El acecho 17 #2
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17 #2

Menea la cabeza mientras avanza. Voy con él, despacio, y nos acercamos poco a poco a la gran puerta del cobertizo.

Nash mira alrededor. Solo tenemos la luz que llega desde el interior de la casa. Una ventanita de la cocina con las persianas a medio cerrar.

—Ponte detrás de mí. Sin discutir.

Me quedo a su lado, aferrada a su brazo, pero él no dice nada más. Su postura cambia; se tensa y la frente se le arruga. Comprendo al instante que se está preparando para ver el cadáver de su hermana.

No es probable. No han encontrado a nadie cerca de su casa. Pero puedo entender por qué Nash está así. No sé lo que yo haría si viera a Grace muerta.

Nash coge el pomo de la puerta. Le tiemblan los dedos mientras desliza la puerta de madera hacia un lado, y yo contengo la respiración hasta que siento que voy a volver a desmayarme.

—No puedo ver a nadie —susurra.

Dejo escapar el aire que estoy reteniendo, y apoyo la frente en su brazo.

—Necesito entrar y registrarlo bien.

—¿Dónde está el interruptor? —pregunto—. Creo que voy a desmayarme.

Le da al interruptor y guiño los ojos para que se me acostumbren a la luz.

—¿Desmayarte de verdad o...? —me pregunta.

—No, estoy bien. —La última vez que estuve aquí, me caí al suelo. Eso es lo último que Nash necesita mientras está buscando a su hermana.

Me estremezco mientras me fijo en lo que me rodea y me doy cuenta de que el Corvette clásico de Jackson está como a un metro de mis pies. Me pasé dos meses, la primavera del año pasado, ayudando a Nash y a él mientras trabajaban en el coche.

Estamos en el taller de un asesino en serie.

Nash se adentra más en el taller y me deja junto al coche que ayudé a reconstruir. Jackson lo compró siendo chatarra. Pocos meses después de que lo acabara, lo encerraron.

—No hay nadie aquí.

Miro alrededor y noto algo raro.

—¿Has dejado tú esa puerta lateral abierta?

Se vuelve y frunce el ceño.

—No, yo no he sido.

Fuera, oigo el ruido de un motor, y otro chute de adrenalina hace que el corazón me salte en el pecho.

—¡Mierda! —susurra Nash, y corre hacia la puerta sin el más mínimo sentido de la autoconservación—. ¿Grace?

Corro tras él, alrededor del coche y de dos bancos de trabajo, y luego de nuevo afuera, a la oscuridad. Mi lugar menos preferido.

—¿Nash? —lo llamo, y el cuerpo se me queda helado al darme cuenta de que estoy sola—. ¿Nash?

Girándome, lo busco en la oscuridad, y solo soy capaz de ver la silueta de los árboles y los campos de maíz en la dirección en la que corría Nash.

—¿Nash? —Me rodeo con los brazos y me esfuerzo en escuchar, buscando pasos. Un roce me sobresalta y pego un bote hacia atrás contra la pared del taller mientras una bandada de pájaros sale de un árbol.

—¿Penny?

Pego un grito ante la nueva voz y me doy la vuelta.

—¡Grace! —Me llevo una mano al corazón y trato de no caer al suelo—. Oh, Dios, qué susto me has pegado.

—¿Qué demonios estás haciendo tú aquí?

—¡Penny! —Los pasos de Nash resuenan volviendo hacia nosotras. Se para de golpe y nos mira alternativamente a su hermana y a mí—. ¿Dónde estabas? —suelta.

—Estaba con un amigo. ¿Qué hace ella aquí?

—¿Con quién?

—Un chico del trabajo, Nash. Tengo amigos, amigos que no me dan la espalda por algo que hizo papá. Con toda esta mierda volviendo a pasar, lo necesitaba a él más que nunca.

—¿Quién es ese tío? Nunca me lo has mencionado antes.

—Lo he hecho, pero ¡tú no estabas escuchándome! Se llama Brant, y no le importa mi apellido. Me escucha sin juzgarme. Y ahora, ¿qué está ella haciendo aquí?

—He venido a ayudar a Nash a buscarte —suelto—. Estábamos preocupados, sobre todo después de que asesinaran hoy a Mae.

Grace ahoga un grito, y las manos le vuelan al corazón.

—¿Mae Winstone? —Nash asiente—. Oh, Dios. Yo había estado en el equipo de vóley con ella. Fue casi la única persona que siguió hablándome cuando papá...

—Lo siento —carraspeo—. También era mi amiga.

Respira profundamente y su ceño fruncido se relaja.

—Deberías irte a casa, Penny. Es evidente que no resulta seguro estar por ahí fuera sola, y supongo que tus padres no saben que estás aquí.

Guau, es la primera vez en un año que Grace ha mencionado mi seguridad.

—¿Nash?

—Está bien. Gracias por venir, pero deberías volver antes de que se despierten. Si se dan cuenta de que estás conmigo, seguramente te llevarán a la otra punta del estado.

A la otra punta del continente.

—Vale —contesto, mientras me mordisqueo el labio. Sigo estando acelerada, y no quiero estar sola, pero él tiene razón.

—Y... deberías enviarnos un mensaje cuando llegues a casa —dice Grace, apartando los ojos y como disimulando.

Nash me sonríe, sorprendido y complacido por el interés de su hermana. Quizá la próxima vez hasta me deje entrar en la casa. Solo espero que no siga viéndome como el enemigo. A fin de cuentas, vine aquí porque tenía miedo por ella.

—Nos vemos, Grace.

Asiente y se va hacia la casa. Nash y yo vamos unos pasos por detrás y él se detiene conmigo junto al coche.

—Llámame cuando llegues a casa —me pide Nash mientras me abre la puerta.

—Lo haré.

Se aparta y yo comienzo a marcharme por el camino de salida.

Una nube de polvo me oscurece la vista, pero lo veo entrar en su casa mientras salgo a la carretera.

El pueblo está silencioso y tranquilo. Pronto el cielo se iluminará, y tendremos que enfrentarnos a otro día de luto y miedo.

Los campos de maíz están a punto de rendirse ante los edificios del pueblo cuando una luz brillante destella por la ventanilla y me embisten por el costado.

Grito y trato de agarrarme al volante. Me voy contra la puerta y me golpeo la cabeza contra la ventana. El cinturón de seguridad se traba y me atrapa dolorosamente contra el asiento.

Estoy trastornada, pero tardo un segundo en entender lo que está pasando, que estoy bocabajo y dando la vuelta de nuevo hacia arriba.

Los brazos me vuelan por delante y la barbilla me golpea el pecho cuando doy otra vuelta más.

Un silencio ensordecedor me resuena en los oídos. Capto el sonido del metal y el vidrio chafándose y destrozándose, pero parece muy lejano, como si estuviera tratando de oír bajo el agua.

Me doy contra la puerta de nuevo, esta vez me quedo sin aire en los pulmones, y el coche se detiene de golpe con el morro hacia abajo en una zanja.

La oscuridad me cubre la visión durante un momento. ¿Segundos? No estoy segura del todo. Tardo un instante en juntar las piezas. Los faros. No ha sido un simple accidente; me han atacado, me han sacado de la carretera.

Parpadeo gimiendo, pero el mundo comienza a difuminarse en colores, como si lo viera a través de un caleidoscopio. Estoy mareada; tengo la esperanza de que esto sea un sueño, pero sé que no lo es.

«Vale. Estás bien. Sal del coche».

Alzo la mano para abrir la puerta y me cae al asiento, porque no tengo ninguna energía para moverme. Giro la cabeza hacia un lado y, en la distancia, vuelvo a ver faros. Esta vez no se están moviendo.

El coche que me ha embestido está parado.

Abro la boca para pedir ayuda, pero la máscara blanca en el retrovisor me deja sin aliento.