8
Salto hacia delante, me doy contra alguien y grito de nuevo.
—¡¿Quién eres?!
—¡Corred! —grita Zayn desde algún otro punto del edificio. No sé qué luz es la suya. ¿Y contra quién me he dado?
Alzo el móvil ante mí cuando una mano me agarra la muñeca.
—¡Penny! —exclama Adi. Sus aterrorizados ojos se le salen de las órbitas mientras me clava los dedos en la muñeca.
—¡Oh, Dios mío, Adi!
—No puedo ver nada, y tengo el móvil en el bolso —dice, mientras se arrima a mí, temblando.
—¡Para! —grito—. Parad todos. No puedo oír nada.
—¿Por qué seguís ahí arriba? —pregunta Zayn. Su voz llega desde el piso inferior. La luz de su móvil nos ilumina desde abajo. Se ha dado mucha prisa en bajar.
—No creo que sea una persona —explico—. Es exactamente el mismo ruido una y otra vez, como una máquina o una grabación.
—En serio, Penny, vámonos. No me importa saber qué produce ese ruido. —Adi se aparta de mí y oigo sus pasos mientras intenta bajar por la escalera.
—Espera ahí, Penny. Vuelvo a subir —dice Omar.
—¿Estáis locos los dos? ¡Vámonos! —sisea Adi, y su voz flota desde abajo. Ha conseguido llegar junto a Zayn.
Omar me toca el brazo.
—Respeto que te vaya lo del poder de chicas...
—Poder de mujeres.
—Tienes diecisiete años, pero, por supuesto, poder de mujeres, en todo caso, por favor, ¿te importaría quedarte detrás de mí cuando entremos ahí?
—Eres muy majo, y sí, me quedaré detrás de ti. Mi héroe.
Llego a ver cómo pone los ojos en blanco ante mi sarcasmo.
Voy con él, medio paso por detrás, como me ha pedido, y nos acercamos a la sala de personal. La acelerada respiración de Omar se sincroniza con la mía.
—Si morimos, solo quería decirte que eres el mejor amigo que se puede desear.
Omar ríe por lo bajo.
—Sí, pues lo mismo.
Estira la mano y gira el pomo. Empuja la puerta con fuerza, da un paso atrás, y se me lleva trastabillando con él.
Ahogo un grito y corrijo el paso antes de caerme de culo.
—¿Qué? —suelto, con el corazón saliéndome por la boca—. ¿Qué pasa?
—Nada, todo bien. He retrocedido por si acaso.
—¿En serio? ¡Me has dado un susto de muerte!
—¿Qué está pasando ahí arriba? —pregunta Zayn—. Adi me está aplastando las costillas, y creo que preferiría ir a pescar un pato zombi a esto.
Y no es el único.
—Vamos a entrar —contesta Omar, y avanza.
Lo sigo mientras iluminamos la habitación.
No hace falta, porque hay una ventanita con una tabla que se ha medio caído, y deja entrar un triángulo de luz natural.
Estamos solos.
—Aquí no hay nadie —dice Omar.
—Nadie, y mira. —Señalo hacia una estantería de metal. Está apoyada en la pared que queda detrás de nosotros, encajada contra la pared adyacente, cayendo con lentitud. Unos profundos surcos en el cemento muestran su camino desde donde solía estar.
Una ráfaga de viento helado silba al pasar por el vidrio roto. Una carpeta cae del estante; toda la estantería vuelve a moverse y araña otro centímetro de cemento. Sobre el suelo hay pilas de papeles y cajas. Han estado cayendo desde hace tiempo.
Omar me lanza una mirada y señala la estantería con el pulgar.
—¿Este es nuestro asesino?
Me echo a reír y mi corazón recupera su ritmo normal.
—Soy tan estúpida...
—Todos lo somos. Pero ¿quién nos va a culpar? Hemos visto mucha muerte por aquí.
En todos los pueblos hay muerte. No en todos hay asesinatos. Por eso se nos conoce ahora. Nuestra bonita población rural dedicada al cultivo de maíz es también el hogar de un asesino en serie.
—¡¿Penny?! ¡¿Omar?! —grita Zayn—. En serio, que ya tengo cinco costillas rotas.
—Qué exagerado, Zayn. Ya bajamos —avisa Omar.
Hago una foto de la estantería para demostrar que el ruido no es nada de lo que preocuparse. Como si pensáramos que un asesino estaba ahí arriba, afilando su hacha en las paredes.
Omar y yo salimos de la habitación y bajamos con los otros.
Les enseño la pantalla de mi móvil.
—Era esto.
—¡¿Estás de broma?! —grita Adi—. Me vuelvo a la plaza.
Suelta a Zayn, y este se frota el pecho con el ceño fruncido.
Ya en la calle, nos quedamos en silencio. No sé ellos, pero yo me siento bastante avergonzada y deseando no haber reaccionado tan exageradamente.
¿Por qué iba un asesino en serie a hacer tanto ruido?
—No es él —dice Zayn mientras volvemos a quedarnos un poco más atrás de Adi y Omar.
—Ya.
—Pero eso es bueno, Penny. ¿Por qué pareces tan rayada?
—No, no lo estoy. Por supuesto que estoy contenta de que él no esté escondido ahí dentro planeando mi muerte. Pero ¿qué está haciendo?
—No te estreses. Ya nos enteraremos, ¿vale?
Asiento con la cabeza, pero no estoy tan segura, porque Nash ya no me quiere en su vida. Él le podría pedir a Zayn que no volviera a hablar de él conmigo y este respetaría su deseo.
Volvemos a la plaza y en el aire resuena Thriller , excitación y aprensión.
—¿Adónde se van todos los reporteros? —pregunta Adi.
Observamos a los dos últimos irse en las furgonetas mientras los grupos de residentes aumentan.
Los juegos en la plaza han parado, la feria ha quedado desierta por lo que sea que haya ocurrido, pero la música continúa.
—¿Creéis que ha pasado algo? —pregunta Zayn.
Omar resopla y contesta, cargado de sarcasmo.
—No, es que han oído que hay una oferta de café en el Jay’s Mart.
Adi suelta un grito ahogado.
—¿Otro asesinato?
—Nada de eso —dice Ruby, la reina de la mezquindad. Se nos acerca por detrás, del bracito con sus amigas, todas vestidas de gato, con medias de rejilla y bodis negros muy ajustados al cuerpo—. Acaban de arrestar a Karter. ¿Te lo puedes creer? Porque yo sí.
—¿Qué?
¿El vago de Karter, el hijo de la señora Vanderford? ¿El mismo con el que me siento en mates? ¿Ese Karter?
Ruby pone los brazos en jarras.
—Karter mató a Noah. Quiero decir, era tan evidente... Se odiaban y se peleaban casi todos los días. Ayer se lo conté a los polis, pero han tardado un día entero en darse cuenta de que yo tenía razón. —Mueve el dedo en círculo—. Vamos. Quiero uno de esos murciélagos de Squishmallow.
Omar y Zayn se ponen ante Adi y yo.
—Lo hizo Karter —dice Zayn.
—Eso es lo que creen —contesto yo—. Quiero decir, eran rivales en el fútbol, y Karter le odiaba por salir con Rebecca justo después que él. Pero ¿de verdad mataría a Noah por ella? Ha salido con la mayoría de las chicas de la escuela.
Omar se encoge de hombros.
—¿Y por qué lo van a arrestar si él no fue?
—Sus padres son los dueños de la tienda de disfraces. Tiene sentido —dice Adi.
Niego con la cabeza.
—Realmente no. ¿Crees que tiene sentido que deje el cadáver en la tienda de su madre? ¿Donde él mismo trabaja? Yo elegiría un lugar menos sospechoso.
—Pero yo no sé cómo piensan los asesinos —replica Adi, y se marcha. Ya ha tenido más asesinatos y conversaciones que dan miedo de las que necesita por un día. Omar corre tras ella, y le dice que le comprará un prétzel dulce para animarla.
Zayn y yo nos vamos hacia otro lado; no nos apetece comer nada.
—Así que no es un asesino imitador —comenta Zayn—. Nash ya puede estar tranquilo. Esto es bueno, Pen. Deberías alegrarte.
—Sí —susurro, sonriendo—. Lo es, más que bueno. ¿Crees que ya sabrá lo de Karter?
Inclina la cabeza hacia un lado.
—¿Y tú crees que pasarán más de diez minutos antes de que la noticia corra por todo el pueblo?
—Tienes toda la razón.
—Deberías enviarle un mensaje.
—Pensaba que ibas a decirme que lo harías tú.
—Ya iré a verlo luego. Tú le escribes ahora. Te encuentro junto al puesto de dardos de vampiros.
—Vale —mascullo mientras me siento en un banco helado.
Penny: ¿Has oído que han arrestado a Karter por el asesinato de Noah?
Lo cierto es que no espero que me responda, porque es evidente que ya no es un gran fan mío, pero aun así miro a ver si abre el mensaje. Aún no ha leído los de ayer. Podría leerlo cuando le salte la notificación.
Penny: Todos saben que tú no lo hiciste.
Debería dejar de enviarle mensajes ya. Parezco desesperada, y lo más seguro es que a él no le haga ninguna gracia.
Este será el último.
Me pongo en pie, me meto el móvil en el bolsillo trasero y me voy a buscar a Zayn.
—Por tu expresión de entusiasmo diría que no te ha contestado —dice Zayn cuando me uno a él en la cola del juego de dardos.
—No. No pasa nada, supongo. No quiere nada de mí y tengo que respetarlo. No iré contigo hoy, y no volveré a contactarlo.
Alza una ceja.
—¿Pero?
—No, nada de peros. Hemos acabado, así que ya paso. Te voy a machacar con los dardos, ¿sabes?
Todavía no lo he conseguido, pero fingir que sí es el primer paso, ¿no?
—Oh, quieres pelea, Pen. Eso me gusta.
Zayn y yo jugamos dos partidas de dardos y luego vamos a buscar a Adi y a Omar.
La sensación de shock y tristeza no se va, pero hay un claro alivio en el aire al saber que no tenemos otro asesino en serie. La familia de Noah tendrá justicia y todos estamos a salvo.
Hablo con mis padres, que están superaliviados de que el asesinato de Noah fuera un incidente aislado y haya sido resuelto.
Mi madre ha suspirado durante unos cinco segundos enteros.
Se sienten un poco menos mal por estar fuera esta noche, aunque no aceptan decir a los vecinos que bajen la guardia, así que probablemente tendré como diez comprobaciones.
Ramos de flores adornan la puerta de la tienda de disfraces, colocados ante la pila de calabazas, pero hay menos que esta mañana. ¿Qué...?
—¿Hay alguien que las está robando? —pregunto boquiabierta.
—No, mira, las han llevado a aquel banco —contesta Zayn, y señala un banco en la esquina de la plaza.
—Porque el hijo de los propietarios fue quien lo mató. Tiene sentido, supongo. Los padres de Noah no querrían ver flores en el exterior de la tienda.
Adi y Omar están sentados en un muro, comiendo de una bolsa de dulces.
—Me largo —dice Zayn—. Ya nos vemos.
—¿Adónde vas? —pregunta Omar.
—Tengo que hacer un recado para mi madre —contesta él—. Os veo en el insti mañana. ¿Seguimos yendo al Festival del Grito después?
—Pues claro —contesta Adi.
—Hasta luego, tío —masculla Omar con la boca llena de maíz dulce.
Se me revuelve el estómago y aparto la vista. El maíz dulce me hace pensar en dientes podridos, por lo que no puedo ni mirarlo. Qué asco.