El acecho 4 #2
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—Yo no hablo con él, Penny. ¿Vale? No tengo ningún contacto con él. Asesinó a cinco personas y, a pesar de lo que todo el mundo está diciendo, ¡no estoy nada orgulloso de él!

—Muy bien —digo mientras alzo las manos en señal de rendición—. Lo siento. Pero es que si no averiguan quién está haciendo esto...

—Será peor para mí. Ya lo sé —replica él mientras vuelve a pasarse las manos por el pelo—. No tengo nada que ver con esto.

—Lo sé. Pero ¿se te ocurre alguien?

—No. Grace ha hablado con él un par de veces, así que pregúntale a ella.

—¿Ha hablado con él?

Nash hace una mueca de desdén.

—Ella quiere entenderlo, y no puede aceptar que simplemente sea un cabrón de mierda. Grace se hace muchas preguntas, las mismas que yo, supongo, y no quiere parar hasta que tenga las respuestas.

—¿Qué clase de preguntas?

—¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué le hizo saltar? ¿Siempre había querido hacerlo?

¿Cómo decidía..., ya sabes, a quién matar?

Por lo que sé, mi padre no conocía a ninguna de sus víctimas.

¿Siempre había querido hacer daño a la gente?

¿Por qué a gente de la misma edad que sus hijos? Tú viniste a casa muchísimas veces...

Se gira y mira por la ventanilla.

La temperatura en el coche cae en picado, y me froto la carne de gallina de los brazos.

—¿Te has preguntado si quería matarme a mí?

—No quiero saber nunca la respuesta a esa pregunta —responde. Su voz es apagada y fría, y me produce escalofríos.

Conozco a Nash, así que sé que no perdonará a su padre, pero no me había dado cuenta de que lo odia. Jackson sigue siendo su padre, a pesar de todo, y uno no elige lo que siente hacia otra persona.

—Me gustan las mechas —dice, cambiando de tema. Ninguno de los dos quiere pensar en lo que su padre podría haber querido hacerme.

El rubio de mi pelo es ahora unos cuantos tonos más claro, más brillante. Quería, necesitaba, un cambio, y mi pelo es una de las cosas sobre las que tengo algún poder.

—Gracias, Nash. No tengo mucho tiempo. Mis padres están volviendo a casa.

Tarda muchísimo en responder, así que estoy a punto de repetir lo que he dicho, porque no sé si me ha oído. Está en algún lugar en lo profundo de su cabeza, y no se me permite entrar. Es todo culpa mía.

De repente, se gira hacia mí y me sobresalta.

—Debes irte.

—Ya, tenemos que marcharnos, pero te llevaré a casa.

—A Grace no le molará nada.

—Hoy ya la he visto. Tampoco le ha molado antes, así que no importa.

Me da igual.

—¿Has vuelto a mi casa?

—Un momento. Antes de venir aquí. Déjame que te lleve. Es lo menos que puedo hacer.

—Vale —contesta él, pero lo dice como si no acabara de comprender por qué. Hace mucho tiempo que no me he ofrecido a llevarlo—. ¿Seguimos encontrándonos a medianoche?

Enciendo el motor y miro alrededor para ver si alguien se ha fijado en nosotros. No hay problema. La única gente que veo está o demasiado lejos o demasiado ocupada en su propia vida para vernos.

—Sí —contesto—. Eh, ¿Grace tiene novio?

Él se queda parado.

—¿Qué? ¿Por qué lo preguntas?

—El coche que estaba en tu casa.

—Es de ella, ¿recuerdas? —responde, mirando por la ventanilla.

—Vale.

Me está mintiendo. Alguien que no era Grace conducía ese coche. ¿Por qué me oculta eso?

Intento olvidarme de la sensación de inquietud que tengo en el estómago. Nash no miente. No a mí. Teníamos un pacto. Aunque uno que seguro que acabó cuando yo corté todo contacto. Es bastante hipócrita por mi parte sentirme herida porque él no me cuente cosas, lo sé.

En un año, ha cambiado mucho. Todo lo que me dice ahora podría ser mentira.

—¿Por qué Grace necesita dos coches? —pregunto.

—Va a vender el viejo —contesta, aún evitando mirarme.

¿Acaso ha olvidado que puedo notar cuando no me está diciendo la verdad? ¿Por qué está protegiendo a quien sea que estaba en el coche? La extraña tensión entre los dos se hace muy dura.

—No sé si tiene novio. Ya no hablamos mucho, pero ella sale con alguna gente del trabajo.

Vale, el tío que le gustaba era del trabajo, así que eso tiene sentido.

Nash se agacha mientras avanzamos, adelantando a un coche tras otro en una demostración de mi valentía... o mi estupidez.

—¿Por qué sigues queriendo que nos encontremos a medianoche cuando estamos aquí los dos? —pregunto—. Quiero decir, que, vale, lo hacemos. Pero tengo curiosidad.

Noto que se me relajan un poco los hombros cuando entro en el camino que lleva a la granja. Aquí estamos solos. Nadie nos ha visto. No puedo creer que tenga que comportarme como una criminal solo para verlo.

—Me pediste que nos viéramos; por eso hemos quedado.

—¿Por qué estás tan raro?

—¿Lo preguntas en serio, Penny?

Doy un frenazo, y derrapamos hasta detenernos en medio de una nube de polvo.

Nash da una palmada en el salpicadero y se me queda mirando con los ojos muy abiertos.

—¿A qué coño ha venido eso?

—Ya basta de gilipolleces.

Abre la puerta y sale.

—¡Nash! —grito.

—A medianoche o no te molestes más. Y déjate de esos aires. No es a ti a quien están juzgando.

Cierra la puerta con tanta fuerza que el coche se balancea.

Bueno, al menos está sacando toda la rabia y el resentimiento. Sonrío; estoy contenta por cómo ha ido la cosa, a pesar de la minidiscusión final. Una vez haya superado la etapa de la rabia, podremos tener una auténtica conversación sobre todo lo que ha ocurrido.

Podré hacerle más preguntas. Él podrá ser más sincero.

Y me podrá decir qué diablos está pasando.