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Mi madre y mi padre me han estado agobiando toda la tarde, hablándome de medidas de seguridad...
y con eso quiero decir que me han dicho todo lo que puedo o no puedo hacer y me han ofrecido empezar a ver a un psicólogo.
Han hecho falta unos cuantos bostezos muy exagerados para que finalmente me dejaran irme a la cama.
Los he oído seguir mi ejemplo poco después.
Entonces he esperado; he estado mirando Netflix en el móvil hasta casi la medianoche.
A menos diez, me he puesto los zapatos, he abierto la puerta trasera y he salido al patio de atrás.
La ventana de mis padres da a la parte delantera de la casa.
A mi padre siempre le ha gustado; dice que así puede ver si alguien se acerca.
No tiene ni idea de lo bien que me va eso cuando me escabullo.
Camino pegada a la pared rodeando la casa y me tapo la boca con la mano mientras retrocedo sobresaltada al ver la silueta de algo grande en mi patio. Un grito casi se me escapa de la garganta; eso sí que me habría metido en un buen marrón.
El blanco de los ojos del puto hombre lobo reluce bajo la luz de la luna.
Solía ser mi decoración favorita de Halloween. Sabía que estaba allí porque ayudé a colocarlo, pero aun así me ha pegado un susto de muerte.
Ahora odio esa cosa.
Cuando vuelva a casa, tengo que acordarme de que está ahí. Junto con los estúpidos esqueletos y las estúpidas lápidas.
Ya he tenido más que suficiente de esta fiesta.
Vaporosas telarañas de mentira van de rama a rama de los árboles perfectamente cuidados de mi padre. Abro mucho los brazos y rompo unas cuantas, con el corazón aún acelerado por el susto, y paso de puntillas ante la fachada de la casa.
¿Cómo es que alguna vez me gustó esta fiesta?
Mi padre hasta ha recortado el pequeño seto dándole forma de calabaza. Me contengo para no darle una patada. Si le causo algún daño, él podría notarlo. O algún vecino. Porque hay un grupo del barrio que te mete en el buzón educadas notas cargadas de mala leche si no cuidas bien el jardín.
Somos un pueblo mono y muy unido... acosado por el asesinato.
Solo tardaré unos cinco minutos en llegar caminando hasta el antiguo cine, pero me he dado un tiempo extra para salir de casa. Y para ser sincera, quería estar allí antes y ver llegar a Nash.
Esto suena un poco extraño, pero no me gusta que me observen.
No después de lo de Jackson. Hubo veces que estuve a solas con él, cuando llegaba a casa de Nash antes de que volviera del entrenamiento de fútbol.
Jackson nunca me hizo sentir incómoda, pero después de que lo arrestaran, no podía evitar ponerme nerviosa al pensar en lo fácil que le hubiera sido matarme.
Me sentaba a la mesa de la cocina mientras él me preparaba chocolate caliente y un sándwich. Charlábamos sobre el instituto o el piano. Todo el rato, él podría haber estado fantaseando con clavarme un cuchillo en las tripas.
Solo después de recorrer media manzana desde casa, me doy cuenta de la increíble estupidez que estoy cometiendo al caminar sola por el pueblo en plena noche. Pensar en Jackson no me está ayudando a sentirme mejor.
Hoy han asesinado a una persona, y cada casa ante la que paso tiene algún tipo de personaje de miedo en el patio. Es como un paseo infinito por una casa encantada. Mantengo la cabeza gacha y avanzo en la fría y silenciosa noche.
Cualquiera de esos patios sería un lugar ideal para que se ocultara un asesino. Escondido a plena vista.
El corazón me late con más fuerza mientras acelero el paso, y me voy imaginando situaciones en las que un asesino en serie sale del patio de alguien y comienza a seguirme.
Tuerzo la esquina y miro en ambas direcciones; estoy respirando como la vez que intenté correr una maratón de diez kilómetros.
Las farolas decoradas hacen que el pueblo no esté completamente a oscuras.
La luna brilla, y se refleja en los escaparates y en los charcos que ha dejado el chaparrón de hace una hora.
Casi he pasado ya todas las casas. Solo me quedan unas pocas, y dejaré de ver tantas estatuas de miedo. No puedo tomar un camino más directo por culpa de las estúpidas cámaras en los timbres de la gente.
«No te muevas, no te muevas, no te muevas», les pido en mi cabeza a las decoraciones de Halloween.
La tensión se me clava en los hombros mientras me encorvo para hacerme lo más pequeña e invisible que puedo.
La última casa a la izquierda antes de cruzar la calle y meterme en el centro tiene cinco figuras oscuras en el patio. Quizá sean vampiros. Está muy oscuro... e intento no prestarles atención. Por el rabillo del ojo, veo agitarse una capa.
Solo es parte del disfraz.
«No pasa nada. Sigue andando».
Aprieto los puños y cojo fuerzas.
Cada vez tengo más frío. Llevo mi gorro de lana y los guantes, con la cremallera del abrigo subida hasta la barbilla, pero sigo notando el viento helado en las mejillas.
Cuando llego a la altura de los vampiros, me pongo los brazos sobre el estómago y aprieto para controlar las náuseas. ¿Por qué no podíamos haber quedado en mi patio trasero?
Soy muy consciente de cada imagen y cada sonido que me rodea, pese a que intento no prestar atención a las espeluznantes decoraciones de Halloween. Durante el día, con luz, no asustan nada.
Cruzo la calle y respiro un poco mejor. El desfile de personajes de Halloween ha dado paso a escaparates más sutiles y a luces colgando. Que por desgracia están apagadas, porque ya es casi medianoche.
El centro está cargado del olor a calabaza. Están por todas partes, en el exterior de todas las tiendas y las casas, algunas talladas con rostros y dibujos siniestros; otras, más simpáticas o incluso enteras.
Cuando subo a la acera, oigo pasos detrás de mí.
El corazón me da un brinco, y me giro de golpe.
«¿Qué mierda?».
Podría ser Nash, seguramente es Nash, pero en plena noche la imaginación me lleva para otro lado.
Podría ser el asesino.
Me refugio bajo el dintel de la puerta de la biblioteca, me noto el golpeteo del pulso y me tapo la boca con la mano. Voy a quedarme escondida hasta que sepa exactamente quién es.
Todo bien. No había nadie detrás de mí cuando me he girado. De eso estoy muy segura. Lo que significa que nadie sabe que estoy aquí. Si es Nash, saldré. Si no lo es...
Ni siquiera quiero pensar en que estoy aquí fuera, sola con un asesino.
¿Dónde está Nash y por qué he pensado que llegar aquí con antelación era una buena idea?
Los pasos se oyen cada vez más fuertes al irse acercando la persona.
Me dejo caer hasta el suelo deslizándome contra la pared, medio escondida detrás de una montaña de calabazas, y me prometo a mí misma que nunca volveré a hacer nada tan estúpido como esto.
Aquí hay el espacio justo para mí. Ojalá me hubiera arriesgado a despertar a mis padres cogiendo el coche. Mejor que me castiguen y no que me maten.
Qué idiota soy.
Unas botas pesadas golpean el suelo. Me agacho aún más. Suena como si las tuviera encima, y luego de repente paran.
Mierda.
Mantengo los ojos abiertos; contengo la respiración, para no hacer ningún ruido, y espero.
El espacio ante la puerta es amplio, así que tendría la posibilidad de escapar si alguien me ve.
Podría correr hacia delante o en la dirección opuesta a la de él y quizá escapar.
Pero ¿durante cuánto tiempo?, ¿y adónde voy a ir?
Unas pocas personas viven encima de las tiendas, pero la mayoría de los pisos se han convertido en espacio adicional de almacenamiento.
Estoy convencida de que, si mi vida dependiera de ello, podría gritar hasta despertar a todo el pueblo. Solo he comido un cuarto de copa de helado y unos cuantos bocados de la cena, así que probablemente me desmayaré si intento correr más que él.
Pom, pom, pom.
Nash casi siempre lleva zapatillas deportivas. Esos pasos suenan como de botas gruesas.
Los pasos se alejan, y me quedo escuchando hasta que casi no puedo oírlos. Creo que han vuelto por donde vinieron.
¿Por qué?
Si hubiera sido el asesino y supiera que yo estaba aquí, ya no estaría viva.
Me incorporo apoyando la mano en la pared para no hacer nada estúpido, como tropezarme y tirar el montón de calabazas.
Lentamente, miro al otro lado de la esquina y el corazón se me para.
Más allá, alguien encapuchado y con una máscara blanca está desapareciendo por la esquina de la lavandería.
Pego un brinco hacia atrás, y me golpeo la cabeza con el vidrio de la puerta de la biblioteca.
Me quedo inmóvil, con cara de dolor, y ruego por que quienquiera que sea no me haya oído.
Trato de convencerme de que esto no es tan raro en Halloween. Si no hubiéramos tenido los asesinatos, no me llamaría la atención que hubiera alguien paseándose disfrazado en plena noche.
Pero hubo cinco asesinatos. Y hace muy poco, uno nuevo.
Jackson llevaba una máscara blanca muy sencilla, solo con dos agujeros para los ojos y sin boca.
No he podido ver bien la máscara de esa persona; se parecía, pero podría ser diferente.
Espera... ¿esa persona podría haber estado en uno de los jardines?
Mierda, no, no vayas por ahí.
Odio cuando mi cabeza me puede.
Miro al otro lado de la plaza, al pequeño callejón que lleva hacia la parte vieja del pueblo. Edificios vacíos que esperan a ser renovados.
El cine Benji’s se cae a trozos, pero pronto lo convertirán en una pista cubierta para monopatines y un salón recreativo; así evitarán que tanta gente se dedique a saltar desde las gradas con sus monopatines.
Nash era bastante bueno sobre un monopatín y me enseñó.
No lo he vuelto a ver sobre su skate desde los asesinatos de su padre.
Ya casi hay dinero suficiente para la reforma, proveniente de donaciones. Los adultos están interesados en que tengamos algún sitio a donde ir. Para que no acabemos siendo como Jackson, supongo.
Miro a ambos lados, y contemplo la posibilidad de salir corriendo y largarme de ahí.
El tío enmascarado se ha ido. O eso creo, por lo que alcanzo a ver. No puedo quedarme aquí encogida eternamente.