El acecho 13 #2
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13 #2

Sin tener en cuenta el hecho de que puedo estar compartiendo el campo con todo tipo de bichos, sigo hacia la casa de Nash. Aún es solo un punto en la distancia, pero cada vez mayor. Será mejor que esté. Lo llamaría, pero no quiero darle la oportunidad de impedirme que vaya.

Campo a través, el aire es espeso y caliente a pesar del fresco que ha estado haciendo últimamente. No sé si es eso o la sensación de claustrofobia, como si el campo pudiera reaccionar y tragarme entera, lo que hace que me sienta débil.

El paso me falla un instante cuando me doy cuenta de que ese otro ruido que oigo no es un ratoncito correteando. Son pasos.

Es una persona.

Aquí, conmigo.

Me agacho, aunque soy más baja que el maíz, y escucho, buscando con los ojos cualquier tallo que se mueva en una dirección diferente a la de la brisa.

Quien sea que esté por ahí ¿habrá oído mis pasos? ¿Ha parado, como yo, para escuchar mejor?

Doy un cuidadoso paso atrás y llego al borde del maíz. De algún modo tengo que meterme más adentro sin que se note o se me oiga.

El corazón me late con demasiada fuerza, y hace que me resulte difícil oír algo que no sea mi pulso gritándome en los oídos, avisándome de que me marche. Respiro en silencio, lentamente, e intento mantener cualquier otro ruido al mínimo mientras me concentro en no hiperventilar.

Otro crujido atraviesa el aire y me da en la cara.

No me lo estoy imaginando. Alguien más anda por aquí. Recorro con la mirada el maíz y descubro que en un punto se separa de una manera diferente. El resto es uniforme.

Viene hacia mí.

Doy la vuelta y gateo por el suelo, con la esperanza de que cuanto más baja esté menos movimiento se transmitirá a lo alto del tallo. Giro la cabeza y miro hacia atrás para ver cuánto camino me queda. Aún puedo ver la abertura del sembrado, así que no me he adentrado lo suficiente.

Si yo puedo verlo, él podría verme a mí.

Esto no puede estar pasando.

Hoy me alegro mucho de llevar puestos unos vaqueros oscuros y mi abrigo negro.

Sigo adelante, avanzando lentamente entre los tallos; los empujo con cautela y ruego para que él no los vea. Me vuelvo y un grito se me atora en la garganta al ver algo negro ante mí.

El bajo de su abrigo está al mismo nivel que mi cara, burlándose de mí.

Tuerzo el cuello, alzo la mirada tapándome la boca con la mano y me trago un sollozo de alivio. Solo es un espantapájaros.

Los pasos se acercan, directos hacia mí. Vuelvo a arrastrarme hacia atrás, rodeando el espantapájaros, y las manos se me hunden en el barro. No sé si debo ir hacia la derecha o la izquierda. ¿Los pasos me conducirán hacia la parte vieja del pueblo o hacia la carretera?

El polvo del maíz flota en el aire y me invade la garganta cada vez que respiro.

El estómago se me retuerce al oír el roce contra el maíz y las pisadas se acercan. Quiero coger el espray de pimienta, pero lo tengo en la mochila, que está cerrada con cremallera. Si lo intento, podría oírme abrirla.

«Por favor, no me encuentres. Por favor, por favor, por favor».

Mi estúpida reacción instintiva es cerrar los ojos y desear estar en casa, pero tengo que prepararme para salir corriendo.

Saco el móvil del bolsillo torpemente y lo pongo en silencio con dedos temblorosos. Quizá debería llamar a Nash, pero no quiero arriesgarme a que me oiga.

¿Adónde debería ir? No tengo el coche aquí. Si corro, puedo llegar a casa de Nash en unos cinco minutos, pero tendría que ir por el maíz y sobre la valla.

Me pongo a cuatro patas, clavo los pies en el suelo y me preparo para correr. La carretera sería la elección más evidente, pero si no para ningún coche, es un buen trecho hasta el pueblo. La casa más cercana es la de Nash. La siguiente más cercana, la de los O’Neil, pero en dirección opuesta.

Siempre me nace por instinto correr hacia Nash.

El estómago me da un vuelco cuando alguien sale del maíz al claro. Puedo ver algo entre los largos tallos, pero a duras penas. Tampoco quiero jugarme la vida corriendo, pero tengo que salir de aquí como sea.

No necesito tener una buena visibilidad para percibir... la ropa oscura y la sencilla máscara blanca.

El asesino está aquí.

Conmigo.

Solos en un campo de maíz.

¿Hay algo más típico en una peli de terror?

El calor me pica en la nuca, y veo puntos negros bailando ante los ojos. Aprieto los labios y contengo un grito. Quiero estar lo más lejos posible de aquí, pero no sé cómo hacerlo sin alertar al asesino.

Si me ve, estoy muerta.

La persona enmascarada camina por el sendero y desaparece rápidamente. Desde donde me hallo, no puedo saber dónde está, pero oigo el roce, así que debe de seguir en el sendero.

Lo que significa que se dirige a la carretera.

Seguro que no es tan estúpido. Debe de llevar una mochila para guardar la máscara. Y no es un crimen llevar ropa oscura.

Espero otro minuto, hasta que no oigo nada, y luego me levanto a medias. Muy agachada, muevo el maíz suavemente, con cuidado de no hacer demasiado ruido.

Con manos temblorosas, separo los últimos tallos y saco la cabeza al sendero.

Nada.

El campo está quieto, en silencio y tranquilo. No hay ninguna señal de que alguna vez se cometiera un asesinato aquí.

Respiro hondo, doy otro paso y el corazón se me para.

El maíz que tengo delante se separa y el hombre enmascarado emerge.

Con el cuchillo en la mano, me mira.