22 #3
Me trago un par de pastillas de las que me han recetado. Lo último que necesito es que la cabeza o la muñeca me ralenticen. Me rascan en mi ya tierna garganta, pero paso del dolor y, sin pensar ni una vez en mi propia seguridad, abro la puerta y salgo al frío de la noche.
No hay ninguna luz que venga de dentro, así que no los he despertado. Todavía.
«Sigue adelante. Tiene a Adi».
Camino junto a la pared trasera de la casa hasta la valla y luego la sigo hasta el final de nuestra parcela. La valla es alta, pero podré usar una silla para saltar por encima. Me meto el cuchillo en el bolsillo y arrastro la silla, mientras oigo el suave roce de la pata de metal sobre la hierba.
Antes de pasar la pierna por encima de la valla, echo una mirada a mi casa y me pregunto si esta será la última vez que la vea. Me llevo la mano al pecho para contener el dolor y un sollozo que me podría delatar.
Salto al otro lado, al jardín del vecino, y avanzo junto a su valla entre muchos arbustos. No oigo la puerta del coche, así que no he hecho ningún ruido que haya alertado a los federales frente a mi casa.
El asesino se ha llevado a Adi antes de las ocho, porque ella tenía la intención de llamar sobre esa hora a la poli para denunciar la fiesta. Ahora es casi medianoche.
Eso suma cuatro horas que él la ha tenido antes de enviarme la foto.
¿Habrá estado ella inconsciente todo este rato?
No puedo pensar en eso ahora, o perderé la concentración.
Ese tío no ha estado torturando a sus víctimas, por lo que sé. Parece que solo las apuñala. El corazón me golpea con más fuerza cuando pienso que Adi lleva horas con él.
Debe de estar muy asustada.
Cuando llego más allá de la casa, echo a correr.
La casa de Sarah está solo a un par de manzanas de la mía, oculta como la de Nash, solo que en el lado opuesto del pueblo.
Me estoy alejando cada vez más de alguien que sé que me ayudaría.
Puede que esté rayado conmigo ahora, pero si me viera en peligro, no vacilaría. Eso lo sé.
El vapor me sale de la boca mientras jadeo por el esfuerzo que supone correr a toda leche durante dos manzanas.
Paso las últimas filas de casas y veo el inicio de la propiedad de Sarah.
Su familia vive en una gran extensión de terreno, pero sus padres trabajan en la ciudad, y pasan la mayor parte del tiempo allí.
Por lo que, normalmente, Sarah tiene una gran casa y hectáreas de terreno para ella sola.
Antes de los asesinatos, yo solía pensar que era muy afortunada. Ahora, si fuera ella, me pasaría el día asustada.
Me paro de golpe a mitad del largo camino de entrada.
Hay algo que no está bien.
Miro alrededor girándome lentamente, pero no veo nada excepto hierba y árboles. El aire está quieto y silencioso. El único sonido es el del roce de algunas hojas que se niegan a ceder ante el otoño.
¿Dónde está la música? ¿Dónde está la luz del interior de la casa? ¿Por qué no hay nadie borracho vomitando en el patio?
No hay fiesta aquí. No sé qué hacer. No puedo volver a casa. Adi está en alguna parte con ese tío, y no puedo marcharme sin ella.
Con el pulso disparado, me acerco a la casa y no hago caso a mi instinto, que me dice que salga corriendo. Escucho con atención, pero no consigo oír nada.
Vuelvo a mirar el móvil, esperando alguna noticia del cambio de lugar. Adi debe de haber llamado para quejarse y entonces... ¿qué? ¿El asesino se la ha llevado de su casa?
Eso no tiene sentido.
Ella también contaba con vigilancia policial en su domicilio. El asesino no debería haber sido capaz de acercarse a ella.
A no ser que... Zayn.
Con él, ella sí hubiera salido.
Se me pone la piel de gallina mientras la temperatura cae en picado.
Miro hacia atrás mientras camino alrededor de la casa, dando pasos silenciosos sobre la hierba húmeda.
En este momento, no sé en lo que me estoy metiendo. Pero no hay tiempo para parar y pensarlo bien mientras Adi esté en peligro. Nunca me lo perdonaría si llegara demasiado tarde.
Podría estar muerta ya. No es algo en lo que quiera pensar realmente mientras voy sola en medio de la noche a encontrarme con un asesino.
Adi y yo nos vamos a necesitar mutuamente para escapar de esta. Es decir, a no ser que siga inconsciente y la tenga que arrastrar.
Con un brazo fastidiado.
Después de desarmar al asesino yo solita.
¿Qué coño estoy haciendo?
Mientras activo el móvil para llamar a Nash, me llega otro mensaje.
Una palabra.
Desconocido: Entra.
Ahogo un grito tapándome la boca con la mano, y puedo decir con absoluta certeza que no quiero entrar ahí. Que preferiría hacer un examen de mates todos los días durante el resto de mi vida que meterme ahí.
La casa de Sarah siempre ha sido un lugar en el que simplemente entras, las fiestas son inacabables, y ella tiene todo lo que podrías querer o necesitar, incluidos una sala de cine y un gimnasio.
Ahora parece una casa encantada.
Me acerco a la puerta principal y miro hacia las cámaras de seguridad que dan al porche mientras me meto el móvil en el bolsillo del pantalón. En la sudadera llevo el cuchillo. Aún no me ha hecho un agujero en la tela, así que creo que no ha sido una gran decisión coger este en concreto.
Ahora ya es demasiado tarde. Con suerte, no tendré que usarlo. No quiero usarlo.
Abro la puerta y echo una rápida ojeada hacia atrás por si está esperando para saltar sobre mí mientras entro.
Debe de estar dentro, porque no hay nadie aquí fuera. Los árboles quedan demasiado lejos. No he mirado alrededor de la casa para ver si el coche está ahí, pero ¿por qué enviarme un mensaje y decirme que entre si no quiere que lo haga?
Esta es su partida final.
Dios, no quiero formar parte de esto. De algún modo, me he enredado en lo que sea que está ocurriendo. Quizá porque encontré los primeros dos cadáveres. Por eso puede que se haya empeñado en hacerme la prota de su película.
No quiero el papel.
Entro en la cocina y enciendo la luz, respirando entrecortadamente. La sala es superbrillante, con las paredes, los armarios y las encimeras blancas.
Pero no hay ningún asesino.
Ni sangre.
Ni rastro alguno de que haya estado aquí.
Echo una mirada hacia atrás para vigilar lo que esté pasando a mi espalda, y luego avanzo más. La casa es demasiado grande, y hay demasiadas habitaciones para que mis ojos estén en todas partes, pero lo intento.
Meto la cabeza por la puerta del salón y enciendo el interruptor que tengo al lado y la mano se me va a la boca para ahogar un grito.
Ostras.
En el rincón del salón hay una imagen a tamaño natural de Jason Voorhees. Hay decoraciones de Halloween en todas las paredes. Deben de haber sido para la fiesta. ¿Adónde la habrán trasladado?
El estómago me da un vuelco.
No es una persona real. Solo es cartón. Dejo escapar el aire y me froto las manos. Me molesta la muñeca y sé que el dolor no tardará en volver si sigo usándola, a pesar de las pastillas.
Pero mi muñeca puede esperar. Adi necesita mi ayuda.
Quiero gritar su nombre, pero, suponiendo que no siga inconsciente, podría estar amordazada. El asesino sabrá dónde estoy basándose en el rastro de luces encendidas que voy dejando tras de mí.
Es una pista clarísima.
Cuando no encuentro nada en el baño, ni en la sala de cine, ni en el gimnasio, sé que tengo que ir arriba.
Me paro ante la escalera y escucho mi corazón palpitando desbocado.
«Por Adi», me digo una y otra vez.
Ella subiría ahí y se enfrentaría al asesino por mí, sin preguntas.
Ahora que subo al piso, la casa se me hace más pequeña. Más oscura y menos atractiva. ¿Ha sido siempre así o el asesino la ha estropeado? ¿Qué harán los padres de Sarah si Adi y yo morimos aquí esta noche?
Llego al final de la escalera y cuando estoy a punto de abrir la primera puerta, que creo que puede ser un dormitorio de invitados, mi móvil vuelve a pitar.
Del susto, me tiro contra la pared y busco el cuchillo en el bolsillo.
«Es solo el móvil. No pasa nada. No pasa nada».
Solo tengo una mano buena, y no es la dominante. Rozo con los dedos el mango del cuchillo mientras lo suelto y respiro hondo para calmarme los nervios.
Hay otro mensaje en la pantalla.
Desconocido: Te estoy esperando.
Me entran ganas de responder y preguntarle en qué habitación; así me evitaría el miniataque al corazón de ir abriendo cada puerta con el miedo de encontrarme a un tipo raro con un cuchillo en la mano al otro lado.
Pero ya estoy aquí y no quiero seguir participando más en el juego. Además, de todas formas no me creería lo que me dijera.
Puede que así sea como muero, pero si caigo, también caerá este gilipollas. Abro la app de la grabadora, la activo y vuelvo a meterme el móvil en el bolsillo. Si muero, la policía lo encontrará y lo oirá todo. Diré su nombre para asegurarme de que cogen a la persona correcta.
Luego pongo la mano sobre el picaporte y abro la puerta.
Con un grito, doy un paso atrás de la impresión.
—Nash —digo con una voz estrangulada.