El Acero de Hispalis: La mano oculta de Escipión (Hijos de Hispania 1) Capítulo 2 - El Precio de la Púrpura
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Capítulo 2 - El Precio de la Púrpura

«No enviamos a un hombre a la guerra; enviamos a una civilización a defender su derecho a existir».

— P UBLIO C ORNELIO E SCIPIÓN (P ADRE ), ANTE EL S ENADO

Batenor apretó el mango de su cuchillo de madera, sintiendo la tensión en sus antebrazos.

—No soy un soldado, madre. Soy un estibador. Cartago tiene a sus libios y a sus mercenarios galos. ¿Para qué quieren a un turdetano que sólo sabe cargar ánforas?

—Para que mueras en lugar de un libio —respondió su padre con una amargura que Batenor nunca le había conocido—.

Aníbal necesita una alfombra de cadáveres sobre la que caminar hasta las puertas de Roma.

Y nosotros, los hijos de esta tierra, somos esa alfombra.

No les importa si sabes luchar; sólo les importa que ocupes un espacio frente a un pilum [14] romano.

A mil millas de allí, el aire estaba cargado de la solemnidad del mármol y el incienso de los sacrificios matutinos.

En la Curia Hostilia [15] , el corazón político de Roma, el eco de las voces airadas rebotaba contra las altas columnas de toba.

Publio Cornelio Escipión —el padre del futuro Africano— permanecía de pie en el centro del hemiciclo, con la toga impecablemente plegada sobre el hombro, observando con desprecio a la facción de los Fabio, que abogaba por la prudencia y el repliegue.

—¡El muchacho de los Barca ha cruzado el Hiberus [16] !

—rugió Escipión, golpeando el suelo con su bastón de mando—.

Mientras nosotros discutimos sobre la interpretación de los tratados y la legalidad de las fronteras, él está convirtiendo a cada pastor y cada artesano desde el sur hasta los Pirineos en un arma contra nosotros.

¿Vamos a esperar a que las hogueras de sus campamentos se vean desde el Capitolio para actuar?

—Hispania está lejos, Publio —respondió Quinto Fabio Máximo con una calma exasperante—.

Aníbal se perderá en las montañas. Los galos se encargarán de él antes de que vea el Ródano.

Roma no debe vaciar sus legiones y dejar Italia desprotegida por una disputa de influencias en una tierra de bárbaros que ni siquiera hablan nuestra lengua.

—Esa tierra de bárbaros es la que llena los cofres de Cartago con plata y sus barcos con trigo —replicó Escipión, dando un paso hacia el estrado—.

Si no cortamos la mano que empuña el hierro en Hispania, ese mismo hierro terminará en nuestras gargantas.

Exijo el mando de dos legiones. No para defender nuestras murallas, sino para llevar el fuego a las puertas de la propia casa de Aníbal.

Mientras tanto, en el campamento principal de Carthago Nova, la atmósfera no era de debate, sino de una devoción casi mística.

Aníbal Barca no dormía en un palacio, sino en una tienda de cuero idéntica a la de sus hombres, situada en el corazón del despliegue.

Aquella noche, bajo la luz mortecina de un brasero, observaba una punta de flecha de hierro recién forjada con el mineral de las indómitas cumbres de Marianus, esa sierra que los dioses habían preñado de plata y sangre.

—Los turdetanos son gente blanda, general —dijo Maharbal, su comandante de caballería, mientras apuraba un cuenco de vino y se limpiaba la barba—.

Son comerciantes, aceiteros, gente de río.

Sirven para el remo y la carga, pero se romperán como el cristal en cuanto sientan la disciplina de una legión romana.

Aníbal levantó la punta de flecha, dejando que el brillo del fuego se reflejara en el metal oscuro.

—No necesito que sean héroes, Maharbal. Necesito que sean constantes.

El hierro de Hispania es superior al de Roma, y sus hombres, si se les da una razón para odiar y un general en quien creer, son más peligrosos que un elefante herido.

Mañana, envía a los oficiales de leva a Hispalis.

Que no dejen un solo hogar sin un hijo menos.

Promételes plata, promételes tierras en una Italia conquistada…

pero tráelos encadenados si el oro no es suficiente para convencerlos.

El estruendo llegó a Hispalis con el sol de mediodía, un chirrido de carros y metal que rompió la falsa calma del puerto.

No fue un ataque, fue una procesión de hierro absoluta.

Una centuria de infantería pesada libia, con sus grandes escudos blancos y lanzas de fresno, bloqueó los accesos al muelle, mientras los oficiales púnicos, con sus túnicas de púrpura y sus tablillas de cera, se desplegaban por la plaza del mercado como cuervos sobre una pieza de caza.

Batenor estaba ayudando a Athenais a ocultar unas tinajas de vino en el sótano del almacén griego cuando el sonido rítmico de las sandalias militares sobre el empedrado le heló la sangre. El eco de los gritos de las mujeres en las calles cercanas ya subía por el cauce del río.

—¡Batenor! —Athenais lo agarró por el cuello de la túnica, con los ojos desorbitados por el pánico—. ¡Huye por la salida de las mulas! Si cruzas el canal, podrás llegar a las marismas antes de que cierren el cerco.

—Es demasiado tarde —dijo él, viendo a través de la rendija de la puerta cómo una patrulla doblaba la esquina, golpeando las puertas con los pomos de sus espadas.

El oficial al mando era un hombre de piel curtida por mil desiertos, con una cicatriz que le dividía el labio superior en una mueca perpetua de desprecio.

Entró en el almacén sin pedir permiso, derribando una pila de cestas con un movimiento de su capa roja.

Miró a Batenor como un tratante de esclavos mira a una bestia de carga.

—Tú. Nombre —ordenó el oficial en un púnico tosco, pero comprensible.

—Batenor, hijo de la casa de los aceiteros —respondió él, intentando mantener la voz firme mientras sentía la mano de Athenais temblar violentamente contra su espalda.

—Batenor. Tienes hombros de cargador y piernas de corredor de fondo.

El general Aníbal tiene un lugar para ti en la gloria que aguarda al otro lado del mar.

Toma este siclo —el oficial lanzó una moneda de plata que rodó por el suelo con un tintineo metálico antes de detenerse a los pies de Batenor—.

Ahora perteneces al ejército de Cartago.

Eres propiedad de los Barca. Si intentas huir, tu padre ocupará tu lugar en los remos de una quinquerreme y tu casa será entregada a las llamas.

Athenais soltó un grito ahogado y se abalanzó hacia el oficial, intentando apartarlo de Batenor, pero un soldado libio la empujó bruscamente con el asta de su lanza, haciéndola caer sobre las ánforas rotas.

Batenor dio un paso adelante, con los puños cerrados y la mandíbula apretada hasta que sintió que los dientes se le romperían, pero sintió el frío de tres puntas de lanza apuntando directamente a su garganta.

—No la vuelvas a tocar, mercenario —gruñó Batenor, con una rabia sorda que le quemaba las entrañas.

El oficial sonrió con una malicia gélida.

—Entonces camina, recluta. Tienes mucho que aprender sobre el dolor antes de que veamos las nieves del norte. Despídete de tu ramera griega. En Italia te daremos matronas romanas para que te laven los pies.

Batenor miró a Athenais una última vez. Ella lloraba en el suelo, con el colgante de plata que él le había regalado brillando débilmente contra su pecho entre el polvo del almacén.

No hubo tiempo para promesas de regreso, ni para un último beso, aunque le pudo entregar apresuradamente ese trozo de metal, que para ellos representaba su amor.

Un soldado lo golpeó en los riñones con el pomo de su espada, obligándolo a encorvarse, y lo empujó hacia la columna de jóvenes que ya empezaba a formarse en la calle principal bajo el sol implacable.

Mientras caminaba, rodeado por el llanto desgarrador de las madres y el brillo del hierro púnico, Batenor comprendió que su vida como hombre libre había muerto en aquel almacén de Hispalis.

Ahora era sólo una pieza más en la maquinaria de un semidiós de la guerra que miraba hacia los Alpes.