6 #2
—Eso no me lo ha dicho. Parece que todo se acabará pronto.
—Pero no tienes que quedarte sola, como ha dicho tu madre —me dice mi padre mientras mete carpetas en su maletín.
Ambos tienen que trabajar a tope durante los próximos dos días, porque están tratando de cerrar un trato en la ciudad. O algo así. No hablan mucho de sus aburridos trabajos en los seguros. Solo sé que están fuera mucho tiempo cuando los contrata alguna de las grandes compañías.
—Tenemos que irnos, cariño —dice papá a mamá—. Penny, ¡nunca sola! Te iremos contactando, y si alguna vez no contestas ni respondes por escrito, volveremos a casa.
Me gustaría poner los ojos en blanco, porque esa amenaza la he oído ya muchas veces. Lo que hacen es enviarme al vecino. Pero nunca había habido un asesinato estando ellos fuera. El año pasado se encontraban en casa para Halloween.
—Contesta o escribe —repite mi madre. Me besa en la frente y coge un puñado de cosas que necesitan.
—Lo haré. Os veo mañana.
—¡Y ten la puerta siempre cerrada! —insiste mi padre, y vacila un momento.
—Ya lo hago, y estaré bien. ¡Lo prometo!
—Los vecinos estarán al tanto de ti.
Le saludo a lo militar mientras él se vuelve para salir de casa.
De ninguna manera se irían si pensaran que el asesino de Noah es algún tipo que está a punto de lanzarse a cometer una masacre. El vecino que les ha dicho que la poli está a punto de hacer un arresto debe de estar en lo cierto. Es evidente que mi padre confía en él.
La puerta se cierra y por fin estoy sola. Eso debería asustarme, sobre todo después de anoche, pero toda esa atención de mis padres me pone más ansiosa. Tendré la casa cerrada y aparcaré en el garaje para no tener siquiera que caminar entre el coche y la casa.
Solo por si resulta que no es un incidente aislado.
Nunca estuve en el grupo de Noah. Era bastante estúpido y tenía cero respeto por su madre o cualquier otra persona, pero no se me ocurre quién podría estar tan resentido con él. Desde luego, nadie lo estaba tanto como para matarlo, eso seguro.
Como no puedo seguir el consejo de Zayn y dejar a Nash en paz, le envío otro mensaje. Llegados a este punto, mi autocontrol es inexistente.
Penny: ¿Estás bien? Zayn también está preocupado.
Dejo caer el nombre de Zayn para quitarme protagonismo, y espero que esto haga que Nash conteste. No sé si Zayn le dijo a Nash que no quiere que yo sepa que han hablado.
Daría cualquier cosa por saber de qué hablaron. Deben de haber hablado de mí en algún momento, a no ser que Nash se negara a mencionarme. Aunque la última vez que hablaron, yo había rechazado la proposición de Zayn, así que seguramente él tampoco querría hablar de mí.
Creo que no podía haberlo hecho peor aunque lo hubiera intentado.
Me levanto y envío un mensaje a nuestro grupo, para hacerles saber que estoy a punto de salir hacia la cafetería. Tengo hambre y lo cierto es que necesito comer. Las tortitas de Gina’s son las mejores; solo espero poder controlar mi estrés el tiempo suficiente para comérmelas.
Tengo algo nuevo que me retuerce el estómago desde anoche. Esta sensación de mal rollo que me está devorando por dentro.
Otro asesinato. El tío parecido a Jackson. La persona enmascarada en la calle. Alguien dentro del cine. Las mentiras y el plantón de Nash.
El cine Benji’s. ¿Y si era Nash el que estaba haciendo ruido allí?
No, eso no tiene ningún sentido.
No es malvado ni estúpido.
Como dijo Zayn, está dolido y furioso.
Agarro el móvil y las llaves, y me dirijo al garaje con la necesidad de distraerme de tanta muerte.
Las puertas enrollables se elevan y salgo marcha atrás. Observo cómo se cierran, algo que normalmente nunca hago. Parece una buena idea asegurarme de que nadie con una máscara y un cuchillo en la mano se cuela ahí dentro mientras bajan, para esperar mi regreso.
La plaza del pueblo está más concurrida que de costumbre, incluso para ser la feria de Halloween. Todo el mundo está por la calle cotilleando. Encuentro un sitio en el parking y cruzo la calle. Hay murciélagos colgados de las farolas y dos de los altavoces susurran música de miedo.
Hay gente por todas partes; en grupos fuera de las tiendas y sentada en los bancos. Muchos están disfrazados, más que de costumbre. La mayoría son jóvenes y están disfrutando en silencio.
Las furgos de las noticias están aparcadas en la calle y los reporteros pululan como buitres, alimentándose del dolor de la ciudad.
Rodeo a un grupo vestido con batas grises y máscaras de miedo. Hay un par que reconozco como de primer año, por su corte de pelo especial, pero los otros llevan máscaras que les cubren toda la cabeza. Ríen y se empujan unos a otros.
Aprieto los dientes y los adelanto, y oigo a un grupo de mujeres de la edad de mi madre chismorreando sobre los Whitmore.
—¿Sabíais que ahora la casa pertenece a sus hijos?
—Toda esa tierra, con la que pueden hacer lo que quieran.
—Y todos sabemos lo que están haciendo.
—Al chico lo vieron en la plaza ayer.
Aprieto los puños y los meto en los bolsillos de la sudadera. Una de ellas me mira a los ojos cuando paso. Carraspea y le da un toque a su amiga. La sutileza no parece ser su fuerte.