El acecho 14 #2
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14 #2

Nash es la primera persona a la que se lo digo. No he sido capaz de hablar sobre esto con mi familia o mis amigos. No había nadie con quien comentar lo mucho que puede afectarte físicamente añorar a alguien y sentirte totalmente culpable.

—¿Un sándwich con la Coca-Cola?

No me atrevo a mirarlo a los ojos, porque la preocupación en su voz es palpable; no hace falta que también la vea. No me he estado cuidando, pero es que he perdido el apetito.

Con un grito ahogado, cojo el móvil.

—¿Qué hora es?

—Vas bien; solo has estado ida unos segundos. Puedo alimentarte rápidamente y llevarte de vuelta antes de que acaben las clases. Tenemos tiempo.

Miro la hora. Faltan treinta y cinco minutos para que todos salgan del instituto.

Tenemos tiempo. No tanto como querría, pero es lo que hay.

—He echado de menos tus sándwiches.

—No hago nada especial.

Me ayuda a ponerme en pie y me lleva a la cocina.

Está totalmente cambiada. Han pintado los armarios de un color gris pálido y las paredes ahora son blancas. La cocina solía ser bastante oscura. Grace ha hecho su magia. Incluso tiene flores secas en pequeños jarrones y cuadros bonitos en las paredes.

Hay una mesa y sillas nuevas, y una enorme máquina de café.

Sobre la encimera, está colocada una foto de su madre. Bronceada, con una sedosa melena negra que cae formando ondas y unos ojos verdes tan hermosos que parecen lentillas, pero son naturales. En la foto sonríe, embarazada de Grace y acariciando una pequeña barriguita. Feliz.

Nash y Grace se parecen a ella. Tienen sus labios carnosos, el tono de piel más oscuro y la sonrisa deslumbrante. Pero de su padre han heredado el pelo y el color de los ojos.

Ya no hay fotos de Jackson.

—Me gusta esta nueva cocina —le comento, y me siento cuando él me señala la mesa.

—La vieja casa era demasiado de Jackson. No podemos mudarnos, así que esto ha sido todo lo que hemos podido hacer. Es un poco demasiado femenino para mí, pero a Grace le encanta.

—Vale. Bueno, está mucho mejor. ¿Ninguna decoración de Halloween?

—Ya no me apetece mucho —contesta—. Supongo que no quieres que llame a la policía y les cuente lo del asesino en el campo de maíz, ¿no?

Lo dice como si solo me creyera a medias.

—Supones bien.

No puedo ni imaginarme cuánto tiempo me castigarían sin salir si mis padres llegaran a enterarse.

—¿Estás segura, Penny?

¿Segura de que ocurrió o segura de que no quiero que llame?

—No me volverán a dejar salir de casa si alguien se entera de esto. No puedes decir nada.

—¿Y a quién se lo voy a decir?

—Grace. Zayn.

Alza una ceja.

—¿No quieres decírselo a Zayn? Pensaba que se lo dirías a tus amigos.

Solían ser «nuestros» amigos.

—Bueno, no sabemos si no tiene a la policía en «favoritos».

Nash me coloca un bocadillo y una lata de refresco delante. Se sienta a la mesa.

—Estás casi traslúcida.

—Me sienta bien, ¿no?

Es la tercera persona hoy que me dice que parezco enferma. No es algo que pueda negar. Cuando me miré al espejo esta mañana, también lo pude ver. Tengo la piel del mismo color gris que los ojos.

—Come.

Me observa con atención, seguramente intentando averiguar si voy a desmayarme otra vez.

—Estoy bien —le digo.

—¿Estás segura de que tienes la cabeza bien? Te diste un buen golpe contra el suelo.

—Me duele un montón, pero estoy bien.

Suspira de nuevo, se levanta y coge una caja de analgésicos.

—Si no se te pasa el dolor de cabeza, ve a ver al médico. Dile que te tropezaste, invéntate lo que quieras, pero busca ayuda.

Traducción: «No dejes que nadie sepa que estabas conmigo».

Porque yo tendré un marrón, o porque él cree que no quiero que me vean con él.

—¿Vas a venir a la maratón de Scream ? —le pregunto después de tragar el último bocado. Probablemente es lo más nutritivo que he comido en semanas.

Se ríe.

—Debes de haberte dado en la cabeza más fuerte de lo que creía.

—Lo digo en serio.

—No lo creo.

—Ya sé que la gente cotillea, pero nadie te dirá nada a la cara. —Menos ahora que Ruby está muerta—. Anda. Solía ser una de nuestras cosas favoritas en Halloween.

—Te ha perseguido... lo que fuera... hace un momento, y ¿quieres salir esta noche? Había pensado que tu padre te tendría confinada.

—Cree que Zayn y yo vamos a casa de Adi.

—Vale. Eh, quizá tu padre me deje pasar a recogerte y vamos juntos.

Me río con su sarcasmo y bebo un trago de refresco. Aprovecho para tragarme dos analgésicos. Las manos ya no me tiemblan, ni me siento mareada.

—Por favor, ven.

—Mala idea, Penny.

—No habrá horquetas.

Niega con la cabeza.

—Porfa...

—No me pongas ojitos.

«Te pillé».

Sonrío.

—¡Hurra! Qué bien reunir de nuevo a todo el grupo. Pero, aunque me encantaría ver la cara de mi padre si llamaras a la puerta, creo que deberíamos ir por separado.

—Supongo que podemos encontrarnos allí —dice él con un suspiro de resignación.

—¿Vendrá Grace?

Suelta una carcajada y niega con la cabeza.

—Preferiría quemar el pueblo hasta los cimientos.

—Está enfadada.

—Sobre todo herida. Está enfadada con nuestro padre, y no le puede perdonar, pero intenta entenderlo. Él tiene la culpa de que nuestras vidas sean ahora así.

—¿Sales mucho?

—Al exterior, sí. Pero no fuera de nuestras tierras. —Se reclina en la silla—. Debería devolverte al insti pronto.

Miro el reloj de la cocina. Las manecillas están paradas en las siete y cincuenta y tres.

—Tienes que cambiarle las pilas a eso.

—Lo haré enseguida. Vamos, Penny. Iremos muy justos si no salimos ya.

—No quiero irme.

Se pone en pie.

—¿Cuánto tardaría tu padre en presentarse aquí?

—Cinco minutos, si no aparezco en el insti.

Con una sonrisa triste, coge las llaves de encima de la mesa.

—Penny...

—Vale. —Me pongo en pie, y sintiéndome como unas cien veces mejor, lo sigo fuera de la casa.

Me doy cuenta de que el parachoques de la pickup roja sobresale del cobertizo.

Grace no ha ido a comprar en lo que se supone que es su coche nuevo.

Subo a la pickup de Nash y me pongo el cinturón.

—¿Le dirás a Grace que he pasado por aquí? ¿O que vas a ir al cine?

—No y no.

—Me odia.

—No te odia. Te echa de menos. Nos pasa a ambos.

Bueno, creo que eso me hace sentir peor que si me odiaran sin más.

—También quiero verla a ella.

Nash conduce rápido hacia el insti por las calles secundarias. Se tarda unos minutos más, pero es menos probable que nos vean. Acelera más allá del campo de maíz, y los nudillos se le ponen blancos sobre el volante.

—Casi te coge.

—Voy a volver a apuntarme a atletismo —bromeo.

—¿Lo has dejado?

—He dejado un montón de cosas. Ya no me van.

Nash resopla.

—Por mi padre.

—Porque no me enfrenté a todos los que me dijeron que me mantuviera lejos de ti.

Nash se mordisquea el labio, y frunce las cejas mientras piensa lo que quiere decir.

—¡Allí! —grito mientras señalo la parte de atrás del viejo cine y estudio de danza abandonado.

—¿Qué?

Una sombra se mueve entre los edificios. Capto de un vistazo ropa oscura y un destello de algo blanco. Y luego ya no está, ha desaparecido por la puerta del Benji’s.

Mierda. No.

El ruido de roce lo provocaban sin duda las estanterías de metal, pero el asesino podría haber estado ahí también.

Fuimos tan imprudentes cuando entramos...

Nash da un volantazo y detiene el coche a un lado de la carretera.

—¿Qué estás haciendo? —chillo—. ¡Sigue!

¿Por qué todo el mundo quiere ir de paseo cuando el tío de la máscara está por ahí?

—Quédate en el coche, y pon el seguro.

Con un grito ahogado, lo cojo por el brazo y tiro de él hacia atrás cuando intenta salir.

—¡No puedes hablar en serio!

—Quienquiera que sea ese anormal se está haciendo pasar por mi padre, o lo venera. Y no sé qué es peor. Tengo que saber quién es.

—Nash, no. Si sales, te seguiré.

Entrecierra los ojos.

—Penny.

—Conduce hasta la cabina de teléfonos de la Segunda calle. Si aún funciona, podemos hacer una llamada anónima a la poli. No hay cámaras de vigilancia por ahí —le propongo.

Nash tarda segundos en decidirse.

—Si sales del coche, te seguiré —repito.

Gruñe mientras vuelve a iniciar la marcha.

—Nash, tenemos como unos cinco minutos antes de que mi padre llegue al insti.

—¡Mierda! Te dejaré y luego iré a la cabina. La de la esquina con la Tercera sigue ahí, ¿verdad?

—Sí. ¿Tienes monedas?

Nash ríe mientras tuerce, pasada la biblioteca, hacia el instituto.

—¿Qué?

—No sé, es raro preguntar eso.

Se para junto a la acera y salgo del coche.

—Gracias, Nash. Por todo lo de hoy.

—Te veo en el cine, Pen. No te olvides de comer.

Cierro la puerta y Nash sale a toda leche para ir a informar de haber visto al hombre enmascarado.

Al menos ahora que he visto al asesino y a Nash al mismo tiempo, puedo estar segura de que él es inocente.

Alzo la mirada con el mejor humor que he tenido en meses, y me encuentro a Zayn mirándome fijamente.