21
Sin hacer caso del palpitante dolor de cabeza y la visión poco clara, miro hacia la distancia e intento darle sentido a lo que acabamos de descubrir.
¿Cuánto tiempo llevará ahí?
No estaba en la ceremonia... al menos, creo que no estaba. Adi es la que tiene a Billy en el radar.
—He visto a tres de los cuatro —digo mientras nos sentamos en la pequeña sala parroquial. Cuando mi tía se casó, empleamos esta sala para arreglarnos, porque allí mi tío no podía verla desde el interior de la capilla.
Ahora, lo único que recordaré de esta iglesia es el cuerpo sin vida de Billy.
Adi se va a quedar hecha polvo. Él siempre se había comportado con ella con mucha timidez, pero también era muy dulce. Nunca tuvieron la oportunidad de tener una auténtica cita.
Mis padres están cerca, hablando con un poli, ambos muy animados en su nerviosismo. Había un federal con nosotros cuando hemos encontrado a Billy, pero aun así tenemos que hacer declaraciones.
Al principio, hemos entrado unos pocos en la iglesia, así que solo estamos mis padres, Nash, el pastor y yo.
Adi, Omar y sus familias iban por detrás de nosotros, así que ninguno de ellos ha visto nada.
Por suerte, Adi no lo ha visto. Los han hecho salir tan deprisa que ni siquiera sé si se ha enterado ya de que es Billy.
Nash se inclina hacia mí.
—Mi padre ha vuelto a llamar —me susurra.
Ahogo un grito y alzo la mirada hacia él. Aún lo veo un poco borroso por los bordes, pero creo que mi visión está mejorando.
—¿Has hablado con él?
—No, no he contestado, pero...
—Querías hacerlo.
Baja los hombros como si estuviera admitiendo algo profundamente vergonzoso, como si debiera olvidar que Jackson es su padre.
—Da asco, Pen. Lo sé. Me gustaría no tener ningún vínculo con él.
—Es tu padre. Nada podrá cambiar eso, y creo que te has ganado el derecho a hacerle unas cuantas preguntas.
No sé cómo ha conseguido mantenerse tan distante. Si me hubiera pasado a mí, estaría exigiendo explicaciones.
—No quiero pasar por eso —contesta, negando con la cabeza—. Nunca lo perdonaré, y tampoco es que me vaya a gustar lo que tenga que decirme.
—Quizá no tenga por qué gustarte. Quizá solo tengas que escucharlo.
—No lo sé, Pen.
Me levanto y me vuelvo para tratar de razonar con él y reducir su sentimiento de culpa. Entonces la luz se va. Parpadeo en una completa oscuridad.
—¿Qué ha pasado? —pregunta el pastor.
Me esfuerzo por ajustar los ojos a la oscuridad, pero hoy mi vista no está en su mejor momento.
Lo único que distingo son siluetas. No estamos cerca de la capilla, que ahora tiene las velas encendidas.
La sala está totalmente oscura. Estoy a un lado, junto a Nash, mientras que el agente del FBI responde a las preguntas de mis padres y el pastor.
—Que nadie se asuste, solo quédense quietos. —Reconozco esa resonante voz como la del agente que antes me ha tomado declaración. Se oye un clic y luego se ve el rayo de luz de una linterna. Uno a uno, va comprobando que estamos bien y luego habla por radio con su equipo.
—Parece un corte de electricidad —nos dice—, pero vamos a sacarlos al exterior. Necesito que me sigan de cerca.
Le cojo la mano a Nash y luego a mi madre para formar una cadena y permanecer juntos.
—Yo iré el último —dice mi padre mientras le pone la mano en el hombro a Nash.
Vamos avanzando juntos. No presto atención a la bola de ansiedad que tengo en el estómago ni al momentáneo mareo que casi hace que se me doblen las rodillas.
—¿Qué es eso? —pregunto al oír un chisporroteo en la distancia. Por un instante me arrepiento de haber hablado, por si está solo en mi cabeza. Otro síntoma de la conmoción.
Pero no lo es, y por delante de nosotros alguien grita: «¡Fuego!».
La puerta que tenemos delante se abre y el humo se desparrama a través de ella como una inundación.
Suelto a mi madre, porque me voy de lado, y siento que me ahogo cuando el humo me llena los pulmones y me irrita los ojos.
Me cubro la cara con el brazo libre y el yeso me araña la frente.
El pánico me ocupa el estómago como si fuera una parte de mí, y se niega a desaparecer. Podría atacarme el asesino o morir ardiendo.
—¡Mamá! —Toso cuando el espeso humo se me atasca en la garganta.
La linterna brilla, pero no hay forma de ver bien. Me voy hacia el lado y trato de encontrar una salida.
Gritos y chillidos apagados resuenan por todas partes, pero no puedo distinguir nada.
¿Dónde está mi madre?
Nash, que sigue agarrándome la mano, tira de mí hacia el suelo.
Caigo de rodillas pesadamente. Ahí abajo, llego a ver sus penetrantes ojos mientras nos tumbamos sobre la piedra.
—¡Sigue abajo y tápate la boca! —me grita entre los dedos—. Tenemos que salir de aquí.
—¿Dónde están mis padres?
Oigo a mi madre, que me llama desesperada, y su voz me parte el corazón porque no puedo verla.
—Los encontraremos. ¡Déjame que te saque de aquí primero!
Nash me tira del brazo, y yo cedo y le dejo que vaya delante. Gateamos por el suelo, siguiendo el rayo de la linterna que tenemos delante. La iglesia no es muy grande, pero está llena de humo, y eso hace muy difícil ver nada.
El corazón me late aún con más fuerza mientras busco desesperadamente la salida sobre una mano, un codo y las rodillas; me ahogo con el humo y estoy aterrada de que esto sea el final.
Nash está pegado a mí. Avanzamos lo más rápido que podemos, pero yo voy más lenta al no poder usar la muñeca. Sé dónde se halla la salida de emergencia, y probablemente sea nuestra mejor opción. Si los bancos comienzan a arder, el fuego se nos tragará enteros.
Nash parece haber llegado a la misma conclusión y nos conduce hacia el pasillo corto, que parece muy largo en este momento, y hacia la salida.
—¡Mamá! ¡Papá! —grito tosiendo.
Nash me agarra por el brazo y tira de mí, sin darme la oportunidad de buscarlos. Quiero volver. Mi padre estaba detrás de mí y mi madre delante. ¿Por qué no la he encontrado al menos a ella?
Oigo a gente gritando, sobre todo mi nombre, porque mis padres también están ahí, pero no puedo ver nada entre el humo que consume la iglesia.
Pero hay algo que mis ojos captan entre el espeso humo gris. Detrás de nosotros, una brillante máscara blanca.
—¡Nash! —grito atragantándome, porque los pulmones me arden y parecen estar a punto de rendirse y dejar de funcionar. En este momento, cada respiración es un milagro. Queda muy poco oxígeno que el fuego no haya robado ya.
Si el asesino no acaba con nosotros, lo hará el humo.
Nash me agarra y me empuja hacia la puerta más deprisa. No puedo moverme mucho, y me golpeo el codo contra el suelo de piedra mientras nos arrastramos tan deprisa como podemos. Instintivamente, querría levantarme y correr, pero no serviría de nada: el humo es un manto que lo cubre todo.
Sollozo mientras mantengo la cabeza baja, sabiendo que en cualquier momento el asesino podría atacarme. Pero si bajamos el ritmo o nos volvemos, no tendremos ninguna oportunidad. Esta es nuestra única opción.
Ya debemos de estar cerca; tenemos que estarlo. Avanzo y miro hacia atrás, buscando a mis padres y tratando de suponer dónde está el asesino. El estómago se me retuerce al pensar lo cerca que está de nosotros. Solo tardaría segundos. Dos o tres, y su cuchillo podría hundirse en mi cuerpo.
¿Por qué no le molesta el humo? No puedo ver si lleva algo en la máscara que lo ayude a respirar, pero debe de tenerlo.
Retrocede y su silueta desaparece. ¿Adónde va?
Las voces que oigo gritando mi nombre y el de Nash pueden venir de cualquier dirección. Mis padres no pueden morir por mi culpa. Tengo que encontrarlos.
—¡Ahí! —grita Nash, y me empuja de lado hacia una puerta. Ya sabía yo que estaba por aquí—. ¿Dónde está?
Miro hacia atrás, y mi corazón da un brinco mientras me preparo para verlo de pie sobre nosotros. Pero no hay nada más que humo gris y el fuego crepitando no muy lejos.
Nash empuja y la puerta cede. Se ha usado hace poco; espero que por mis padres. La atravesamos y salimos al suelo helado del exterior.
Tosiendo, me pongo en pie al aire libre.
—¿Adónde ha ido? —Me atraganto—. ¡Mis padres!
Miro entre la multitud. Rosenthal y sus colegas corren hacia nosotros.
—El asesino está dentro. ¡No encuentro a mis padres! ¡Tienen que salvarlos!
Nash me sujeta cuando intento correr de vuelta hacia dentro.
—¡Mamá! ¡Papá!
—¡Retroceded! —le grita Rosenthal a Nash—. No la dejes irse. El agente Jones os hará unas preguntas. Yo encontraré a tus padres.
—¿Dónde están? —Sollozo y me cubro la boca con la mano para toser.
Nos apartamos y la enormidad del incendio me deja sin aliento.
El humo sale a grandes bocanadas de la iglesia mientras los bomberos luchan por extinguir las llamas.
Las mangueras rocían agua por las ventanas rotas.
El agente Jones nos pide que le describamos todo lo que ha pasado, pero entonces se va a ayudar a alguien que lo está llamando a gritos.
—¡Quedaos aquí! —grita hacia nosotros.
—¿Has olido a gas ahí dentro? —pregunta Nash después de aclararse la garganta.
—No... no lo sé —contesto—. Solo recuerdo perder a mis padres y ver la máscara. ¿Cómo puede salir el asesino con los federales por todas partes? Oh, Dios mío. Billy sigue dentro. No puede salir, Nash. Está muerto.
—Sssh, no te preocupes —dice, pero los ojos se le abren de horror. Si no apagan el fuego, el cadáver de Billy arderá.
—Nash, podría habernos matado —digo sollozando contra su chaqueta.
—Estamos bien —contesta con una voz vacía que suena a todo menos a estar bien. Esto también le está afectando.
—¡Penny!
Con un grito ahogado, me giro a tiempo de ver a mis padres justo antes de que me envuelvan en un fuerte abrazo.
—Los dos estáis bien —dice mi padre mientras le pone una mano en el hombro a Nash—. Gracias a Dios.
Asiento y vuelvo a toser.
—Estamos bien. ¿El pastor también ha podido salir?
—Sí, está bien. Lo siento, Penny. No podía encontrarte y un agente nos sacó del edificio.
—No importa. Yo tampoco os encontraba.
—Gracias por ayudarla a salir —dice mi padre a Nash, y le estrecha la mano.
Nash asiente y es la primera vez que lo veo tímido en mucho tiempo. Ya no volverán a tratarlo como a un enemigo. Lo único que ha hecho falta es que casi muriéramos todos en un incendio.
—¿Qué hacemos ahora? —pregunto.
—Los paramédicos nos van a explorar a todos. Vamos —contesta mi padre—. Quiero que os den el visto bueno.
—Tanto humo... —digo. Los ojos aún me pican... y no creo que la garganta y los pulmones dejen de dolerme nunca.
Esperamos en el exterior de la iglesia quemada durante lo que parecen horas envueltos en mantas. Y finalmente los paramédicos nos dan de alta.
—Esto es una locura —dice Nash—. Llevan horas buscando.
—¿Cómo puede no haber ni rastro del asesino? —protesto—. ¡Estaba ahí dentro! ¡Yo lo he visto!
—¿Estás segura, Penny? —pregunta mi madre.
—¡Sí! Y Nash también lo ha visto.
—Estaba justo detrás de nosotros. Penny tiene razón, estaba ahí.
—¿Qué recordáis de él? —inquiere mi padre.
Nash y yo ya hemos respondido a esto cuando nos lo preguntó el federal.
—No mucho —contesta Nash—. Yo estaba demasiado concentrado en salir de ahí.
Me encojo de hombros.
—Enmascarado. Eso es todo.
—¿Alto, bajo? ¿Delgado, fornido?
Intento recordar, pero no hay más que humo y una máscara. El día que lo vi en el campo de maíz era alto y fornido.
—Alto y fornido. Costaba mucho ver bien.
—¿Y cómo ha salido sin que lo vieran? —pregunta mi padre.
Buena pregunta. No tengo ni idea.
—Bueno, hay una puerta trasera que el pastor usa, pero ¿la policía y el FBI no estaban allí? —pregunta mi madre.
Rosenthal se detiene junto a nosotros y menea la cabeza.
—No necesariamente. Nuestra respuesta instantánea fue sacar a todos del edificio y controlar el fuego.
¿Cuánto ha oído de nuestra conversación?
—Solo hemos tardado unos minutos en salir —afirma Nash—. ¿Había alguien vigilando esa puerta cuando Penny y yo hemos salido?
—Justo antes —puntualizo—. Desapareció justo antes de que saliéramos.
—No lo sé, Penny. Lo siento —contesta Rosenthal—. Podéis iros todos a descansar. Se está haciendo tarde. Nash, pondremos un agente ante tu casa esta noche.
Es casi medianoche, y sí, estoy muerta de cansancio.
—¿Cree que estoy en peligro? —pregunta Nash.
—Dada tu relación con Penny y el hecho de que escapaste del incendio con ella, no podemos descartar nada. Es un riesgo que no estoy dispuesta a correr.
El asesino vio a Nash ayudarme a salir.
—Aún no tiene ningún sentido que yo sea el objetivo —planteo.
—Es algo que estamos investigando. Hasta que tengamos más respuestas, necesitamos protegerte. Y eso también se extiende a Nash y a su hermana. Que está en... ¿casa?
—No. Ha salido con su novio. Brant. Trabajan juntos. No sé su apellido.
—Los encontraremos.
Bien, y cuando sigan a Nash a su casa, quizá encuentren a su tío y comiencen a interrogarlo.