Capítulo 1 - Las Orillas del Baetis
«La patria es donde el espíritu encuentra la paz».
— A RISTÓFANES
—¡Esa estiba no se va a mover sola, muchacho de barro!
—rugió Melkart, un fenicio de hombros como sillares y una red de venas rotas en el rostro que delataban años de vino barato y sol de justicia—.
El general Aníbal no espera a que los estibadores contemplen el paisaje.
Ese barco debe zarpar antes de que la marea baje, o juro por el fuego de Moloch que tu espalda conocerá el látigo.
Batenor apretó los dientes, sintiendo el sudor escocerle en los ojos. Levantó una pesada ánfora de aceite, sintiendo el peso en sus lumbares, y se enfrentó a la mirada del capataz sin bajar la cabeza.
—El barco zarpará, Melkart. Pero el aceite de mi padre vale más que las amenazas de un perro de Cartago que sólo sabe ladrar al sol. Mi clan lleva comerciando en este río desde que vuestros antepasados sólo eran piratas buscando una playa donde esconderse de las tormentas.
El capataz dio un paso adelante, con la mano puesta sobre el pomo de una daga curva, pero la mirada de Batenor, gélida y desafiante, lo detuvo un instante.
Había algo en aquel joven turdetano, una altivez que no correspondía a un simple cargador de muelles.
Antes de que la tensión estallara, una risa cristalina cortó el aire denso del puerto, rompiendo el hechizo de violencia que se cernía sobre ellos.
Athenais estaba allí, junto a un puesto de sedas orientales que ondeaban suavemente con la brisa.
Su túnica de lino blanco parecía brillar con luz propia entre la mugre y el hollín del muelle.
Era hija de un comerciante griego que había hecho fortuna vendiendo vino de Quíos a los nobles locales, y para Batenor, ella era el único horizonte que no terminaba en una fila de barcos de guerra.
—Deja al pobre Melkart, Batenor —dijo ella, acercándose con la elegancia de una garza entre los charcos de agua estancada—.
Si gasta su aliento gritándote, no tendrá fuerzas para beberse la mitad de la carga esta noche en las tabernas de la orilla.
Además, mi padre tiene prisa; los barcos que vienen de Gadir traen noticias que quitan la sed a cualquiera.
Melkart gruñó algo ininteligible y se alejó, refunfuñando sobre la insolencia de los locales.
Batenor dejó caer el ánfora con cuidado sobre la paja de la bodega y se secó la frente con el antebrazo.
El olor de Athenais, a nardo y brisa marina, borró por un momento el hedor a pescado podrido y brea que impregnaba su propia túnica.
—Tu padre me matará si nos ve hablando de nuevo —dijo Batenor, bajando la voz mientras se alejaban hacia la sombra protectora de un almacén de grano—.
Un estibador no debería mirar a la hija de un ciudadano de la Hélade, y menos cuando los espías de los Barca vigilan cada esquina buscando traidores que duden de su causa.
—Mi padre está demasiado ocupado contando los siclos de plata que los oficiales cartagineses le pagan por su vino —respondió ella, clavando sus ojos oscuros en los de él con una intensidad que lo desarmó—.
Dice que la guerra se acerca, Batenor. Dice que Aníbal ha cruzado el Hiberus y que el mundo entero se va a incendiar.
Tienes miedo, ¿verdad? No el miedo de un cobarde, sino el de quien sabe que su hogar tiene los días contados bajo este sol.
Batenor miró hacia las colinas que rodeaban la ciudad, donde los templos turdetanos alzaban sus columnas hacia un cielo que empezaba a teñirse de un naranja violento.
—No tengo miedo a la guerra, Athenais. Tengo miedo a que la guerra me arranque de aquí antes de que pueda construirte esa casa en las colinas que te prometí.
Los púnicos piden hombres, no sólo aceite.
Cada día veo a más jóvenes de mi clan subir a los barcos bajo la mirada de los mercenarios libios [11] .
Ayer se llevaron a los hijos del alfarero, y sus madres aún lloran en la plaza.
Se quedaron en silencio, observando cómo una galera de guerra cartaginesa entraba en el cauce del río con la parsimonia de un depredador.
Sus remos golpeaban el agua con una cadencia militar, aterradora en su precisión.
No era un barco de comercio; era un recordatorio de hierro de quién era el dueño de sus vidas.
En la proa, un oficial con armadura de escamas de bronce observaba la ciudad con el desprecio de un conquistador que ya cuenta el botín.
—Acompáñame al mercado de los griegos —pidió Athenais, tomando su mano con una urgencia que le erizó la piel—.
Sólo una hora. Olvidemos los barcos, las levas y ese olor a hierro que parece cubrirlo todo.
Si este es el último verano de paz de nuestras vidas, quiero recordarlo a tu lado, no viendo cómo te doblas bajo el peso de la gloria de Cartago.
Caminaron por las callejuelas laberínticas de Hispalis, donde el aroma de las especias —comino, canela, azafrán— luchaba por imponerse a la humedad rancia de los barrios bajos.
Se detuvieron bajo la sombra de un pórtico de mármol desgastado, lejos de las miradas de los capataces.
Allí, entre los restos de una civilización que intentaba mantener su dignidad frente al empuje de los Barca, Batenor le entregó un pequeño colgante de plata, una pieza tosca que había fundido él mismo con restos de mineral rescatados de las fundiciones del puerto.
—Es el signo de nuestra tierra —susurró él, colocándoselo en el cuello con dedos temblorosos—. Una pequeña parte del corazón de la Turdetania. Mientras lo lleves, nada podrá separarnos del todo, ni los generales de África ni los dioses que Roma envíe para castigarnos.
—Prométeme que no te irás —dijo ella, con la voz quebrada—. Prométeme que si los oficiales de Aníbal vienen a buscarte por la noche, huirás a las marismas. Conozco a gente en el puerto que puede esconderte hasta que pase la tormenta.
Batenor la abrazó, sintiendo la fragilidad de sus hombros contra su pecho curtido por el trabajo.
Quiso prometérselo, quiso decirle que las marismas eran seguras, pero en el horizonte, hacia el sur, una columna de humo negro se alzaba desde un campamento militar recién establecido.
El tiempo de la paz se estaba agotando como el agua en una jarra rota, y el joven estibador sabía que el hierro de Cartago era un imán que tarde o temprano reclamaría su carne para alimentar su marcha hacia el norte, hacia el fin del mundo conocido.