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Comemos el helado; ella lo devora y yo voy picoteando el mío; luego vamos hacia Party Town y llegamos justo cuando están abriendo. La calle está llena de gente. Nuestro pueblo revive durante cualquier fiesta, y Halloween es la más importante del año.
Calabazas, arañas, fantasmas y murciélagos adornan todos los escaparates y los puestos. Los niños pequeños ya corren por ahí disfrazados, aunque Halloween no es hasta el próximo fin de semana. Y lo cierto es que llevan así desde hace dos semanas.
Recuerdo, de pequeña, disfrazarme en cuanto comenzaba octubre.
Me encantaban los preparativos, ir a comprar el disfraz y colocar las decoraciones. Mamá y yo siempre nos pintábamos las uñas con dibujos de miedo. Yo las llevaba negras con fantasmas blancos. Ella, blancas con calabazas.
Siempre había sido mi fiesta favorita.
Adi y yo pasamos ante un grupo de gente jugando a pescar manzanas con la boca para alguna colecta de fondos. La alcaldesa lleva un disfraz de Cruella de Vil y está llenando grandes barreños con brillantes manzanas verdes.
Al ver a la gente de celebración, cuesta creer que nuestro pueblo estuviera marcado por el horror hace solo un año.
Jackson siempre había sido un solitario, no como Nash y Grace, que eran muy populares en el insti.
Tenía un desguace en su propiedad en vez de cultivarla, y no se relacionaba mucho con nadie.
No venía mucho por el pueblo; solo para hacer la compra o ir a algún recado. A mis padres nunca les moló que yo fuera a casa de Nash, porque apenas conocían a su padre. Pero conmigo era superamable, y no puedes culpar a alguien por ser reservado.
Al menos, hasta que empieza a asesinar a chavales.
Nash dijo que su padre era infeliz y que los amigos que tenía no estaban cerca.
Yo nunca vi a ninguno de ellos, y ¿cómo iba a ser feliz estando tan solo? Pero a mí siempre me recibía con una sonrisa y un tazón de chocolate. Charlábamos un momento y siempre me animaba a intentar entrar en Juilliard.
Pasamos de nuevo ante el fénix y, esta vez, mantengo la cabeza gacha, porque no quiero que Adi diga nada sobre Nash.
Justo después de la estatua, está el bonito colmado de ladrillo amarillo con su pila de periódicos en la puerta.
El titular de la portada de hoy dice: «Aniversario del primer brutal asesinato de Halloween».
Adi me coge del brazo.
—Oye, ¿llevas bien lo de la Movida de Nash? Ya sabes, ¿lo de no verlo? —me pregunta cuando me giro hacia la estatua.
Todos mis amigos se refieren a los asesinatos como la Movida de Nash. Siempre quiero gritar que debería ser la Movida de Jackson, pero cada vez que lo he intentado, la cosa no ha acabado bien.
Murió gente de nuestra edad, y eso es lo que siempre importará.
Nash y Grace fueron daños colaterales.
Vaya mierda.
—¿Y a ti qué más te da? No hace ni media hora que me has dicho que lo olvidara.
Parezco una cría llorica de cinco años.
—Y eso es lo que deberías hacer. Estoy intentando ser una buena amiga. Perdona si he sido muy brusca antes. Puedes hablarme de él, si lo necesitas.
—¿A qué viene este cambio tan radical?
—Porque pareces triste.
Genial, ahora todo el mundo puede saber cómo me siento con solo echarme una mirada. No puedo ni contar el número de veces que he oído susurrar «esa es la novia de Nash» desde que arrestaron a Jackson.
—¿Penny? —me insiste Adi.
—Estoy bien.
—Guay, pues entonces ya puedes volver a salir con alguien —dice con una sonrisita, para mostrarme que me ha pillado el farol.
No, gracias.
—Parece que hay poca gente en Party Town —digo—. No nos costará mucho encontrar algo.
—Otra vez yéndote por la tangente.
No le hago caso y voy a abrir la desconchada puerta de un color azul desteñido. Una especie de gárgola cuelga en el vidrio como una corona funeraria.
—Está cerrada.
Adi mira a través del escaparate.
—Hemos llegado a en punto. La señora Vanderford debe de estar retrasándose.
Me apoyo en la pared de ladrillo entre los fantasmas y los esqueletos, y espero.
—Seguro que está arreglando el último numerito de Karter.
El hijo de la dueña de la tienda, con quien, por desgracia, comparto tres clases, es un enorme matón.
Va por ahí enfadado, buscando pelea y diciéndoles a los demás lo que deben hacer.
Adi salió con él durante como cinco minutos cuando empezamos en el insti, pero no tardó más en darse cuenta de que es un mierda.
—¡Chicas, ya llego! —grita la señora Vanderford desde el otro lado de la calle.
Unas cuantas personas más se nos unen para esperar a que abra la tienda. Otra chica del insti, Mae; su grupo de amigos, y unos chavales más jóvenes.
—Perdonadme todos —dice la dueña, jadeando mientras abre la puerta—. Problemas con el coche esta mañana. Entrad.
Vamos entrando en la tienda, y la oímos mascullar algo para sí misma sobre que la alarma no estaba puesta y que su hijo, Karter, debía de haberse olvidado otra vez.
Miro hacia atrás y la veo meneando la cabeza y despotricando sobre lo irresponsable que es su hijo. Eso le pasa por confiar en él. Yo no confiaría en él ni para que hiciera de canguro a un huevo.
Los disfraces cuelgan de todas las paredes y de los percheros que hay entre ellas. Hay toda una sección de elementos decorativos. Una siniestra música de órgano empieza a sonar por toda la tienda cuando la señora Vanderford se mete detrás del mostrador.
Hay telarañas colgando desde el techo, decoradas con arañas negras de plástico.
Adi nos lleva más al interior de la tienda y nos separamos; cada una va por un lado del mismo perchero. Comenzamos en el medio, donde están los disfraces grandes. Por aquí encontraré los atuendos de novia cadáver, estoy segura.
Mae se acerca y se detiene a mi lado.
—Hola, Penny.
—Hola. ¿Qué estás buscando?
—Este año, vamos todas de animadoras sangrientas. —Pone los ojos en blanco—. No es idea mía, pero será divertido.
—Mola. Eh, ¿necesitas mis apuntes de ciencias ambientales?
—¡Porfa! ¿Me los puedes pasar el lunes en el instituto?
—Claro.
Me saluda con la mano de nuevo mientras va hacia su grupo; una chica tiene en la mano un disfraz azul de animadora, y la otra, uno rojo.
Arrugo la nariz y llamo a Adi, que está en el otro lado del perchero.
—¿No hueles algo raro?
—Seguramente eso —contesta ella, y señala a la señora Vanderford, que frunce el ceño mientras tira a la basura una caja de comida para llevar.
Apuesto a que es la cena de Karter.
—Eh, mira, aquí hay uno bueno. Mezcla de blanco y negro —dice Adi, que lo ha cogido y me lo enseña, pero no puedo verlo bien. Estamos en medio del pasillo, que se extiende a lo largo de casi toda la tienda.
Aparto los disfraces que tengo delante, porque pasar por en medio será más rápido que dar toda la vuelta.
Al ir a cruzar por debajo del perchero, mi pie golpea con algo sólido.
—Ah. Espera —le digo a Adi, y bajo la vista.
Lo primero que veo es un brazo, y mi cerebro se esfuerza por convencerme de que es de un maniquí.
Pero no lo es. Lo veo por la mancha roja de sangre que le empapa la camisa blanca.
Con un grito, salto hacia atrás y me cubro la boca con la mano.
—¡Penny, qué coño...! —La voz de Adi suena como si, de repente, estuviera muy muy lejos.
Retrocedo, casi tropezando, hasta que me doy con la pared y me dejo caer al suelo. Tengo los ojos fijos en el cadáver que hay frente a mí. Ni siquiera puedo parpadear.
La señora Vanderford y una empleada corren hacia mí; los otros clientes estiran el cuello para ver por qué grita la chica dramática.
Me contengo la náusea con el puño en la boca cuando veo los ojos muertos que miran a la nada. Lo reconozco: Noah. Otro de nuestros compañeros de clase.
Adi grita, me agarra y me tira del brazo para intentar ponerme en pie.
—¡Oh, Dios! ¿Qué co...? ¿Está muerto?
Capto vagamente sus palabras bajo el pitido que tengo en los oídos.
Sí, está muerto de verdad. Tiene sangre por todo el pecho y ahora puedo ver un par de manchas más oscuras. Y el olor. De ahí venía, no de la cena de Karter.
Creo que ha sido apuñalado.
—¡Deja de mirarlo, Penny! —me riñe Adi, y tira de mí para ponerme en pie. Me incorporo, inestable; las piernas casi ni soportan mi peso.
—Todo el mundo afuera —dice la señora Vanderford, con una voz que parece de robot por la impresión—. Vamos, salid. Karen, llama... llama a la policía.
Adi y yo cruzamos la tienda a trompicones.
Camino como atontada mientras salimos a la calle y al aire fresco de la mañana otoñal.
Trago una gran bocanada de oxígeno y las manos me tiemblan dentro de los bolsillos mientras miro al fénix de la plaza, intentando encontrar algún sentido a lo que acabo de ver.
—Está volviendo a pasar —susurra Adi, apretándose contra mí.
Parpadeo varias veces y noto cómo el pulso me golpea en los oídos. Solo soy parcialmente consciente de lo que me rodea, de la gente que comienza a apiñarse fuera de la tienda y de los susurros de incredulidad.
Mae y sus amigas salen con las mejillas manchadas de lágrimas; sin duda, habrán visto «el cuerpo» al salir.
—¡Penny! —me llama Adi, sacudiéndome el brazo—. ¡Reacciona!
—¿Qu... qué? —mascullo mientras me vuelvo hacia ella y sacudo la cabeza.
—Está volviendo a pasar. Los asesinatos.
—No —susurro. Enderezo la espalda y repito—: No. Jackson está cumpliendo cadena perpetua en una prisión federal en Pennsylvania. Está encerrado y a dos estados de distancia.
—Ya... pero sus hijos no.
Aparto el brazo para soltarme de ella, deseando poder largarme de allí, alejarme de ella y de todos los demás. La miro incrédula.
—Nash no es quien hace esto.
Mis pulmones resisten mientras intento tragar suficiente oxígeno. La sensación de absoluta impotencia es agobiante.
Adi no responde, pero se aparta de mí y se acerca al grupo de Mae, que ahora están fuera con nosotras.
No puedo creer que Nash sea capaz de hacer daño a alguien.
Esto no puede ser cosa suya.
No se parece en nada a su padre.
Él no haría una cosa así.
Doy la vuelta y pongo toda la distancia posible con la confusa acusación de Adi. Es entonces cuando lo veo. Entre la pequeña librería y la farmacia, de cara a Party Town y mirándome directamente a mí.
Nash.