14
Se me escapa un grito cuando el asesino inclina la cabeza pensando qué hacer. Da su primer paso hacia mí.
No voy a dejarle que dé otro estando parada, así que giro en redondo y me lanzo a correr por el claro, con el corazón golpeándome más fuerte y más rápido con cada zancada.
Por encima, las nubes se apiñan y el cielo se vuelve de un tono gris furioso; el decorado ideal para una escena de asesinato.
Sigo siendo tan fuerte y tan rápida como cuando estaba en el equipo de atletismo. Me esfuerzo y vuelo cortando el viento azotador; corro por mi vida. Me cuesta respirar, comienzo a ver luces ante los ojos, porque mi cuerpo necesita oxígeno desesperadamente, pero no puedo bajar el ritmo.
Gordas gotas de lluvia empiezan a caer del cielo; me salpican la cara y se estrellan contra el maíz que me rodea como si fueran balas.
Él no está muy lejos; sus pasos suenan casi detrás de mí, pero no puedo estar segura de si lo estoy dejando atrás o me está ganando terreno.
Ambos estamos esprintando para sobrevivir.
Si me alcanza, estoy muerta. Si yo consigo escapar, él corre el riesgo de que lo atrapen.
¿Quién es? Ya no puedo recordar mucho; su ropa ancha y oscura ocultaba bien su forma. Pero es alto. Eso lo sé.
Y evidentemente es atlético.
Llego casi al final del sendero y salto hacia un lado; me meto entre el maíz, y lo aparto tratando de que no me haga bajar el ritmo. Mis brazos azotan tallos y hojas; el maíz choca contra mi cuerpo y vuelve a cerrarse cuando he pasado.
Todo me duele, cada músculo está desgarrado, mi cuerpo no da más de sí, y la poca energía que me queda se está evaporando rápidamente.
—¡Nash! —grito, y me estrello contra la valla. Subo los dos travesaños y salto al otro lado justo cuando una mano me roza el pelo.
Otro grito estalla entre mis labios ante el peligro. El campo hasta la casa de Nash desciende ligeramente, así que iré más rápido. Mis pies golpean el suelo mojado, y me resbalo un poco sobre el barro.
No bajo el ritmo ni por un segundo. Si me estuviera cronometrando, haría mi marca personal. Pero me va la vida, y me fuerzo más de lo que lo he hecho nunca. La adrenalina es más fuerte que cualquier potenciador del rendimiento.
—¡Nash!
Me parece ver gente fuera de la casa de Nash. Dos o tres personas, pero no estoy segura porque se mueven; son como una mancha en mi debilitada visión y apenas puedo respirar lo suficiente para captar mucho.
—¡Nash! —grito de nuevo. Me arden las pantorrillas y los muslos mientras sigo esforzándome más de lo que nunca lo he hecho.
El borde del campo se acerca. Salto sobre el arroyo y caigo mal al otro lado.
Noto un intenso dolor en el tobillo, pero no le presto atención.
—¡Nash!
¿Adónde han ido todos?
Trago una bocanada de aire y me pregunto si realmente había allí alguien antes.
Corro a lo largo del costado del primer cobertizo (el antiguo taller de Jackson) y busco a Nash o a Grace. Ella no es que sea muy fan mía, pero creo que me ayudaría en un asunto de vida o muerte.
—¡¿Penny?! —exclama Nash, que sale del taller con el ceño fruncido.
Corro directa hacia él y me estrello contra su pecho; las piernas me ceden y la mochila se me desliza por los brazos y cae al suelo.
—¡Mierda! —suelta él, y me coge antes de que me desplome contra la hierba.
El alivio destensa mis hombros ahora que estoy con alguien de confianza. Nash me sujeta con fuerza mientras mira en la dirección de donde he llegado corriendo.
—E... estaba aquí. En el campo. ¡Me seguía! En el maíz. He corrido —explico entre sollozos y tragos de aire mientras me agarro a su sudadera con los puños—. ¡Está aquí!
—¿Qué?
Nash me sujeta por los codos y me aleja todo lo que le permite el brazo para poder mirarme.
—Pen, estás farfullando sin sentido —dice—. Respira. ¿Quién está dónde?
Mira detrás de mí y yo me vuelvo. Ahogo un grito al ver el maíz inmóvil y los campos vacíos. No hay nadie ahí.
Nadie en absoluto.
—¡No! Estaba ahí, ¡lo juro! Tenemos que salir de aquí, Nash. ¡Tenemos que irnos!
Estoy demasiado caliente; mi cuerpo es un horno. Me aprieto el pecho, tratando de que los pulmones vuelvan a funcionarme correctamente.
—¿Quién estaba aquí? No hay nadie.
—¡El asesino! Llevaba la misma máscara que... —Parpadeo con fuerza porque se me enturbia la visión, como si tuviera espuma blanca en la periferia.
Nash deja caer las manos.
—La misma máscara que mi padre.
—Sí. Casi me coge.
Algo que tengo que olvidar inmediatamente, o no seré capaz de funcionar.
—No hay nadie aquí, Pen. Estás a salvo.
—No ahora, pero sí antes. Me tocó el pelo cuando saltaba la valla. No miré hacia atrás, pero parecía que estaba justo detrás de mí. Debe de haberse parado.
—¿Y qué estabas haciendo tú sola en el campo de maíz?
Vale, eso ha sido superestúpido.
—Me he largado del insti. Creen que estoy enferma. Tengo que volver antes de que acaben las clases, porque mi padre viene a buscarme y no puede enterarse de que no estoy. Venía a verte a ti.
¿Por qué hace tanto calor?
—¿Por qué?
—Estoy segura de que tenía una razón, pero en este momento solo puedo pensar en que casi me convierto en la víctima número tres. ¿Dónde está Grace? —pregunto mientras me estremezco.
Se encoge de hombros, y yo me enderezo y me aprieto el dolor en el costado.
—¿No lo sabes?
—Ha ido a comprar. No le he preguntado a qué tiendas.
El coche de Nash es el único en el camino de entrada. Pero tienen montones de edificaciones, así que podrían ocultar cualquier cosa. Aunque no sé por qué iba Grace a ocultar su coche.
—¿No hay nadie más? —pregunto con manos temblorosas.
—No.
Me sigue mirando a los ojos. No lo puedo ver con claridad, pero aun así siento que esconde algo.
—Me ha parecido ver como a unas tres personas mientras estaba corriendo.
—Estaba llevando unos tablones al taller.
¿Podría ser eso? Es posible, no estaba en una posición que me permitiera fijarme mucho en las cosas.
—No sé qué hacer —le digo.
—¿Respecto a qué?
—Respecto a todo. Se está yendo a la mierda todo. Siento como si se me estuviera yendo la olla.
Se rasca un lado de la cabeza.
—Bienvenida al club.
—Los federales están aquí otra vez.
Se sobresalta y mira hacia atrás.
—No, aquí no. En el pueblo.
—Oh, ya, he tenido una visita. Seguramente pararon aquí antes de ir a la comisaría.
Aprieto los ojos durante un segundo tratando de aclararme la vista y dejar de ver borroso; mi cuerpo sigue como una olla a presión.
—Les dije que te llevé a casa después de que te interrogaran en la comisaría.
Sonríe y es la primera vez que veo por un instante al Nash de siempre.
—Sí, yo también. Supuse que deben de tener cámaras.
—Aún pensamos de la misma manera.
Su mirada se aparta de mí y se mordisquea el labio.
—No les dije que estuviste en el huerto de calabazas —lo informo.
—Lo supuse.
—Adi ha dicho algo hoy —le cuento, y cierro mis temblorosos dedos en dos puños. Noto como si todo mi cuerpo estuviera a punto de implosionar. Ahora sí que no me encuentro nada bien.
—Adi dice algo cada segundo de cada día.
—Me dijo que Zayn estuvo actuando raro la noche que íbamos a encontrarnos. Estaba todo el rato con el móvil y se marchó de golpe. Luego, como sabes, me recogió en el viejo cine.
Estoy hablando a toda prisa, pero él me sigue.
Nash frunce el ceño.
—No estoy segura de que no fuera él quien llamó a la policía. Aunque no sé por qué lo haría.
—Para protegerte —responde Nash.
—¿De qué?
—De mí —contesta sin inmutarse.
—No necesito que me protejan de ti.
—Díselo al pueblo, Penny. Yo ya lo sé.
—No tengo mucho tiempo.
—¿Has venido hasta aquí para decirme eso? Me podrías haber enviado un mensaje.
Inspiro hondo y me bajo el cuello del jersey para intentar refrescarme.
—Noto todo raro. Como si tuviera bichos por toda la piel y el estómago. No puedo comer ni dormir bien. O veo todos esos puntitos, o se me emborrona la vista. No sé cómo pararlo.
Tengo demasiado calor.
Él suspira como si sufriera.
—Déjame que te traiga una Coca-Cola. Estás pálida y en shock . Te llevaré lo más cerca del instituto que pueda para que tu padre no se entere de que te lo has saltado.
—Vale —susurro.
—Entra un minuto.
Parpadeo, sorprendida por la oferta.
—¿Qué? —pregunta él, con la sombra de una sonrisa en los labios.
—No creía que me permitieras entrar.
—Tú no eres la que tiene prohibida la entrada a las casas de la gente.
—Bueno, lo cierto es...
Asiente una vez.
—Cierto. No se te permite entrar en mi casa.
—Tampoco se me permite ir a ningún sitio sola.
—Te has vuelto tan cañera... —dice, y me hace un gesto para que vaya delante.
Logro dar dos pasos antes de que el mundo se vuelva negro.
Gimo e inclino la cabeza hacia un lado. El movimiento me provoca un dolor que me recorre todo el cráneo. Llevo la mano al punto más dolorido.
¿Qué ha pasado?
Un momento estaba andando y al siguiente estoy en el suelo con un dolor de cabeza mortal.
Pero ya no noto como si me ardiera cada nervio del cuerpo.
—¡Penny! Eh, no te muevas. —La voz suena lejana, flotante, agradable.
Parpadeo dos veces para aclararme la visión borrosa y miro hacia arriba.
Nash está inclinado sobre mí, con los ojos muy abiertos y el oscuro pelo caído sobre la cara.
—¿Estás bien?
—¿Qué ha pasado? —pregunto, y hago una mueca cuando mis dedos encuentran el origen del dolor.
—Te has desmayado. ¿Tienes bien la cabeza? No me ha dado tiempo de cogerte antes de que cayeras.
Con otro gemido, trato de incorporarme. Nash me pasa el brazo por la espalda y me ayuda a sentarme.
—Tengo un dolor de cabeza horrible, pero se me pasará.
—¿Estás segura? Solo ha sido un segundo, pero quizá tendrías que hacer que te vieran la cabeza.
—Solo me he desmayado. Estoy bien.
—Desmayarse no es estar bien, nena. ¿Cuándo fue la última vez que comiste? —pregunta.
Bueno, la comida y yo no estamos muy bien avenidas últimamente.
—Hum, no puedo recordar la última vez que comí de verdad. He estado picando lo que puedo —contesto.