Capítulo 3 - Bajo el Estandarte de Tanit
«Encontraremos un camino, o lo abriremos nosotros mismos».
— A NÍBAL B ARCA , ANTES DEL CRUCE DEL R ÓDANO
Batenor sentía que el brazo izquierdo se le desprendía del hombro.
El escudo de madera y cuero pesaba como una piedra de molino, pero sabía que bajarlo significaba un golpe en las costillas con el asta de una lanza.
A su lado, un joven llamado Alorco, apenas un niño de las marismas, sollozaba en silencio mientras sus piernas temblaban.
Batenor, sin mirar atrás, le susurró entre dientes: —No mires al oficial, Alorco.
Mira al horizonte. Si te caes ahora, te dejarán para los perros.
Respira cuando ellos griten, no cuando tú necesites el aire.
En el palacio del Quirinal, en Roma, el ambiente era de una tensión gélida.
Los cónsules Publio Cornelio Escipión y Tiberio Sempronio Longo se inclinaban sobre una mesa de mármol donde un mapa de Hispania y la Gallia mostraba el avance púnico.
La noticia de que Aníbal no se detenía en el Hiberus, sino que avanzaba hacia el Ródano, había caído como un rayo en un cielo despejado.
—Es una locura —decía Sempronio Longo, ajustándose el anillo senatorial—. Nadie cruza el Ródano con elefantes y un ejército de cincuenta mil hombres sin que los galos lo despedacen. Aníbal está cavando su propia tumba en las marismas del sur de la Gallia.
Escipión padre, sin embargo, no compartía el optimismo de su colega.
—Tiberio, ese hombre no juega según nuestras reglas.
No busca una batalla de fronteras; busca el corazón de Italia.
He dado órdenes a mis legiones para embarcar hacia Massalia [19] .
Si puedo interceptarlo antes de que llegue a las montañas, la guerra terminará antes de que caiga la primera nieve.
Pero si llega a los pasos de los Alpes… que los dioses nos protejan, porque los Alpes no son una muralla, sino una puerta si se tiene la audacia suficiente para abrirla.
Aníbal Barca no necesitaba mapas de mármol.
Él sentía la tierra bajo sus botas. En su tienda, rodeado por sus hermanos Asdrúbal y Magón, el general observaba el ascenso de las primeras estribaciones montañosas.
El aire ya no era el de Hispania; era un aire afilado, que cortaba la piel y presagiaba el invierno prematuro de las alturas.
—Los galos alóbroges nos vigilan desde las cimas —informó Magón, señalando las hogueras que punteaban las laderas oscuras—. Piden tributo por pasar, o sangre si nos negamos.
—Les daremos ambos —respondió Aníbal con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—.
Les daremos la sangre de los rezagados para que se confíen, y luego les daremos el acero de mi guardia por la noche.
Magón, quiero que los íberos y los baleares abran el camino.
Si los hombres de la Turdetania pueden sobrevivir a este frío, podrán sobrevivir a cualquier cosa que Roma les lance.
Para Batenor, el ascenso a los Alpes fue el descenso al Hades.
El mundo se volvió blanco, gris y mortal.
El hambre era un dolor físico que competía con el frío que le entumecía los dedos hasta el punto de no sentir el tacto de su falcata [20] .
La empuñadura, tallada con la forma de una cabeza de ave, parecía querer congelarse contra su palma.
Vio cómo los caballos resbalaban en los senderos de hielo, cayendo al abismo con un relincho que se cortaba en seco al chocar contra las rocas mil pies más abajo.
—¡No os detengáis! —gritaba Giscón, aunque su propia barba estaba cubierta de escarcha—. ¡El que se duerma en la nieve no despertará!
Alorco cayó al suelo en el quinto día de ascenso.
Batenor se detuvo y, usando el pomo de su falcata para apoyarse en el hielo, levantó al muchacho.
El acero de la hoja, forjado con la técnica de enterrar el hierro para que sólo el corazón más puro sobreviviera a la corrosión, brillaba con una luz mortecina, tan fría como el paisaje que los rodeaba.
—¡Camina, maldito sea tu nombre! —le gritó Batenor a la cara, para despertarlo del letargo del frío—. ¡Piensa en el sol de las marismas! ¡Piensa en tu madre! Si mueres aquí, ni siquiera tendrás una tumba, sólo serás comida para los cuervos de las montañas.
—No puedo… Batenor… mis manos… —balbuceó el chico.
Batenor le puso su propio manto sobre los hombros, quedándose sólo con la túnica y la coraza. El frío le golpeó el pecho como un mazo de hierro.
—Apóyate en mí. Caminaremos juntos o caeremos juntos, pero no seremos el abono de estas cumbres.
Esa noche, mientras se acurrucaban bajo una roca para compartir el calor corporal, Batenor miró hacia el sur.
Hispalis y Athenais parecían recuerdos de otra vida, de otro hombre.
El colgante de plata que él le había dado era su única conexión con la realidad.
Ahora, bajo el estandarte de Tanit y el mando de un loco que pretendía conquistar el cielo, Batenor comprendió que la guerra no era gloria, sino un lento y gélido proceso de deshumanización.
Y lo peor estaba por llegar: al otro lado de aquellas cimas blancas, les esperaba el acero de Roma.