El Acero de Hispalis: La mano oculta de Escipión (Hijos de Hispania 1)
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Prólogo
«Fere libenter homines id quod volunt credunt» . (Los hombres creen libremente lo que desean).
— J ULIO C ÉSAR , De Bello Gallico
Batenor, con apenas dieciocho inviernos marcados en su piel cetrina y los músculos tensos por una mañana de estiba, descansaba bajo la sombra de un pórtico de madera de cedro.
Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano, sintiendo la aspereza de la sal y el polvo del camino.
A sus pies, el puerto era una sinfonía de civilización: las barcazas de fondo plano, cargadas hasta los bordes con ánforas de vino y lingotes de plata de las minas del norte, se mecían suavemente mientras los capataces gritaban órdenes en una mezcla de turdetano y griego.
Para él, aquel era el sonido de la normalidad, el latido de un mundo donde el mayor peligro era una tormenta repentina o una mala cosecha.
—Mi padre dice que las naves que han llegado hoy de Gadir traen noticias de paz —susurró ella, dejando que su hombro rozara el de Batenor—. Dicen que el comercio con los pueblos del norte está floreciendo y que el Consejo de los Cien en Cartago está satisfecho con los tributos de este año.
Batenor sonrió, permitiéndose cerrar los ojos por un instante y disfrutar del calor que emanaba de las piedras del puerto.
En su mente, no había mapas de conquista ni legiones romanas cruzando mares lejanos.
Solo veía las tierras que su familia poseía a un día de camino hacia el norte, donde los olivos centenarios hundían sus raíces en la tierra roja y la vid prometía una vendimia generosa.
Hacía años que los grandes ejércitos no pasaban por estas orillas, y la presencia púnica se sentía más como una administración distante que como una amenaza militar.
—Si las noticias son ciertas —respondió él, bajando la voz para que solo ella pudiera oírlo—, este otoño podré hablar con el consejo de ancianos de mi aldea.
Mi padre ya ha empezado a preparar la nueva prensa de aceite, y hay espacio de sobra en la casa para que una joven griega aprenda a amar la luz de la Turdetania tanto como la de su Ática natal.
Athenais soltó una pequeña risa, un sonido cristalino que pareció disipar por un momento el bochorno del mediodía.
Se quedaron en silencio, observando cómo un grupo de niños jugaba a las tabas cerca de una fuente de mármol y cómo las palomas revoloteaban sobre las estatuas de dioses antiguos que vigilaban el emporio.
Todo en Hispalis invitaba a creer en la permanencia.
Las murallas eran fuertes, el río era generoso y los rumores sobre un joven general de los Barca en el norte parecían tan abstractos como los mitos que los poetas recitaban en las tabernas junto al muelle.
—A veces tengo miedo, Batenor —confesó ella, aunque su voz no temblaba—.
Mi padre dice que Roma es como una marea que nunca deja de subir.
Pero luego miro este puerto, miro a la gente comerciando y riendo, y me convenzo de que nadie sería tan insensato como para romper esta armonía por una disputa sobre el derecho a un río o a una mina de plata.
Batenor rodeó los hombros de la joven con su brazo, atrayéndola hacia la penumbra del pórtico, donde el olor a cereal dulce ocultaba por un momento el salitre del río.
En aquel instante, no había pregoneros gritando órdenes de leva ni oficiales censando la carne de cañón.
Solo estaban ellos dos, protegidos por la arrogancia de la juventud y por la firme convicción de que el mañana sería una copia exacta del hoy.
No sabían que, mientras hablaban de bodas y cosechas, el destino ya estaba moviendo las piezas en el tablero del Mare Nostrum .
No veían que el sol de justicia que brillaba sobre sus cabezas era, en realidad, el último destello de una era que se apagaba.
Batenor, el joven estibador que solo deseaba el aroma del aceite virgen y el contacto de la piel de Athenais, no sospechaba que el río que ahora contemplaba con devoción pronto se convertiría en su única vía de escape, ni que su nombre sería borrado por la historia para ser reescrito con el acero de las legiones.
Se despidieron con la calma de quienes saben que se verán al amanecer, con un beso rápido robado a la vigilancia de los transeúntes y una promesa de futuro que no pesaba más que una pluma.
Batenor caminó de regreso a su casa bajo la luz dorada del atardecer, sintiendo el suelo firme bajo sus sandalias de cuero.
Aquella era la última noche en que sería simplemente Batenor, un hijo de la Turdetania; la última noche en que el mundo sería un lugar de encuentro y no un campo de sacrificio.
Al fondo, más allá de las marismas, el sol se hundía en el mar como una moneda de oro que dos imperios ya se disputaban a muerte, ignorantes ambos de que, en ese mismo instante, la historia estaba forjando al hombre que decidiría su final.