El acecho 18
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De repente, mi visión se centra. El pitido en las orejas desaparece y me deja un agudo dolor que se irradia por todo el cráneo. Con mis sentidos recobrados, oigo los pasos fuera del coche, acercándose mucho.

Está viniendo.

Necesito salir de aquí, pero no puedo moverme. Mi cuerpo pesa tanto que me hundo en el asiento como si me hubiera cargado de lastres en una piscina.

La adrenalina me corre por las venas. El asesino está fuera, en algún punto alrededor de mi coche, y yo apenas puedo levantar la mano.

Jadeando, trato desesperadamente de que se me despierten los brazos. Si no salgo de aquí, estoy muerta. Cierro los dedos y me obligo a tranquilizarme. No puedo ver mi móvil; estaba en el asiento del copiloto, así que habrá volado a cualquier parte durante el choque.

¿Es así como se sentía Mae cuando supo que él iba a por ella?

«¡Vamos!».

Trato de coger la manilla de la puerta de nuevo, pero mis dedos solo alcanzan a dar con la puerta y vuelven a caerme sobre el regazo.

«¡Muévete!».

No puedo dejar que me atrape. No puede ser esta mi muerte.

—No —mascullo mientras los ojos me arden por las lágrimas contenidas. Me niego a rendirme y llorar, a quedarme sentada y dejarle ganar.

No consigo que el cuerpo me responda como necesito que lo haga. No tengo dolor en los brazos o las piernas, así que creo que no estoy herida. A no ser que la impresión me lo enmascare.

«Estás bien, así que ¡levántate!».

Gimoteando, me despego del respaldo del asiento y me dejo caer contra la ventana medio destrozada.

Todos los músculos de mi cuerpo gritan por el esfuerzo que representa moverme solo ese poco.

El borde dentado del cristal roto está a centímetros de mi cara, listo y esperando para cortarme en tiras.

Noto que la sangre ya me baja por la mejilla, por el golpe de antes; así pues, ¿qué importaría cortarme más?

Respiro hondo, me concentro en mi mano y la alzo hacia la manilla de metal.

Oigo pasos detrás de mí mientras él rodea la parte trasera del coche.

«¡Rápido!».

¿A qué está esperando? ¿Por qué no me mata ya?

La puerta cede y la empujo con toda mi energía, sin prestar atención al dolor que me palpita por todo el cuerpo. Solo consigo abrirla como un palmo, pero será suficiente.

Unas botas resuenan por fuera sobre el asfalto a la altura del asiento trasero del coche. Está jugando conmigo, avanzando lentamente hacia la puerta. El morro del coche está en la zanja, sobre la hierba. No podré oírlo si se acerca más.

Me retuerzo para salir, pero estoy atrapada.

¡El cinturón de seguridad!

Se me escapa un sollozo cuando me doy cuenta de que va a llegar hasta mí antes de que yo salga.

Estoy pegada al asiento. Frenéticamente, busco a tientas el enganche del cinturón y le doy con la mano hasta que oigo el clic.

En ese mismo momento, él se agacha y su máscara llena toda la ventanilla del copiloto.

Se me escapa un grito mientras me tiro hacia el lado, me deslizo fuera del coche y caigo sobre la hierba húmeda. Siento un intenso dolor en la muñeca cuando me pongo a cuatro patas, y trato de tragar el oxígeno que parece haber desaparecido del aire.

La humedad y el frío me golpean el rostro, y me siento más despejada.

La niebla en mi cabeza se está aclarando y es ahora cuando siento lo mucho que me duelen la cabeza y el brazo. Noto cómo me sube la bilis por la garganta.

Un preludio de la agonía que se acerca. Apoyo con fuerza la mano buena en el lateral del coche y consigo ponerme en pie. Mis débiles piernas tiemblan y estoy a punto de volver a caerme.

Una estrecha franja de luz se dibuja en el horizonte sobre el maíz.

—¡Socorro! —grito mientras me tambaleo de lado y el estómago se me revuelve.

La sangre casi se me hiela en las venas cuando me quedo cara a cara con la máscara, que veo por encima del coche. Permanece al otro lado, observándome. Está demasiado oscuro para verle los ojos, y no es que yo esté pensando con mucha claridad, pero es alto y robusto; está en forma.

Con un grito ahogado, comienzo a caminar, y las rodillas casi se me doblan de nuevo mientras me muevo lo más rápido que mi cuerpo me deja.

No sé qué posibilidades tengo, pero debo intentarlo. El pueblo ya está más cerca, pero aún faltarían unos buenos cinco minutos a todo correr antes de llegar a la primera casa... y a mi paso, no estoy segura de que lo pueda lograr.

Me resbalo al subir por la zanja y lanzo un grito cuando pierdo pie. Con un sollozo, clavo las uñas en la tierra y subo a cuatro patas.

Está justo detrás de mí. Noto que lo envuelve un aire frío, el aura de la pura maldad, y me hace estremecer. ¿Está pensando en acuchillarme ya? ¿Le excita del mismo modo que a mí me solía excitar tocar el piano o actuar en una obra?

No me detengo ni miro atrás; me despego del suelo y salgo corriendo.

Un frío viento me picotea las mejillas y todo mi cuerpo grita de dolor, un aviso de que no voy a ser capaz de seguir corriendo mucho rato.

Creo que me he hecho algo en la muñeca, y la confusión mental y la náusea me indican que seguramente tengo una conmoción cerebral.

La visión enfocada que tenía hace un minuto se me va deshaciendo lentamente y el mundo ante mí se vuelve vidrioso, como si me hubieran metido bajo el agua.

De nuevo me tambaleo hacia un lado; tengo las piernas como las de un potrillo recién nacido, y no estoy segura de hacia dónde voy, porque todo se ha vuelto borroso. Veo puntos negros bailando ante mí.

«¡No, mantente despierta!».

Doy otro paso y contengo un grito.

El suelo se me lanza hacia la cara y, por segunda vez esta semana, me desmayo.

Parpadeo varias veces, pero lo único que puedo ver son perfiles borrosos de caras. Caras humanas. No máscaras. Hay un irritante destello en el fondo, y un pitido que estoy segura de que solo oigo yo. El suelo está duro y frío, y creo que estoy temblando.

Y de repente todo es ruido, como cientos de voces que hubieran comenzado a gritar al mismo tiempo. No puedo distinguir ni una palabra de lo que dicen. Los ojos se me van hacia un lado, y estoy segura de ver a Nash y a Grace.

O quizá solo es lo que quiero ver, no lo sé.

El dolor se extiende por todo mi cuerpo como si cada uno de los huesos se me hubiera roto en el impacto. Intento verbalizarlo, pero no puedo hablar.

Voy a abrir la boca para preguntar qué está pasando y dónde está el asesino, pero, por suerte, vuelvo a quedarme inconsciente.

La siguiente vez que me despierto, tengo la espalda contra algo suave y cálido. El dolor sigue ahí, pero ahora es como un ruido de fondo. Recorro la sala con la mirada y veo paredes de color claro, también oigo un molesto pitido.

El hospital.

Gimiendo, trato de sentarme, pero no tengo la energía necesaria.

—No te muevas, Penelope.

Mis ojos vuelan hacia el origen de la voz.

Rosenthal.

—¿Dónde está? —digo con voz ronca mientras miro alrededor con pánico.

Ya no estoy en la carretera, pero no sé quién es él ni dónde está. El asesino no está aquí. Estoy a salvo.

Otro agente sale de la habitación, seguramente para ir a buscar a un médico, ahora que me he despertado.

—¿Dónde está quién, Penny? ¿Puedes decirme lo que ha pasado?

—¿Me ha apuñalado? ¿Dónde está? ¿Lo habéis cogido?

Ella frunce el ceño y niega con la cabeza.

—No, no hay nadie aquí. Has tenido un accidente. Tus padres ya han llegado, están tomando un café. Los haremos volver. ¿No recuerdas cuando te sacaron de la carretera?

—Lo recuerdo todo. ¿Por qué está usted aquí?

—Estamos aquí para asegurarnos de que estás a salvo.

—¿Del asesino? Estaba allí. Fue él quien chocó contra mí.

Rosenthal frunce el ceño de nuevo.

—No hemos hallado pruebas de que hubiera otro coche.

Alcanzo a ver el reloj que está en la pared detrás de ella. Son un poco más de las siete de la mañana. Lo de la mañana lo estoy suponiendo. Una brillante luz diurna entra por la ventana de la habitación.

—Entonces, ¿por qué está usted aquí?

—Para averiguar por qué estabas sola en mitad de la noche. ¿Con quién ibas a encontrarte?

Eso es... raro.

—Bueno, pues había otro coche ahí. Estaba huyendo del asesino enmascarado. Nash. ¿He visto a Nash?

Ella se inclina hacia mí.

—¿Nash estaba allí cuando ocurrió el accidente? ¿Llevaba una máscara?

—¡No! Él no. Después de desmayarme, me desperté y había luces destellantes y gente... Vi a Nash. ¿Dónde está ahora?

Su cara dice que preferiría que fuera otra la persona encargada de interrogarme.

—No tienes que preocuparte por Nash o por su hermana.

—¿Grace? También estaba allí. Sí, los vi a los dos. Espera, ¿dónde están? ¿Se encuentran bien?

—Están en comisaría.

—¿Qué? ¡No! —Trato de incorporarme, pero no lo consigo; mi cuerpo me está fallando otra vez—. ¡Tienen que dejarlos marchar!

—Descansa, Penny. Tienes una conmoción cerebral.

—¡No! Ellos no han hecho esto. No han sido ellos. Es imposible. Acababa de salir de su casa, como dos minutos antes. El coche vino en el cruce desde la dirección opuesta. No habrían tenido tiempo de coger ese camino.

Se incorpora, ceñuda.

—¿Estás segura de los tiempos?

—Completamente. No pueden haber sido ellos. Seguramente oyeron el choque o las sirenas. Tienen que dejarlos ir. Por favor.

Ella alza las manos, y parece bastante preocupada porque me estoy estresando.

—Se les han hecho unas preguntas y han ofrecido su declaración, eso es todo. Descansa. Traeremos a tus padres y te tomaremos declaración cuando te veas con fuerzas.

—Me veo con fuerzas ahora —contesto. Es una gran mentira. Estoy agotada y luchando contra la creciente necesidad de cerrar los ojos—. Tienen que encontrar al asesino.

—Vuelvo enseguida.

Si alguna vez ha habido una cara de alguien que cree que te has vuelto loca, ella la lleva puesta.

Entra una enfermera cuando Rosenthal se marcha.

Me mueve y me toca, mientras me comprueba las constantes y me administra medicación analgésica para mi espantoso dolor de cabeza.

Me da agua para la garganta más reseca que jamás he tenido, y al instante, me siento mucho mejor.

Las náuseas en el estómago siguen ahí, pero puedo no hacerles caso.