El acecho 23
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Corro hacia delante y me dejo caer en el suelo donde está tirado él, junto a la cama, con un hilillo de sangre seca en la cabeza, igual que Adi. Hay una mancha roja en la alfombra color crema que tiene debajo.

Gime e intenta incorporarse.

—Nash, ¿estás bien? ¿Quién te ha hecho esto? —pregunto mientras lo ayudo a levantarse. Se apoya en mí y nos ponemos lentamente en pie. No parece tener prisa por salir de ahí.

¿Qué está pasando?

—¡Nash!

—La cabeza —masculla mientras se frota la sien y mira alrededor—. Un gilipollas me golpeó cuando estaba sacando la basura y me desperté... ¿Dónde estamos?

—Estamos en casa de Sarah. El asesino me ha atraído aquí después de enviarme una foto de Adi inconsciente en un asiento trasero. ¿Dónde estaban los polis? Se suponía que tenía que haber alguien fuera de tu casa.

—¿Qué? Bueno, los polis se fueron. Los llamaron, pero dijeron que volverían.

—El asesino los engañó. ¿Por qué no hizo lo mismo conmigo? Los federales siguen sentados fuera de mi casa.

Se encoge de hombros y parpadea pesadamente.

—Creen que eres un objetivo, así que los federales no te dejarán sola.

—No hay nadie más aquí. La fiesta debe de haberse trasladado.

—¿Qué? —Se frota la cabeza y gime—. Mierda, esto duele.

Espera, ¿has dicho que Adi estaba inconsciente?

¿Dónde está? ¿Por qué estamos aquí? ¿Es Sarah la que hace esto?

Voy tan perdido... Todo esto debe de haber pasado mientras estaba inconsciente, así que en los últimos...

—mira su reloj y luego añade—: treinta minutos, más o menos. A no ser que lleves rato llamándome.

—Respira hondo. Todo ha pasado muy deprisa, Nash. No sé dónde está ni por qué estamos aquí. Y no creo que Sarah tenga nada que ver con todo esto.

—Entonces, ¿por qué aquí?

—Aquí es donde se suponía que iba a ser la fiesta. —Miro hacia la puerta—. ¿Has oído algo?

—Nada hasta que me has llamado. ¿Qué quiere este tío?

Ya se siente más firme, así que me suelta y se aguanta solo.

—Mañana te va a doler un montón la cabeza.

—Gracias, Pen. Es justo lo que necesitaba oír ahora... ¿Qué hacemos primero? ¿Buscar a Adi o ir a por ayuda?

—Llamar a alguien es demasiado arriesgado mientras tenga a Adi. Supongo que hay que seguir registrando la casa. ¿Te sientes capaz de luchar si se nos tira encima? No creo que pueda con él yo sola.

Nash arquea las cejas, mientras sonríe y da un paso, para comprobar lo estable que se siente.

—Yo me encargo de él. Tú te quedas al margen.

—No voy a dejarte so...

—Tienes que encontrar a Adi. Has dicho que estaba inconsciente en el asiento trasero del coche del asesino. Podría estar malherida. Este es el plan. Yo voy a por él. Tú encuentras a Adi y os piráis de esta casa lo más rápido posible. ¿Vale?

—No tengo coche. Ni siquiera el de mis padres, porque el mío está siniestro total.

—Y supongo que a mí me trajo en su vehículo. —Nash hace una mueca de dolor—. Aquí debe de haber algo que puedas usar. Sarah tiene quads en el cobertizo. Y el verano pasado, cuando estuvimos aquí, había un par de carretillas. Recuerda, Omar y Zayn hacían carreras colina abajo con ellas.

—¿Quieres que meta a Adi en una carretilla y salga corriendo?

—¿Tienes una idea mejor?

No.

—Vale —contesto, meneando la cabeza—. Ese es el plan. Llevo un cuchillo.

Se sobresalta cuando está a punto de salir de la habitación y se agarra la cabeza.

—Nada de movimientos bruscos. He aprendido eso por las malas con mi conmoción cerebral.

—¿Un cuchillo?

—Cuando te llaman para reunirte con un asesino en serie, vienes preparado. —Saco el cuchillo del bolsillo y lo alzo. No sé si estoy tratando de demostrarle que voy en serio, pero en este momento me siento bastante tonta—. Esta es tu sudadera. Intentaré no hacerle un agujero —digo animada.

—No dudes en usarlo si va a por ti. ¿En qué habitaciones has mirado?

—Abajo no hay nada. Esta es la primera habitación de arriba en la que he entrado.

—Muy bien. —Toma aire durante un largo momento—. Quédate detrás de mí.

Salimos de la habitación y cruzamos el enorme descansillo. Hay una puerta justo frente a esta por la que no tengo absolutamente ningunas ganas de entrar. No quiero seguir haciendo esto; la ansiedad que trepa por mi cuello me estrangula.

La casa está demasiado silenciosa.

Nash mira hacia atrás mientras pone la mano en el pomo. Asiento una vez, y él abre la puerta de golpe. Ambos entramos y nos movemos en direcciones opuestas, con el conocimiento instintivo de que ese tío no se puede partir por la mitad y enfrentarse a los dos al mismo tiempo.

La habitación se inunda de luz cuando Nash le da al interruptor. Otro dormitorio; el de Sarah, a juzgar por los numerosos carteles de Stranger Things y Harry Styles.

Pero eso es todo lo que hay.

Ninguna inquietante decoración de Halloween y, por suerte, ningún asesino. No sé si mi corazón soportará muchos más sustos.

—Penny, llámalo para que podamos oír dónde está —propone Nash, mientras se pone detrás de mí para bloquear la puerta. Será el primero al que alcance el asesino si viene a por nosotros desde donde sea que esté en la casa.

—¿Estás de broma?

—Te ha enviado mensajes, ¿no?

—Sí, pero ¡no quiero llamarlo!

—Dame tu móvil y lo haré yo.

—¿De verdad crees que no lo tendrá en silencio? ¿O que te va a contestar?

Nash extiende la mano.

—Solo hay una manera de averiguarlo.

Le paso el móvil, porque no voy a ser yo la loca aquí. Excepto por el hecho de que estoy aquí, lo cual está lejos de ser la acción de una persona muy cuerda.

Mirando el móvil, Nash frunce el ceño, seguramente al ver la foto de Adi. Quizá también la app de grabar.

—¿No has dicho que estaba atada?

—Sí, lo está. —Toco la pantalla, pero está de cara a él, así que no tengo ni idea de si he dado cerca de Adi.

—Mira —dice él, dándole la vuelta al móvil.

Entrecierro los ojos para mirar más de cerca. Tiene las manos juntas y atadas.

—¿Qué? —susurro cuando finalmente lo veo. La cuerda que le rodea las manos no está apretada. Está suelta, casi ni la toca—. Quizá no se la apretó lo suficiente.

—Sí, quizá...

El corazón se me dispara más al oír su tono. Ese «sí, quizá...» no ha sido nada convincente. Nash sospecha de Zayn y de Adi.

Niego con la cabeza.

—No, no vayas para nada por ahí. Ella no tiene nada que ver con todo esto. No haría daño a Billy, sobre todo... ninguno de ellos mataría a nadie. Son mis mejores amigos.

—Tenemos que seguir, Penny.

—Ella no está detrás de esto. Tenemos que encontrarla. —Le quito mi móvil—. Tú no estabas atado. ¿Cómo explicas eso?

—Estaba inconsciente. Tienes razón, quizá él sabía que ella no podría resistirse, así que no se molestó en apretar la cuerda.

—Tengo razón —le digo, y me giro para que podamos ir a comprobar el resto de las habitaciones. Que haya acusado a Adi me ha irritado tanto que me siento cargada de renovado valor.

—Aun así, no voy a dejarte sola con ella —masculla él para sí mientras abrimos la puerta de otra habitación.

—¡Ah! —grito, y pego un bote hacia atrás que me lleva contra el pecho de Nash.

Escrita en el espejo, con lo que parece ser sangre, hay una palabra: Benji’s.

—Nash...

—Sí, ya lo veo. Ese gilipollas quiere meternos en una especie de retorcida búsqueda del tesoro. —Se vuelve para mirarme—. No hay electricidad en el viejo cine, Penny. Es una mala idea. Llamemos a los federales.

—¿Qué crees que le hará a Adi en cuanto oiga las sirenas y vea destellar las luces azules? Aparte, si la fiesta se ha trasladado allí, habrá un generador.

Niega con la cabeza.

—No podemos ir allí sin nadie más, armados solo con tu cuchillito.

—No veo que tú lleves ningún arma.

—No he tenido tiempo, con eso de estar tirado sin sentido en el suelo.

Alzo las manos al cielo.

—Vámonos.

No hay tiempo para pararnos a discutir. Bajo la escalera corriendo y salgo por la puerta. Nash me sigue justo detrás.

—Tardaremos unos quince minutos en llegar al Benji’s. ¿Y si no lo logramos?

—No estaría haciendo todo esto si no pudiésemos llegar a tiempo. Aunque ¿para qué hacer que me encontraras a mí primero? No recibiste ningún mensaje sobre mí, ¿no?

—Nada sobre ti. Tenemos que mantenernos fuera de la vista, pégate a los árboles de la acera para que no nos vean —le digo.

Nos metemos en la acequia que se abre junto a la carretera principal y caminamos por el pegajoso barro.

Al menos, no estoy cerca de donde tuve el accidente. No creo estar lista para ver eso de nuevo. A no ser que cierre los ojos por la noche, porque entonces estoy de vuelta allí. Nunca olvidaré el miedo que pasé esa mañana.

Por muy asustada que esté esta noche, no tiene nada que ver.

Aún no, al menos.

—Estás enfadada conmigo —dice Nash.

—No. Lo entiendo. Además, tú sigues enfadado conmigo.

—Yo tampoco quiero que Adi esté metida en esto, ¿sabes? También es mi amiga. Ya no sigo enfadado por lo de llamar a mi padre. Ayer no trató de ponerse en contacto conmigo.

No me vuelvo hacia él porque aquí fuera está muy oscuro e intento caminar por una acequia irregular.

—¿Y cómo te hace sentir eso?

—No quiero tener nada que ver con él.

—Nunca dejará de ser tu padre.

—No necesito un padre. A Grace y a mí nos va bien solos.

—Con Jensen.

—No está viviendo con nosotros.

—¡Espera! ¡Grace! ¿Dónde estaba ella cuando te atacaron?

—Frita en el sofá después de hablar dos horas seguidas por teléfono con Brant.

—¿Y tu tío?

Se ríe por lo bajo.

—Mi tío ha vuelto a su casa, a tres horas de aquí, para sustituir en un par de clases esta semana a un tipo cuya mujer está de parto prematuramente.

Esa es una buena historia. Respaldada por una mujer parturienta. ¿Quién lo pondría en entredicho? Bueno, pues yo. Es bastante conveniente que se haya ido justo la Noche del Diablo.

—¿Cuándo vuelve?

—Su compañero se reincorpora el cuatro de noviembre; así que, a no ser que cojan al asesino, se quedará en su casa hasta las vacaciones. Nos preguntó si queríamos ir a vivir con él.

—¿Qué? —Esta vez sí que me giro, y Nash casi se estrella contra mí—. No puedes marcharte.

—¿Por qué no? A Grace y a mí no nos quieren mucho por aquí.

—Pero... acabamos de empezar a quedar otra vez. Todos. Nadie dijo nada cuando viniste a la ceremonia.

Si parezco desesperada es porque lo estoy. No se pueden ir.

—¿Podemos ocuparnos de eso más tarde?

Vale. Adi nos necesita ahora. Pongo la mano sobre el cuchillo que llevo en el bolsillo y sigo pateando el barro. El aire es mucho más frío. Noto la hierba escarchada bajo los pies cuando acabamos el trozo embarrado.

—Penny, ¿vas a ser capaz de usar el cuchillo?

—Si es cosa de vida o muerte, sí. Lo usaré. Aún puedo agarrar, solo que ahora me duele.

No voy a soltar mi cuchillo por nadie ni por nada.

—Vale.

Tomamos el camino de atrás, evitando las partes renovadas del pueblo. Los edificios viejos que aún están en pie se hallan todos situados alrededor de idénticas plazas con hierba. El cine está en la más cercana a la parte nueva del pueblo.

—¿Cuál es el plan? —pregunto.

Él carraspea y me mira directamente a los ojos.

—Supongo que vamos de fiesta.

Eso me da mala espina.