El acecho
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¿Cuál sería la mejor manera de preguntarle a tu novio cómo está, cuando se aproxima el primer aniversario de la masacre de Halloween cometida por su padre?
Tu exnovio, claro, porque, ¡cómo no!, se te ha prohibido volver a hablarle o verlo nunca más.
Nash no volvió al instituto después de que su padre, un hombre que me hacía una montaña de nubes de azúcar siempre que iba a su casa, matara salvajemente a cinco de nuestros compañeros de clase.
Jackson Whitmore era dos personas: el papá agradable y el asesino despiadado. Se tardó mucho en asociarlos.
El recuerdo de lo que hizo está por todo el pueblo, acecha a los residentes con constantes recordatorios donde sea que miren.
La estatua en memoria de las víctimas se alza orgullosa en la plaza, en el centro del pueblo, visible desde cualquier ángulo: en el mismo lugar donde encontraron a algunas de ellas.
Ahora la estoy mirando. Un fénix de bronce con sus grandes alas abiertas hacia el cielo. Hay cinco nombres grabados bajo el pájaro. Sigo el trazo de cada uno con el dedo.
Mac Johnson
Caitlin Howard
Kelsie Allen
Brodie Edwards
Jia Yang
No hay forma de escapar de lo que hizo. Hay un recordatorio grabado en piedra.
La matanza de Jackson duró una semana, pero da la sensación de que nunca acabó. En primavera, la alcaldesa hizo plantar flores en cada palmo de ese suelo. A mí, me olían a muerte.
Me he pasado esta última semana angustiándome por qué decirle a Nash. Todo lo que se me ocurre suena totalmente estúpido. Me ha sido imposible olvidarlo, y con Halloween a la vuelta de la esquina, pienso en él incluso más que de costumbre.
Aun así, han pasado cinco meses desde la última vez que hablamos; un día lluvioso de primavera nos encontramos por casualidad en el exterior del insti. Yo, que salía tarde después de las clases; él, que iba a recoger una chaqueta que tenían en objetos perdidos.
Fue una conversación corta en cuanto nos hubimos preguntado mutuamente cómo nos iba. Corta y superincómoda. Aún recuerdo el modo en que él trataba de evitar mirarme a los ojos, como si le hiciera daño, y lo culpable que me sentía yo por haberlo apartado de mi vida, como el resto del pueblo.
Unas nubes de un gris oscuro, el mismo color que mis ojos, cubren el cielo, y es tan probable que llueva como que yo llore.
Cada vez me resulta más difícil guardarme mis emociones.
Se supone que no debo pensar en Nash. Mis sentimientos hacia él debían de haber desaparecido junto con nuestra relación.
Me alejo de la estatua y voy hacia el restaurante Gina’s para desayunar con Adi, aún con el móvil en la mano por si se me ocurre algo bueno que decirle.
Adelanto a una pareja disfrazada de espantapájaros.
Uno envuelto en blanco, como un fantasma, con círculos negros mal pintados por ojos.
El otro con una capa negra andrajosa, un rostro deformado y una capucha en punta.
Es el más siniestro y me cuesta mirarlo.
Se diría que el fantasma fue diseñado por niños de la escuela primaria.
La cosa espeluznante, por alumnos del instituto.
Cuando entro en el restaurante, todos vuelven la cabeza para mirarme. Unos cuantos susurran, conmocionados aún ante la ex del hijo del asesino.
Me siento como una mujer espectáculo.
La mujer cobarde cuyo espectáculo consiste en no hacer caso a mi instinto y fingir que no me importa no hablarle a Nash.
Agacho la cabeza y me siento en una mesa vacía. Gina’s es un restaurante de estilo rústico, con manteles a cuadros, rojos y blancos. Voy deslizándome por la pantalla del móvil para no pensar en que, de repente, el nombre de Nash está en boca de todos.
Mis padres celebraron que dejase de ver a Nash, tras obligarme a ello, y quiero que crean que ya paso de él.
Es mucho más fácil si no saben nada. Si le envío un mensaje y mis padres se enteran, les dará algo.
Y será un algo de proporciones descomunales.
Su hija de sobresalientes, candidata a una gran universidad, confraternizando (la palabra que mi padre usó) con un Whitmore.
Eso es algo que ni debería pasárseme por la cabeza.
Todos en nuestra comunidad tan unida, incluidos mis mejores amigos, piensan que lo mejor es que el resto de los Whitmore se queden en su gran propiedad a las afueras del pueblo.
Pero lo que Jackson Whitmore hizo el año pasado no fue culpa de Nash, ni de su hermana Grace. Aunque eso no parece importar, porque, al parecer, aquí todos piensan que son culpables por asociación.
Y eso es una gran gilipollez.
Creo que debo de ser la única a la que le importan Nash y Grace.
Pero no se me permite hacer nada al respecto, y eso me reconcome.
Necesito contactar con él, hacerle saber que no está solo, pero, vale, no sé qué decirle.
«Vamos, venga. Piensa algo...».
Por muy difícil que nos resulte a todos enfrentarnos al aniversario, para ellos seguro que es cien veces peor. No quiero ni imaginarme cómo debe de ser que te culpen por algo que no has hecho.
Lo han perdido todo por algo que hizo su padre.
Penny: Ya sé que ha pasado tiempo, pero aún me importas.
Borra.
Pero qué chorradas dices.
Penny: ¿Cómo estáis Grace y tú? Sé que todos os culpan, pero yo no.
Borra.
Penny: Por favor, no me odies.
Borra.
No podría escribir peor mierda aunque lo intentara.
Penny: ¿Podemos vernos?
Borra. Borra. Borra.
¡Esto no tendría que ser tan difícil! Antes hablábamos de todo. Nos enviábamos mensajes, desde largas parrafadas hasta conversaciones enteras solo con GIF; a veces no hacen falta las palabras. Pero no creo que esta sea una de esas situaciones.
«Siento mucho que tu padre sea un asesino, pero aquí tienes un GIF de Tom Hanks saludando desde un barco».
No, me parece que va a ser que no.
Así que acabo no enviándole nada. Todas las veces. Lo que es mucho peor.
—Penny —me dice mi mejor amiga, Adeline, mientras se sienta frente a mí—, Gina está poniendo coberturas con forma de calabaza en las copas de helado.
Dejo el móvil bocabajo sobre la mesa e intento no prestar atención a la frustración que me revuelve el estómago. Casi tengo la sensación de que estoy esperando que Nash me conteste... a lo que no le he enviado.
—Nos has pedido uno, ¿no? —pregunto, aunque no tengo hambre. Últimamente, ese parece mi rollo.
No puedo comer bien porque tengo como una gran bola de ansiedad.
No puedo dormir bien porque tengo como una gran bola de ansiedad.
No puedo concentrarme bien en el insti o en las clases de piano porque... Bueno, ya lo pillas.
Pero aún no he probado a desayunar helado.
—Claro —contesta ella mientras se recoge los rizos rojos en lo alto de la cabeza.
—Comer helado es cosa seria.
—Ya lo sabes. Nos he pedido los dobles. —Calla y me mira fijamente—. ¿Qué te pasa? Tienes mala cara y estás tocando Para Elisa sobre tu móvil.
Me miro la mano y me doy cuenta de que he estado como tecleando sobre el reverso del móvil. Cierro la mano.
—Todo va bien. Es que siempre estoy practicando.
Por lo general, puedo convencer casi a cualquiera de cualquier cosa; solo hay que soltar la trola que sea con total convicción. Pero, esta vez, mi habilidad más útil no sirve con Adi. Además, hace tiempo que no toco el piano.
Alza las cejas, con sus ojos de color verde claro cargados de suspicacia, y se recuesta contra el panel de madera oscura del cubículo. Un gesto que sé que significa que está lista para darme caña.
Adi no pierde el tiempo fingiendo, porque sabe que lo que le he dicho es mentira.
—Estaba pensando en él —le confieso con un suspiro.
No necesita un nombre para saber a quién me refiero. Él suele ser ahora su nombre.
Él es Nash.
Ella es Grace.
Ese hombre es Jackson.
Como si decir sus nombres fuera a sacar a Jackson de la prisión federal y enviarlo a hacer otra matanza.
—No vayas por ahí, Pen —me advierte.
Se me cae el corazón a los pies. No es la reacción que estaba esperando, pero sí que se parece mucho a la que suponía que iba a encontrarme. Nash es la única cosa en la que nunca nos ponemos de acuerdo, lo único en lo que no me apoya.
—No fue culpa suya.
—En eso estoy contigo, pero, de todas maneras, fijo que no ibas a casarte con tu novio del instituto. Tú te pirarás a Juilliard y él preferiría morir a vivir cerca de una ciudad. Nunca hubiera funcionado.
Eso no quiere decir que lo tenga que olvidar. Además, no sé si entraré en Juilliard, ya no; ni siquiera sé si quiero seguir con la música profesionalmente. Este último año estoy vagueando mucho, pero me guardaré esa confesión para otro momento. A mis padres no les va a molar nada.
—¿De qué te vas a disfrazar? —pregunto.
—Bonito cambio de tema, pero no muy sutil. Aún no lo sé. Iré a ver lo que hay en Party Town. ¿Tú sigues yendo de novia cadáver?
—Creo que sí —contesto. Nunca le diré que, este año, Nash iba a ser un novio cadáver.
Antes del último Halloween, llevábamos juntos un año, y ya habíamos elegido nuestros disfraces... pero no tuvimos ocasión de ponérnoslos, porque el truco o trato se canceló, y arrestaron a su padre.
Íbamos a disfrazarnos de presos.
Irónico.
Ahora, el único preso es Jackson Whitmore. Aunque Nash y Grace como que también, si cuentas como prisión el estar aislado en casa porque todo tu pueblo te hace el vacío. Yo lo cuento.
—Penny, intenta no pensar en él. —La voz de Adi es suave y comprensiva, pero para ella es fácil decir eso. Nash era su amigo, aunque no tardó mucho en dejar de tratarse con él. Igual que nuestros otros amigos, Zayn y Omar.
—Quiero enviarle un mensaje.
—Eso es lo contrario a no pensar en él.
—No puedo apagarme la cabeza. Por si no lo recuerdas, es el aniversario. ¿Cómo debe de estar sintiéndose?
Ella se encoge de hombros.
—Eso ya no es cosa tuya.
Esto no me está llevando a ninguna parte. Ojalá Adi estuviera de mi lado en esto. Normalmente lo está, pero a Adi solo le gustan los dramas en los que no tiene parte.