deberíamos haber dividido nuestras fuerzas, padre. Sempronio Longo debería estar aquí, no en Sicilia.

—Sempronio busca la gloria fácil en África —replicó el cónsul con un deje de amargura—.

Nosotros buscaremos el honor en el barro del Tesino.

Prepárate, Publio. No quiero que seas un espectador.

En la próxima batalla, mandarás una turma de caballería.

Es hora de que veas el rostro del enemigo antes de que él vea el tuyo.

El campamento púnico en el valle del Po era un caos de lenguas y olores.

Tras días de descenso agónico, el ejército finalmente se había detenido en las tierras de los Ínsubres.

Batenor estaba sentado junto a una hoguera, tratando de reparar una correa de su sandalia con un tendón de elefante.

El calor del fuego le recordaba a los veranos en Hispalis, pero la niebla espesa que rodeaba las tiendas era un recordatorio constante de que estaba muy lejos de casa.

—Dicen que los galos están enviando carros de trigo —comentó Alorco, que devoraba un trozo de carne correosa con una desesperación animal—. Dicen que odian a los romanos tanto como el general.

—Los galos odian a cualquiera que les cobre impuestos o les pida obediencia —respondió Batenor, alzando la vista hacia el linde del bosque—. Mira allí.

De entre los robles surgieron figuras que parecían talladas en la misma piedra de las montañas.

Eran guerreros galos de la tribu de los Boios.

Eran hombres inmensos, con los cabellos rubios y largos, a menudo teñidos con cal para que parecieran crines de caballo.

Sus torsos estaban cubiertos de tatuajes azules en espiral y muchos de ellos portaban torques [23] de oro macizo que delataban su estatus.

Maharbal, el comandante de la caballería númida, caminaba entre las tiendas íberas, observando a los recién llegados con una mezcla de respeto y desconfianza. Se detuvo junto al fuego de Batenor.

—Tened cuidado con los que llevan el tatuaje del jabalí —advirtió Maharbal, señalando a un galo que portaba una espada de hierro casi tan larga como un hombre—.

Son valientes hasta la locura, pero su disciplina es como la espuma del mar.

Beben hidromiel [24] hasta perder el juicio y creen que morir en combate es el único camino al paraíso.

Para ellos, nosotros somos tan extraños como los romanos.

Un jefe galo, con una capa de piel de lobo sujeta por una fíbula de bronce, se acercó a Batenor. Señaló la falcata del turdetano y soltó una carcajada gutural, diciendo algo que sonaba a desafío. Batenor se puso en pie lentamente, sin soltar el arma.

—Quiere ver si el hierro del sur es tan duro como el del norte —tradujo un intérprete que acompañaba a Maharbal.

Batenor desenvainó apenas un palmo de la hoja curva. El brillo del acero, forjado con el método del enterramiento para eliminar impurezas, contrastó con el hierro tosco y largo de la espada gala. El galo asintió, golpeándose el pecho en señal de respeto, y le ofreció un odre de cuero.

—Bebe, soldado —dijo Maharbal—. El hidromiel de los galos es fuego líquido.

Lo necesitarás. Mañana, los exploradores dicen que el cónsul Escipión ha cruzado el Po.

Ya no habrá más nieve que nos detenga, sólo el acero de Roma.

Aníbal quiere que los íberos estéis en la vanguardia.

Quiere que los romanos vean que hemos traído el infierno de Hispania hasta sus campos.

Batenor tomó un trago largo. El líquido le quemó la garganta y le nubló la vista por un segundo, pero sintió cómo la rabia y el cansancio se transformaban en una determinación fría.

Miró hacia el sur, hacia donde se ocultaba el sol tras la niebla.

Allí estaba Roma. Allí estaba el final de su viaje, o el comienzo de su verdadera historia.