20 #3
—Mi madre quiere marcharse. No para de llorar y solo quiere estar sola. Me parece que quiere sacarme de aquí. Hasta luego.
Nash y yo lo observamos marcharse con su madre. Igual que hace el agente que se encuentra al borde de la multitud. ¿Podrían mis amigos convertirse en objetivos por mi culpa?
—¿Qué te parece? —pregunta Nash, aún sin mirarme del todo. Su postura es la de una estatua de hielo y su actitud hacia mí, igual de fría.
—Es difícil de decir.
—¿Porque no ha hecho nada que te haga pensar que es culpable o porque no quieres que lo sea? —El tono es cortante, y me deja perfectamente claro que no me ha perdonado.
—Seguro que tú lo entiendes.
Esa vez sí que me mira y frunce tanto el ceño que le salen arrugas. Estoy segura de que tiene mucho que decir, pero es demasiado arriesgado mencionar a Jensen en público. Aunque no tiene sentido mantener en secreto su existencia. No es que fuera íntimo de Jackson.
¿Por qué esconderlo?
—Vamos, entonces, ¿qué es realmente lo que piensas? —insiste Nash.
Es un desafío. Quiere saber si se lo voy a contar a alguien.
—Ojalá lo supiera. Tengo la cabeza hecha un lío. La contusión no me ayuda; me ha causado un fuerte dolor de cabeza y náuseas.
Se vuelve hacia mí, con los ojos cargados de preocupación, y mi Nash ha vuelto. Hace eso de dejar que la preocupación supere al enfado, eso que se les da tan bien a mis padres.
—Pero estás comiendo, ¿no?
—Estoy comiendo —le aseguro.
El chocolate y la gelatina cuentan como comida, ¿verdad?
Grace se pone ante nosotros.
—Brant está allí. Te veo en casa, Nash.
Él la coge por la muñeca y la mira a ella y luego a ese tal Brant.
—Espera, ¿lo dices en serio?
—Me llevará a casa después. No estaré sola, así que no te asustes.
—¿Estás segura de que puedes confiar en él?
Grace resopla.
—Durante este último año ha sido la única persona en la que he podido confiar. Aparte de ti, claro. Te prometo que estaré bien. Tú llega bien a casa.
Nash asiente y ambos observamos a Grace abrirse paso entre la gente y abrazar a un tipo al que he visto por ahí un par de veces, pero al que nunca he prestado atención.
Tiene el pelo muy claro, para nada parecido al de Jackson. Me alegro, porque si no, hubiera sido muy raro.
—Quizá deberías seguirlos —digo mientras me mordisqueo el labio—. No conocemos a este tipo.
—Nadie va a ir a ninguna parte —nos dice mi madre acercándose—. Nash, ¿necesitas que te llevemos, ahora que Grace se ha ido con su amigo?
Nash hace un trabajo estelar al no caerse de la sorpresa.
—Oh, no, gracias. He venido en coche.
—El pastor Young va a abrir la iglesia. Encenderemos una vela y rezaremos una oración por vuestros amigos antes de irnos a casa. Venid antes de que se enteren todos y se llene la iglesia. Rosenthal quiere que te vayas enseguida a casa y yo estoy de acuerdo.
Los agentes nos siguen mientras caminamos con el párroco cruzando la plaza y subimos la escalera de la iglesia. Me estremezco cuando el cielo se oscurece de repente, al juntarse las nubes, y amenaza con empaparnos.
Mantengo la cabeza en alto y miro hacia arriba cuando el párroco abre la cerradura de la puerta.
—¿Penny? —me llama mi madre—. Cariño, tengo tus pastillas. Dentro buscaremos agua para que te las tomes.
—Sí, gracias —susurro. Vaya si me entero de cuando el analgésico se está pasando—. Por ahora estoy bien.
Es una gran mentira. Noto como si me estuvieran taladrando la cabeza desde dentro, estoy agotada y el mundo se ve un poco borroso. Pero quiero encender esa vela por Mae.
Nash me sujeta por el codo como si me hubiera roto una pierna. Pero, claro, le he dicho que estoy sufriendo los efectos de la conmoción cerebral. El mareo es uno de ellos. Uno que ahora estoy padeciendo.
Entramos y paso por donde se acumulan las velas. Cera derretida pegada a los costados de docenas de palos blancos. Parpadeo con fuerza para aclararme la visión borrosa.
—Ayúdala a sentarse, Nash. Cojo las pastillas y Andrew puede traerle agua.
Omar y Adi están más atrás con sus familias, y me miran preocupados. Nunca se me ha dado bien estar en el candelero... a no ser que tenga un piano delante.
Nash me conduce a una fila de bancos como a una niña pequeña.
—Puedo caminar. Es solo un dolor de cabeza.
—Déjame hacer.
Me apoyo en él mientras el dolor de la cabeza se intensifica y el estómago se me retuerce. No estoy segura de poder comer la pizza que mi padre ha prometido para esta noche.
—Siéntate por... —Nash se calla y tensa los brazos a mi alrededor.
—¿Qué? —pregunto mientras me froto los ojos.
La sangre se le esfuma del rostro y sus ojos se abren mucho mientras mira fijamente algo que está detrás de mí.
—¡Apártate! —exclama, tirando de mí.
Su repentino grito alerta a los agentes, que corren los pocos metros que nos separan.
Miro hacia atrás justo antes de que Nash me saque de en medio. Veo la silueta de un cuerpo sobre el suelo.
Pelo al estilo surfista extendido alrededor de la cabeza, como si lo hubieran tirado. Una mano cubierta de salpicaduras de sangre por encima de la cabeza.
—¡Oh, Dios mío! —Caigo sobre el pecho de Nash mientras este me arrastra hacia atrás.
Billy Ross.
Cadáver número cuatro.