El acecho 4
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Ya es por la tarde cuando me detengo ante la comisaría y el cuartel de bomberos, pero voy a aparcar en el parking de la papelería, al otro lado de la calle. Quiero tener una buena vista de la comisaría, pero no quiero que me vean.

La papelería está muy decorada con personajes de Halloween y luces naranjas. El otro lado de la calle es totalmente distinto. No hay ni siquiera una telaraña en ninguno de los dos cuarteles.

Sin tener ningún plan más allá de dónde voy a esperar, me quedo sentada y observo, mordisqueándome el labio mientras el nudo de ansiedad en el estómago me vuelve a crecer.

Las cosas serían mucho más fáciles si pudiera olvidarme de Nash, como todo el mundo quiere que haga.

Pero tampoco abandonaría a Adi, a Omar o a Zayn.

Unas cuantas ventanas dan a la calle, pero solo hay una por la que se pueda mirar. Esa es en la que me estoy fijando ahora, pero solo consigo ver un trocito del mostrador de entrada.

Todavía no he visto a Nash. Quizá ya esté en la sala de interrogatorios.

Dios, debe de tener tanto miedo... Grace no ha dicho nada de llamar a un abogado, pero tiene que haber alguien con él. Aún es menor.

El corazón me late como loco al pensar en que Nash pueda ser condenado por esto. Pero me estoy precipitando; ni siquiera sé lo que ha pasado hoy. Hay demasiadas especulaciones, y noto que me estoy dejando arrastrar por ellas.

«Todo irá bien».

Los polis lo interrogarán, mirarán las cámaras de circuito cerrado y se darán cuenta de que no ha sido él.

Un coche se detiene en el aparcamiento de la comisaría y de él sale un hombre con el pelo corto y de color rubio platino, enfundado en un traje que no le ajusta bien. Ese debe de ser el hombre que representa a Nash; el año pasado me dijo que el abogado de su padre tenía el pelo superclaro.

Entra, pero yo no lo veo por la ventana. Seguramente lo han llevado directamente con Nash.

Aprieto más el volante, y me siento tan adelantada como puedo... esperando.

Mientras miro la ventana como una acosadora, veo un destello de algo rojo que pasa ante mí a buena velocidad.

Me sobresalto, sorprendida, al darme cuenta de que es la nueva pickup de Grace.

Ya está un poco más allá cuando consigo ver al conductor, pero no parece ser Grace.

Demasiado alto y con hombros demasiado anchos.

«¡Hostia!».

Se me erizan los pelos de la nuca. No puede ser.

El conductor lleva una gorra azul oscuro con los habituales mechones de pelo castaño canoso que le salen por debajo.

Para nada.

Para. Puta. Nada.

¿Jackson?

No, no. No puede ser. Está condenado a cadena perpetua sin posibilidad de la condicional. Solo hace dos meses que lo sentenciaron, así que es imposible que puedan haberlo soltado.

Aprieto aún más el volante mientras intento decidir si debo seguir al coche, pero parece que es lo más estúpido que puedo hacer: seguir a un posible asesino en serie.

No. No puede ser él.

Nash y Grace no tienen más familia. Su madre está muerta, su padre está en la cárcel, y todos sus abuelos murieron cuando ellos eran muy pequeños.

Quizá Grace tenga un novio.

O... quizá sí que fuera Jackson.

¡Oh, mierda! No seas estúpida. Si lo hubieran soltado, nos habríamos enterado. Solo en tres segundos, la gente descubrió que la poli iba hacia la granja de Nash. Es imposible que Jackson pudiera estar de nuevo en la calle sin que se montara una buena.

Todos los del pueblo estarían marchando por esa polvorienta carretera con horquetas en la mano.

Pero si no era él, ¿quién era?

Tiene que ser el novio de Grace. No pensaba que tuviera uno, pero tampoco es que ella vaya a llamarme de repente, después de meses, para informarme de cuál es su situación sentimental.

En su trabajo, había un tío que le interesaba.

Recuerdo vagamente algunas sonrisas coquetas cuando enviaba mensajes a alguien el año pasado.

Respiro más lentamente e intento razonar conmigo misma. He visto un cadáver, tenemos suelto a un posible asesino imitador y acabo de pasarme toda la mañana oyendo teorías conspiratorias.

Es evidente que no estoy pensando con claridad.

El implacable tono que suena en mi móvil me devuelve a la realidad; una en la que un asesino en una prisión federal no se escapa sin que nadie se entere.

Un lugar mucho mejor.

«Céntrate más en no perder la cabeza, Penny».

Es mi grupo de chat. Omar y Zayn están ahora en casa de Adi, y yo no estoy allí. No me animo a verlos. Zayn no parará de preguntarme cómo estoy, y Omar hará demasiadas bromas.

No presto mucha atención al móvil, pero la conversación la mantienen por nuestro chat y no entre ellos en persona. Solo he visto trocitos, porque no paran de escribir, pero Adi les está diciendo que necesito espacio después de mi trauma.

Mi trauma.

Así es como lo están llamando. De acuerdo, es bastante eso, pero aún no puedo pensar en lo que he visto. Además, Adi y Mae también vieron el cadáver. Yo no necesito ningún tratamiento especial.

Tener otra cosa en la que concentrarme es seguramente la razón por la que no me estoy viniendo abajo. Por muy frío que suene.

Estoy preocupada por Nash, y ahora por la aparición de su padre, o del novio de Grace, que es clavadito a su padre.

¿Saldría Grace con alguien que, al menos de perfil, se parezca tanto a su padre, el asesino encarcelado?

No lo haría.

Me estoy volviendo loca.

Como no hay nadie a quien pueda llamar y Nash sigue en la comisaría, uso Google para dejarme llevar por mi comida de coco y busco la fecha de liberación de Jackson Whitmore.

Porque es evidente que la lógica no es algo en lo que hoy pueda confiar.

No aparece ninguna fecha porque, claro, está condenado a perpetua y morirá en la cárcel.

Tampoco aparece nada sobre que lo hayan liberado misteriosamente o se haya escapado. Los federales lo mantienen preso. Además, eso habría sido información pública, ¿no?

Si se hubiera escapado, la noticia estaría por todas partes. Y si se escapara, ¿por qué iba a volver aquí a matar de nuevo? Sería la manera más rápida de encontrarse de vuelta entre rejas.

Mientras busco por Google como una obsesa, la puerta de la comisaría se abre al otro lado de la calle y sale Nash, seguido del hombre del pelo blanco. Rápidamente, se va cada uno por su lado; el hombre, directo hacia su coche, como si fuera a pillar algo malo por quedarse por aquí.

Nash coge su móvil, probablemente dispuesto a llamar a Grace, pero entonces me ve y se queda parado. Su expresión se endurece durante un momento, y me pregunto si pensará que soy yo quien lo ha delatado.

No estoy segura de cuál será su siguiente paso. Pero o llamará a Grace para que pase a buscarlo o vendrá hacia mí. El corazón me late como loco mientras aguardo, con la esperanza de que venga hacia aquí y podamos hablar.

«Por favor, Nash. Solo quiero una oportunidad».

Después de una rápida deliberación, cruza la calle y viene hacia mi coche.

Me enderezo en el asiento y quito el seguro de las puertas, preparada para dejarlo entrar. Él se pasa la mano por el pelo, y la luz rebota en sus rizos castaños al estilo surfero. Siempre va un poco despeinado, pero es la primera vez que le veo el pelo tan revuelto.

Se sube al asiento del copiloto y deja escapar una larga bocanada de aire. Estira las piernas hasta el fondo. Ahora llena más el coche. Está mucho más cachas; debe de estar entrenando todos los días.

—¿Estás bien? —le pregunto—. ¿Qué ha pasado?

—Has venido —dice, y se ríe de sí mismo.

Seguramente, por decir obviedades, porque no estoy segura de si era algo que pretendía decir en voz alta.

Se vuelve hacia mí, meneando la cabeza, y puedo verle miles de preguntas en los ojos y también un poco de enfado.

Lo cierto es que mucho enfado. Y me lo merezco todo.

Durante un momento, lo único que puedo hacer es mirarlo. Es real y está aquí. Sus ojos azul oscuro son impresionantes en contraste con la bronceada piel, pero están cargados de tristeza.

—Iba hacia tu casa, después de que Adi me dijera que la policía iba a por ti. No se me ha ocurrido pensar que se te llevarían. No has estado dentro mucho rato. ¿Ese era tu abogado?

Sonríe de medio lado, como hace siempre que se me dispara el rollo.

—Sí, ese era Beckett, el abogado. Me han preguntado por qué estaba hoy en el centro... como si eso fuera un crimen. —Resopla y menea la cabeza—. Me han tomado las huellas.

—¿Qué?, ¿te han arrestado?

—No, lo he hecho voluntariamente. Solo querían saber por qué estaba en el centro, dónde estaba esta mañana temprano y cuál era mi relación con Noah. Todo ese rollo.

—¿Y no te lo podían haber preguntado en tu casa?

—Oh, claro que sí. Creo que querían acojonarme. Los polis de este pueblo no son mis mayores fans. Cada vez que alguien roba en un coche, o rompe un escaparate, llaman a mi puerta. A Beckett no le ha gustado nada esta movida, y les ha dicho que me dejaran en paz a no ser que tuvieran pruebas.

—¿Saben que no has sido tú?

—¿Y si te digo que uno de los escaparates sí que lo rompí yo? —me pregunta.

—¡Eso no me importa! Estoy hablando del asesinato.

—No sé lo que piensan. Están investigando. Lo que supongo que significa que están buscando la manera de hacer que sea culpa mía.

—Eso no pasará. Hay cámaras por todo el pueblo, Nash. No tardarán en ver que no fuiste tú.

El otoño pasado, la alcaldesa se lanzó de lleno a la prevención del crimen, y se instalaron más cámaras en casi todos los edificios y algunas más alrededor de la plaza. Fue un mal rollo, porque, de repente, los adultos se obsesionaron con vigilarnos, y mi padre hasta compró un arma.

Mis padres ya se habían calmado en lo de controlarme... hasta ahora.

Apuesto a que volverán a comprobar obsesivamente la cámara del timbre.

Me recuesto en el asiento. Pero quien sea que esté copiando a Jackson seguramente irá enmascarado. Si es del pueblo, sabrá lo de las medidas de seguridad extra.

—¿Quién puede ser? ¿Sabes si tu padre recibe algún correo raro de superfans?

—¿Sigues oyendo pódcasts de crímenes?

—¡Nash!