9 #3
A los tipos de blanco no se los ve por ninguna parte. La línea de árboles que rodea el espacio los disimula perfectamente.
—Vámonos, ya estoy harta —digo. La ansiedad de que vuelva a ocurrir algo me hace querer salir.
—Muy bien; de todas formas, esto ha sido un poco chorra.
Nos giramos y entonces el chirrido resuena de nuevo. Pego un bote y algo nos golpea una y otra vez; el viento arrastra lo que sea eso y lo hace girar por la sala como un tornado. ¿Hojas? ¿Hojas falsas?
Sacudo las manos cuando me vuelan hacia la cara. Los de blanco saltan de nuevo desde sus escondites, dando botes espasmódicos, y vuelven a desaparecer bajo el suelo.
A través de las hojas y de mis brazos moviéndose, veo algo en un rincón de la habitación que me envía puro hielo por la espalda. Me tambaleo de lado, al intentar poner toda la distancia posible entre él y yo, y me choco con Omar.
—¡Allí! —grito.
—¡Ya los veo, Pen!
Abro la boca para decirle que no son los tipos de blanco, que es la máscara de Jackson, pero otro crujido estalla en la sala.
Agito los brazos mientras el viento arrecia, y llego hasta Omar para salir de aquí. Cuando miro hacia atrás, la máscara ya no está.
¿Adónde se ha ido?
No quiero volver a verlo nunca, pero sé que está aquí, y si lo pierdo de vista, podríamos morir.
—¡Omar! —grito mientras me giro; veo manchas blancas: unas hojas ligeras como plumas me cubren la cara. El estómago se me pone del revés.
Él pone la cabeza contra mi hombro y ríe.
—Me encanta esta sala.
—Bueno, pues a mí no y tenemos que salir de aquí.
Lo empujo hacia la puerta... que resulta ser una pared. Al otro lado de la sala hay otro espacio entre la línea de árboles y ahí debe de estar la puerta.
Miro por encima del hombro hacia el rincón donde estaba la máscara y se me escapa un grito porque la veo de nuevo. Es solo un destello porque vuelve a esconderse, pero estaba ahí.
Agarro a Omar y corro hacia delante arrastrándolo. Clavo la vista en la silueta de la puerta frente a nosotros.
Corro demasiado deprisa, con lo que me resbalo y me estrello contra la puerta. Omar se ríe, mientras dice: «Tranqui».
La mano me tiembla en el pomo. Miro hacia atrás mientras empujo la puerta para abrirla, y veo que los de blanco vuelven a esconderse.
En cuanto la puerta se abre, el viento se detiene, como si alguien hubiera apretado un interruptor.
Salgo a trompicones y me llevo la mano al corazón, que me está golpeando dentro del pecho. Mi pulso y mi respiración son demasiado rápidos.
—¡Qué locura! —exclama Omar mientras se va sacando hojas del pelo.
—Había alguien en el búnker con una máscara blanca —digo cuando consigo volver a respirar—. ¿Alguien más lo ha visto? ¿Omar?
Se encoge de hombros.
—Vi todas esas cosas raras blancas.
—Estaba demasiado ocupada siendo aterrorizada por los del traje blanco —contesta Adi—. ¿Qué eran? Además, había gente con máscaras por todas partes.
—Vale.
Nadie más lo ha visto, y yo lo he visto tres veces.
¿Y si está solo en mi cabeza? Eso es justo lo que necesito ahora.
Después de una hora y cuarenta y cinco minutos de puro miedo, gritar hasta desgañitarme y pensar que me estaba volviendo loca, siento un gran alivio al llegar al final, donde puedo comer y esperar a que el ritmo de mi corazón se ralentice.
—¡Esto ha sido estupendo! —dice Adi.
Me voy directa al puesto del ponche.
—Necesito un trago pero ya; me arde la garganta.
El ponche es el mismo de siempre, una especie de mejunje rojo con burbujas que sabe a cereza y a algo más, inidentificable.
Los chicos van directos a por la comida, así que podemos pasar por la cola más deprisa. El cartel que dice HAS SObrEVIVIDO AL FESTIVAL DEL GRITO está rodeado por docenas de grupos que quieren hacerse fotos.
Nosotros siempre nos la hacemos al final, cuando ya no estamos hambrientos y sedientos.
—Adi, ¿alguien te agarró cuando estabas ahí dentro? —le pregunto mientras llevamos cuatro copas de ponche a la mesa de pícnic que los chicos han ocupado. Sin duda tienen hambre, porque hay perritos de maíz, macarrones con queso, pastel y nubes cubiertas de chocolate blanco con caritas de fantasmas.
—No, no pueden hacerlo. Pero yo casi le doy una patada a uno de esos bichos raros enmascarados que bailaban a nuestro alrededor.
—Ya.
Le paso a Zayn un vaso de ponche y me siento.
—Penny dice que alguien la ha agarrado —dice Adi a los chicos.
Zayn alza sus negras cejas.
—¿De verdad? ¿Queréis que se lo digamos a alguien?
—Deberíamos. No pueden tener gente que te vaya cogiendo —dice Omar.
—No, no pasa nada. Además, ahí dentro como que nos agarramos los unos a los otros, quizá solo fuera eso. No quiero que ningún actor tenga problemas por una tontería.
Adi se encoge de hombros.
—Puede ser. Yo creo que he arañado a Omar unas cuantas veces.
Este alza la mano, donde tiene tres arañazos.
—¿Solo lo crees?
Me siento, inquieta, y los escucho bromear.
A mí me han agarrado, y no me estaba imaginando lo del doble de Jackson.
Ni esta vez, ni en la calle la otra noche.
Puede que no haya ningún asesino imitador, pero hay alguien por ahí que va vestido como él.
Pero ¿por qué?