El acecho 10 #2
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10 #2

—Pero te dejó tirada en el cine en plena noche, y estaba en el pueblo cuando encontraron a Noah.

—Guau, ¿de qué va esto? —pregunta Omar, y hace irse a alguien que intentaba sentarse en nuestra mesa—. ¿Te dejó plantada? Mierda, chavala, ¿sigues escapándote de casa para verlo?

—No, no desde hace unos cinco meses. Esa era la primera vez que se suponía que nos íbamos a encontrar, en el Benji’s, y él no se presentó.

—Entonces, Zayn no fue el que oyó el ruido, ¿verdad?

—No, fui yo —admito—. Zayn me llevó a casa.

—Lo llamaste a él y no a mí. Auuu.

—No lo llamé. Me estaba siguiendo.

—¡No te estaba siguiendo! Sabía que seguramente estarías haciendo algo estúpido, así que comprobé tu localización. ¡Y tenía razón!

Omar nos mira a uno y al otro con la boca abierta mientras intenta no perderse. Creo que también está un poco molesto de que no se lo haya contado antes.

—Vaya, tíos, tenéis que ponerme al día.

Y lo hago. Durante los siguientes treinta minutos, le contamos a Omar todo lo que ha pasado, y hablamos de cómo ayudar a Nash. Entonces cogemos los palitos de pan que Omar tenía que haberse comido para ver quién saca el más corto. Le toca a Zayn explicárselo todo a Adi.

—¡Eh! —exclama Zayn, y me da en el brazo mientras yo miro a ninguna parte. Estoy sentada en un banco de aparcamiento del insti, abrigada contra el aire fresco. El día ha avanzado lentamente a pesar de todo lo que ha pasado.

—Hola.

—¿Vienes? Es hora de ir al huerto de calabazas.

—Estoy esperando a Adi. Está hablando con el señor Kelty sobre su castigo de la hora de la comida. Al parecer, él quería que se disculpara por cómo le había hablado ella.

Zayn pone los ojos en blanco.

—Vale, pues primero voy corriendo a casa un momento, así que nos encontraremos allí.

—¿Dónde está Omar?

—Intentando ligar con Mae otra vez. Cree que ella le ha estado haciendo ojitos desde que la defendió durante la comida.

—¿Ojitos?

Él niega con la cabeza, riendo.

—Ni idea. Probablemente, Mae está tratando de averiguar por qué él no para de mirarla. Te veo luego.

Cinco minutos más tarde, Adi se acerca pisando fuerte y con el ceño fruncido.

—Es el tío más aburrido del planeta. La voz monótona. La mierda esa de «dónde está tu respeto por la autoridad».

—¿Huerto de calabazas? —le pregunto, sin hacerle caso.

—Sí, por favor. Voy a tallar una que se parezca a su cara y luego la reventaré.

—Tú sigue así de subida...

Vamos en coche desde el instituto al huerto de calabazas y nos unimos a una corta cola de coches que van entrando en el campo. Nubes grises se amontonan en el cielo. No ha pasado un solo año sin llover desde que vivo aquí.

Durante todo el viaje, Adi me ha estado preguntando sobre la casi pelea con Ruby, y me ha dicho lo orgullosa que estaba de mí, y lo que le fastidiaba no haberlo visto.

—¿Este año vas a tallar o a pintar? —pregunta Adi.

—Pintar.

—Hundir un cuchillo en algo ya no es lo mismo que antes, ¿verdad?

—Muy sutil, Adi.

Aparco en el enorme campo lleno de barro y respiro hondo. El año pasado el coche se me quedó atascado y Nash tuvo que remolcarme. No teníamos ni idea de lo mucho que las cosas iban a cambiar tan solo dos días después.

Hay gente disfrazada paseándose y eligiendo las calabazas. El estómago se me retuerce al pensar que podría ver de nuevo la máscara de Jackson. Pero no creo que, sea quien sea, se moleste en venir aquí. Sería estúpido hasta intentarlo.

Hay fardos de heno apilados y cubiertos de arañas gigantes. Maniquís de personajes de Halloween con máscaras, payasos, fantasmas y vampiros, se encuentran repartidos casualmente por el campo. De un vistazo he contado diez.

—¿Has visto los tiktoks de Ruby de anoche? —pregunta Adi—. Son para flipar. Hablaba de Karter y Nash.

—¿Por qué de Nash? —pregunto mientras salgo del coche—. Es inocente.

Las botas se me hunden en el pegajoso barro.

Adi cierra mi puerta con ímpetu.

—Vete tú a saber. También mencionó a Grace; decía que probablemente estaría compinchada con Karter, ya que salieron juntos.

—Salieron durante una semana, hace como dos años.

Pienso en el misterioso novio de Grace. Quizá Karter y ella hayan vuelto...

—Eso es lo que un montón de gente decía en los comentarios. Se puso tan furiosa que lo borró todo. —Se me cuelga del brazo—. Odio los martes. No tenemos clases juntas y el castigo durante la hora de comer ha sido muy aburrido sin ti.

—Bueno, pues piénsatelo antes de volver a decirle a un profe que es un idiota.

—Pero es que es un idiota. Eh, ¿chocolate caliente?

—Sí, estoy helada. —Me froto mis enguantadas manos.

La cola es corta, pero tardamos casi diez minutos en conseguir nuestro chocolate caliente. Nos arrimamos y pedimos dos vasos grandes. Regularmente, el altavoz que hay junto a los carritos de comida lanza un grito. Adi y yo nos reímos cada vez que alguien se sobresalta al pasar por delante.

—Vayamos primero al laberinto. Los chicos acabarán encontrándonos.

—Claro.

No quiero quedarme mucho ahí fuera, por si llueve.

Quiero recorrer el laberinto, pintar una calabaza, comprar pastelitos frescos e irme a casa.

Aunque el asesino de Noah haya sido atrapado, no ando con muchas ganas de fiesta.

No olvidemos que ha habido una muerte. Noah no va a poder tallar una calabaza ni comerse un puñado de caramelos.

—¡Oh-Dios-mío! ¡Penny, mira! —exclama Adi.

Sigo su mirada. Billy, el tío que le gusta.

Ahoga un grito cuando él mira hacia nosotras y rápidamente se vuelve, para quedar de espaldas a él.

—¿Viene hacia aquí? Me voy a morir, Pen. ¿Está viniendo?

—Lo estás haciendo de pena, y sí, está viniendo. ¿Quieres que me vaya?

Abre mucho los ojos.

—¡No te atrevas!

—Hola, Adi. Y Penny.

Soy una coletilla.

Adi se vuelve hacia él, y puedo notar sus nervios.

—Hola, Billy.

—¿Y... vais a entrar en el laberinto? —pregunta él.

—Adi estaba a punto de hacerlo, pero yo estoy esperando a alguien —contesto.

Ella me lanza una mirada que me podría haber matado, pero sé que los dos son supertímidos cuando se trata del otro. Eso significa que a ella le gusta mucho, porque Adi no es normalmente una persona reservada.

—¿Ah, sí? ¿Quieres que entremos ya? —pregunta Billy.

A Adi se le ponen las mejillas igual de rojas que su pelo mientras asiente.

—Divertíos —les deseo sonriendo.

Adi me matará después si se pasan todo el rato en medio de un silencio incómodo.

Los veo irse y espero un par de minutos antes de entrar yo. El maíz se alza muy por encima de mi cabeza. El laberinto siempre es enorme, cientos de personas pueden estar en él, pero puede que solo veas a un par.

Sin hacer caso de la sensación de soledad que me produce entrar sin nadie, tuerzo a la derecha y pego un brinco al darme de cara con un maniquí payaso.

No me mola. Me he metido en un camino sin salida.

Esto no es ni mucho menos tan divertido sin mis amigos.

Estaríamos charlando, riendo y bromeando.

Omar iría delante, fingiendo que sabe por dónde ir.

Adi y Zayn se burlarían de él sin piedad cada vez que nos metiera en un camino sin salida, y Nash y yo los seguiríamos, flirteando y sin importarnos cuánto tardáramos en salir.

Me doy la vuelta y dejo al odioso Pennywise detrás, e inmediatamente me meto en otro callejón sin salida. Mientras cojo otro camino, oigo un crujido a mi espalda. Parte del maíz está quebrado e inclinado por donde otros han hecho trampa.

Giro la cabeza hacia atrás y observo, a ver si pillo al tramposo. Unos segundos después, nadie ha salido por ahí, así que sigo adelante.

Los tallos de maíz bailan sobre mí, agitados por un fuerte viento. Hace más frío que el normal para octubre, como si el tiempo supiera que hemos tenido otra muerte en el pueblo.

Este año, el otoño no parece el mismo.

El crujido, esta vez delante de mí, me sobresalta. No puede ser el viento.

Oigo pasos.

Estiro el cuello y miro al otro lado de un recodo para ver quién hay ahí. Oigo voces desde todas las direcciones, pero no puedo localizar el origen de los pasos que se acercan.

—Hola —digo mientras palmeo el maniquí que tengo al lado—. Por aquí no hay salida... solo estamos mi amigo Drácula y yo.

No hay respuesta.

Mierda.

El corazón me golpea con más fuerza mientras los pasos resuenan y el maíz se inclina frente a mí como si alguien lo estuviera empujando.

Pego un bote hacia atrás justo cuando Nash atraviesa la pared improvisada.

«Oh, Dios mío».

Sus ojos se clavan en los míos y se queda inmóvil durante un segundo. Entonces, no está aquí para verme a mí; la expresión de sorpresa en su cara me dice todo lo que necesito saber. Piensa que debería haber tomado otra ruta. O no haber venido.

Me quedo con la boca abierta y miro alrededor.

—Nash, ¿qué estás haciendo aquí?

—Recorrer el laberinto. Como cada año.

Pero este año nada es igual. El año pasado, al menos tuvimos un poquito de Halloween; ahora no tenemos nada.

Me apresuro a hacerle todas mis preguntas, antes de que pueda salir corriendo en la otra dirección.

—¿Estás bien? No viniste. Zayn y yo estábamos preocupados.

Frunce el ceño, entrecierra los ojos y se lleva las manos a la espalda. Me tomo un segundo para pensar en lo que pasó en el tiempo que transcurrió entre que yo lo llevé a casa en el coche y él me dejó plantada.

—¿Lo estabas? —pregunta.

—¡Sí! —Me acerco un paso y él se tensa visiblemente; no quiere tenerme cerca.

Es como la noche y el día, comparado con cuando se subió voluntariamente a mi coche.

—¿Qué está pasando? Estoy tan perdida... Ya sé que las cosas están raras entre nosotros, pero creía que íbamos a hablarlo. La otra noche estuve esperando fuera del Benji’s. ¿Por qué no apareciste?

—¿Por qué no aparecí? ¿Lo dices en serio, Penny?

—Sí, lo digo en serio. ¿Qué está pasando? No tengo ni idea de lo que insinúas.

Él va a marcharse, pero le bloqueo el paso e intento no prestar atención al chasco que siento cuando él retrocede un poco, como si yo le pudiera dar una descarga eléctrica si me acercara demasiado.

—Nash, por favor. Dime qué pasa. ¿Por qué no viniste?

Parpadea dos veces mientras inclina la cabeza.

—De verdad que no sabes...